31 de diciembre de 2022

Algo así como un resumen (y su eufemismo)



Los datos que proporciona la propia plataforma de blogger nos cuentan que en 2022 hemos escrito un total de 72 entradas, contando ésta. La media dice que eso son unas 6 entradas al mes. Una entrada y media a la semana, más o menos. Son datos irreales, porque ha habido un mes, el de agosto, en el que escribimos 31 entradas, una por día. Todo eso hinchó los números hasta convertir el año 2022 en el más prolífico de este blog tras los de 2018 (77) y 2017 (74). Esos sí fueron tiempos realmente productivos. Si quitamos esas 31 entradas de verano, donde explotamos un formato muy concreto y reducido, nuevo y alejado de lo que hacemos habitualmente, hubiésemos estado en números más reales, más cercanos a la tendencia de los últimos años, entre 40-50 entradas. 

De todas formas, no está mal. En estos tiempos de consumo rápido, YouTube, Tik-Tok, la cultura visual y de pantalla, los caracteres de Twitter y demás hábitos modernos, parece un milagro que un tío siga usando eso que se llamaba cuaderno de bitácora hace siglos (que se basa en la palabra escrita y que, a menudo, muy a menudo, el autor abusa de esa palabra escrita y se excede con la longitud de sus textos) para hablar de música y que no desista o se extinga o le bloqueen de por vida. No me estoy dando palmadas en la espalda, que no me gusta nada. El secreto de mi éxito, muy distinto al de aquella película con la misma frase por título, es que me la trae todo al puto pairo.

Esas 72 entradas han tenido algo más de 4200 visitas, lo que indica una media cercana a las 60 lecturas por entrada. Si todo el que lo visita, claro, lee el texto. Tampoco sé qué parámetros siguen estos contadores, pero dudo que las visitas repetidas se contabilicen. En cualquier caso, estamos en números ridículos. El otro día descubrí a un par de tíos que se pinchan un disco en directo y se graban reaccionando a la escucha. Repiten siempre las mismas expresiones y códigos que yo mayormente no entiendo. Confiesan sus carencias e ignorancias y les importa un bledo. Tienen millones de visitas y les he visto anunciados en las programaciones de alguna sala, tratándoles con el ascendente de "nuevos referentes". Este blog, por números y por impacto, no es ni un "viejo referente". 

La entrada más leída, por cierto, según esos datos, fue nuestra crónica del bolo de Zero en el bar El Cuervo de Barakaldo. 

En esas 72 entradas, hemos hecho 13 críticas de discos. Este año no hicimos ninguna entrevista. En agosto, nos inventamos una etiqueta nueva, socorrida y pintoresca. Bajo el título de Tinto de Fiasco!! publicamos todos los días del mes, lo que fue un ejercicio un tanto estéril e intrascendente, pero nos permitió estar en forma durante todo el verano. 

Conciertos ha habido muchos, más de los que hemos glosado aquí, pero, en esas 72 entradas, hemos hablado de las siguientes bandas: Biznaga, Campamento Rumano (en dos ocasiones), Víctimas Club (en dos ocasiones), Tiparrakers (en dos ocasiones), El Gobierno, Paniks, Escombros, Nuevo Catecismo Católico, Los Ilegales, Los Enemigos, Againsters, Discípulos de Dionisos, Óscar Avendaño, Toni Monserrat, Huracán Rose, Tobogán, Micky & The Buzz, Victor Torpedo & The Pop Kids, Alice Bag, Zero, Monotonos (en dos ocasiones), Lord Diabolik, Micky y Los Colosos, Drive-by Truckers, Social Distortion, Aida Victoria, Ryley Walker, Vulk, Patti Smith, Los Retumbes (en dos ocasiones), Captain Trasho, Wizards, Manu Gastado, Gonzalo Portugal, Dadabe, The Ribbons, Uger, Porco Bravo y Eh, Mertxe! A todas las vimos, que conste. No escribimos de oídas ni por remoto. 

Hemos vuelto a las campas de Mendizabala y al Kafe Antzokia, viajamos a Logroño, vimos otros bolos más allá de las fronteras de nuestra comunidad autónoma e incluso contamos lo que vivimos en Oporto, Portugal. Hubo conciertos mejores y peores, más inolvidables y menos. En algunos, acabamos subidos al escenario (Joseba Lenoir nos subió a pulso en uno, mientras con la otra mano sostenía su guitarra, que hay que tener cojones, los que me conocen lo saben, para levantar todo eso); en otros, nos mantuvimos lejos. Prima el producto más local, que es marca de la casa. Podríamos decir, no sin guasa, que la nuestra es crítica musical de kilómetro 0. Toma ya. Por supuesto, insisto, hubo más conciertos que no contamos, aunque no muchos, porque ya se nos hace más difícil ir a un concierto y no contarlo que a Dena Flows lo mismo sin disparar su cámara fotográfica. Y le mencionamos porque, además de ser uno de nuestros fotodocumentalistas preferido, nos sirve para hilar fino y contar que también a lo largo de este 2022 vimos conciertos que no los cubrimos aquí porque los contamos para otros medios y, en alguna ocasión, hasta compartimos la oportunidad con Dena, lo que siempre nos alegra, y rima, encargándonos nosotros del texto y él de inmortalizar el momento, como se decía antiguamente. 

Dicho todo esto, las conclusiones son las de siempre: esto no tiene mucho sentido, porque solo tiene uno. Seguiremos haciéndolo por amor al arte y por compromiso y afinidad con esa gente que se mueve por este mundillo con el mismo espíritu libre y parecido interés cultural. Hasta dónde llegaremos, ni lo sabemos, ni nos importa mucho. 

Alérgicos a las listas como somos, sí que cabe decir que 2022 nos deja cosas muy bonitas y que nos han llegado a la patata y que irían en cabeza de cualquier lista sentimental de nuestras experiencias musicales. Muchas de ellas quedan en casa y en la intimidad y no es este lugar para contarlo. Por supuesto, entre las que se pueden contar, en cabeza iría la de habernos embarcado junto a gente muy  bonita en ese proyecto llamado Farras Bizarras que, vaya a dónde vaya, llegue hasta dónde llegue, lo que ya ha caminado nos ha regalado un viaje fantástico. Gracias al germen de esto, conocimos a gente maravillosa de Galicia, escondidos detrás de una capucha. Y gracias al primer Farras Bizarras, a más gente excelente de la capital y a otros que ya conocíamos de las provincias. Amén de que, por culpa de esto, tuvimos la suerte de visitar un lugar tan honorable como Irola Irratia y desvirgarnos ante los micrófonos de Javi Rubio, que siempre quedará en el recuerdo como una gran experiencia, aunque casi echo la pota tanto en el viaje de ida como en el de vuelta. Trajines de la vida. 

Y la vida también trae cosas malas. Lo peor, cuando tienes que decir adiós a gente. Fueron muchos los que se marcharon este año, me temo, pero, por cercanía y por humanidad, lamentamos aún la ausencia de Manu Dr Lomo. 

Y bastante he dicho ya. No hay promesas ni deseos para cerrar. Que 2023 sea como le salga del rabo, si es que tiene, porque así es como va a ser. Doblaremos esquinas a lo largo de estos 365 próximos días, y unas veces nos daremos contra una pared y otras nos encontraremos un jardín florido y esponjoso. Descubrirlo poco a poco es lo que nos queda. Ah, y entrar en él disfrutando y gozándola. Así que, si no tienes plan y no te queda lejos, acércate y nos fundimos en un abrazo que eso siempre, siempre es lo mejor:


Fiasco Review!!: Que la tierra nos sea leve de Jay Martín




No sé muy bien qué le pedimos a la música. La mayoría de las veces, nada. Nos da cobijo, alimento, alivio o curación sin que lo hayamos pedido y sin esperar nada a cambio. Otras veces, la buscamos con exigencia, queremos que nos ayude a pegar un golpe en la mesa, que nos acompañe en un camino espinoso o en una explanada luminosa, que nos arrope, nos desabrigue, nos eleve o nos hunda, que, me voy a tirar un largo, creo que es algo que cantaba Silvio Rodríguez, al que no es que yo haya seguido mucho la pista, pero algún recuerdo de cuando exploraba por ahí ya me queda y me suena que algo así ya lo cantó él antes. 

En ocasiones, lo que pedimos es sinceridad y autenticidad. Si me van a contar algo, que me lo cuenten desde la entraña, que suene a confesión, que no me pinten estereotipos y hologramas. 

El viento arrastra la grama en este disco. Los canchales se encienden bajo el sol. La tierra se agrieta. El tiempo se dobla. La raíz asoma. Se siente la pulsión y el compromiso de alguien que ha intentado aislar en melodías y armonías un humor que le aflora desde dentro, un recorrido íntimo y extenso que ha conseguido articular en una colección de canciones preñadas de emoción y significación. En la portada, el título y el nombre del artista están escrito a pulso, con el rumbo de la muñeca, y eso se aprecia también en todo el disco. 

Solo por eso, el resultado debería ser ya satisfactorio. 

Jay Martín es un músico extremeño al que se puede situar en el universo de Milana, la banda que consiguió demostrarnos que hay muchos Oestes en el mundo (hay un guiño en el disco, cuando se vuelve otra vez a las cicatrices del desierto). También ha contribuido al nacimiento de ese sello que está intentando empujar a la música de raíces americana con denominación de origen en la península fuera de los territorios menos transitados, que los conozcamos y disfrutemos todos. En este 2022, sacó este disco, Que la tierra nos sea leve, del que no habíamos escrito hasta ahora, aunque sí escribimos de otra forma, pero que nos ha acompañado en muchos viajes a lo largo de este año, porque es una música que encaja en el movimiento, incluso ese que es eterno e inescrutable, el que nos lleva del nacimiento al recuerdo. 

Son diez temas que parecen recorrer un universo muy particular que, sin embargo, roza lo universal. Se instala en ese paisaje árido y cobrizo de la Extremadura estival, pero se puede disfrutar con una vena más rizada, en conexión con otros horizontes. En las letras, bien adornadas por la instrumentación, se recorre un amplio abanico de emociones, donde predominan la nostalgia, la búsqueda del consuelo y la reparación. Aunque Jay Martín busca el jugo poético y los meandros más angostos de la descripción, sus historias se avistan con claridad y se disfrutan con compromiso. Además, una cuidada instrumentación, repleta de detalles inesperados y sugerentes, con matices y pliegues que enriquecen la narración, consigue que emerjan aún más complicidades en cada historia. 

Sin entrar en el ejercicio de desentrañar el disco canción por canción, es éste un disco en el que abundan los medios tiempos aparentemente sosegados, pero con una tensión latente, aunque también hay canciones que se erizan y revientan, sobre todo apoyadas en los vientos. Los teclados apuntalan las estructuras, que se basan en una sección rítmica delicada y en la combinación de guitarras eléctricas y acústicas, y hay contrapuntos vocales a la voz áspera y atribulada de Jay Martín. Hay más detalles: hay dobro, mandolina, acordeón, violín, trompeta y otras percusiones, todo al servicio de la emoción que se expone y la historia que se cuenta. Con la colaboración de Hendrik Röver en los estudios Guitar Town y la de Alfonso Espadero en Sonak Studio, se ha conseguido que todo esto engarce y ensalce el espíritu de las canciones. 

Todas, en conjunto, dibujan un bodegón en un cuadro abandonado que sigue torcido en la pared, un polvoriento álbum fotográfico que alguien rescata del olvido, una genealogía marchita que renace en nuestras manos. Y todas, en conjunto, encumbran el ejercicio de estilo y la dedicación que le han puesto Jay Martín y sus compañeros de equipo para la ejecución de este álbum. Si te subes a lo alto de una de ellas, verás todo un valle enorme, y, más allá, un horizonte, o puede que varios. 

30 de diciembre de 2022

Fiasco Review!!: Antimetrónomo de Los Jacobos

 




Este es un disco que han grabado a unos 1200 metros de altura, en el altiplano de la Sierra de Tormantos, por cojones tiene que volar alto. Allí en el Valle del Jerte, en el Piornal, se grabaron Los Jacobos lo que es su sexto disco, creo. Lo han titulado Antimetrónomo y se han disfrazado como veis, de los hermanos Hanson, para darnos un buen castañazo de punk-rock acelerado y afilado. 

Plasencia nos queda lejos, pero son muchos años los que lleva esta peña con Los Jacobos y antes con Koma Etíliko, haciendo punk en Extremadura, y consiguiendo que el eco llegue más lejos. Y nos llegó, claro. Y nos ha vuelto a llegar ahora, con estos once cortes cortos y a la yugular. 

Hacen punk-rock, cercano al hardcore, urgente, sin condimentos, metiendo punteos sobre una base rítmica que apisona. Y lo hacen todo el rato, sin bajar el ritmo ni descansar un segundo, porque no les molan los metrónomos ni les asustan los cronómetros. Una canción supera los dos minutos y medio por cuatro segundos. Una no llega a los treinta y solo tiene una frase de letra, justo la línea del título: "Sin gorra no es Pennywise". Y no les hace falta desarrollar. Aprende, señor Cansado. Bueno, no, mejor no aprendas, que en el desarrollo de Cansado está el grano y el de estos está justo en lo contrario, letras cortas y aceradas, llenas de humor pero del que no es gratuito, con un interés por el costumbrismo que no se queda en lo celebratorio, sino que eleva la crítica. Hablan claro y agudo, me imagino, y cantan igual. 

Así, se habla de deporte e higiene bucal ("Patina y ama a tu dentista"), de drogas y gerontología ("Abuela, ¿has visto los dragones del salón?" y "Vicio en la residencia"), desamor por culpa del hermano y cultura popular ("Sangre en el museo de cera"), fauna casposa de tu ciudad ("Tocino rancio"), historias de zombies sin finales épicos a lo Brad Pitt ("Chronicon Z") y de la dulce vida familiar ("Somos una familia feliz"). 

Luego está la de Pennywise, que ya he mencionado. Y "La Remolona", que se acerca al folclore, que empieza con tamboril y flautín o gaita, no sé lo que es, y está sembrada de frases de esas que te hacen regresar a los veranos de feria en el pueblo, que nosotros siempre éramos forasteros, niños lerdos de ciudad. Me queda una que he dejado para el final porque es la que más me ha gustado, y no solemos hacer esto de elegir a un favorito, pero "Tu vecina ejemplar" tiene esos versos bien prensados y con el ácido en ebullición, que mola, y todo al ritmo del punk-rock que siempre hemos trasegado. 

Si te gustan Los Nikis tanto como a nosotros nos gustan los Nasti de Plasti. Si has mamado punk del de litros, txozna y pogo con aroma a kalimotxo. Si tienes sentido del humor. Si has madurado pero sin tomártelo muy en serio. Si eso, igual aquí te encuentras como en casa. 

Fiasco Review!!: Lau-bat de Uger

 



A principios de este año que se pira, los Uger sacaron Lehengo Lepotik Burua, y pusimos tanto empeño en encontrarles un hueco aquí que lo hicimos antes de que compartiesen todas las canciones. Y cuando lo hicieron, no lo hicimos bien. En fin, es lo que pasa por aquí. Luego, casi a finales, hace un mes, han sacado esto, Lau-bat, que no son cuatro si no cinco canciones más, que me imagino que no les cupieron en Lehengo Lepotik Burua y las han metido aquí. O lo que sea. 

Creo que compartieron para anunciarlo "Los Rosales", seis minutos de ritmo que mesmeriza, que magnetiza, que parece crear de la nada ese brillo verde y misterioso que envuelve a los pájaros que reposan en el cable. Todo músculo, todo enigma, todo energía. Tiene todo lo bueno que habían tenido hasta ahora los Uger y más. 

El resto del disco se mueve por los terrenos que ya habían florecido antes. La sección rítmica parece un imán de neodimio. Las guitarras abren grietas, curan heridas, se hacen espina y calina. Y la voz que nace abisal y envuelve toda la canción. Letras intensas, poéticas y fértiles, repletas de imágenes poderosas que obligan a comprender. Electricidad, volviendo a los pájaros de la portada, que no electrocuta si levantas los pies del suelo, que es lo que suele ocurrir escuchando a los Uger, ya bajen un punto la velocidad, como en "Ama bi", abracen el eclipse como en "Kearen Fabrika" o perforen con diamante, como en "Bost". Hay que moverse y seguir, a pesar del amargo sabor de la derrota, sobre el dolor silencioso que escuchan los que son conscientes de sus propias miserias, que es lo que cantan, sin excesos y con nervio, en "Bost". En "Iltzeak", cantan que en el eco de la sensibilidad reside la justicia, y con su música, que penetra la piel e ilumina la profundidad, le hacen ellos, precisamente, justicia a esa frase. 

Es un poco estúpido volver a reivindicarles. Además, no les debería hacer falta. Esperemos que detrás de los rosales, se escondan los Uger mientras trabajan en más joyas como esta. 


28 de diciembre de 2022

Fiasco Review!!: Lo sabes bien de Eh, Mertxe!

 


Primera cosa a confesar: aún no tengo el vinilo. He tenido que escuchar esto por el frío canal del bandcamp, y cuando se partían los corazones, por la resbaladiza plataforma del YouTube. Pero es que ya fue Navidad, se acerca el final del año, y como todos los años desde que hacemos esto, siempre que se acerca el fin de uno nos entran las prisas por recomendar cosas antes de que se agote el plazo. Por suerte, un alicate que toca la guitarra por encima de la cintura, me ha pasado las fotos del artefacto, y con eso y con lo que me queda de imaginación, me las he arreglado para disfrutarlo, casi casi como si tuviéramos el tocino en la mano. 

Y es que una cosa te digo, hasta escuchándolo como lo he escuchado yo, acabas con las manos llenas de pringue, se te pone la nariz dulzona del olor a choto. Tiene sudor y grasa la cosa hasta si la catas con abrelatas, como he hecho yo. Y, que se me entienda, no me estoy metiendo con los hábitos de higiene de los cuatro miembros de la banda, ni con sus dietas alimenticias, es que hacen rock and roll y el rock and roll se dice que debe ser así, que exude y supure, y las diez canciones que han reunido aquí a fe, pardiez, que lo hacen, y vencen a cualquier formato con reparo porque están bien preñadas de manteca y fibra. 

Ese es el primer acierto. No sé si lo han buscado, pero, desde fuera, suena a que han dado con la tecla. Si no lo sabías, ahora, lo sabes bien, que esto que escuchas es Eh Mertxe! y si te dejas de mercedes y privilegios y te amancebas con la gente buena y llana del rock and roll esta va a ser una buena banda sonora para acompañarte. En directo, eran ya una banda potente, de patrón clásico, con estribillos pegadizos, letras sin edulcorantes, de las que te hacen pasar una hora y pico de catarsis que te sirva luego para sobrellevar la rutina. Ahora, esa energía la han puesto en píldoras. O en supositorios, si quieres, porque da igual cómo te lo tomes, el rock and roll te entrará en sangre por la vía rápida. 

Sin más metáforas estridentes, los datos patentes: es su primer larga duración, pero no su primer trabajo. Lo han grabado con Martín Guevara en Silver Recordings, y algo habrá tenido que ver en que todo se note tan lubricado. Lo sacan a pachas Folc Records y Discos Invertebrados. Los segundos merecen atención por el trabajo que están haciendo con el talento de La Rioja y alrededores. Los primeros son un triple salto y con tirabuzón para los Eh Mertxe!, que pasan a sumarse a una lista con peña como Asteroid B-612, Johnny Casino, Los Chicos, Daddy Long Legs, Los Deltonos, El Gobierno o Señor No. Y no hemos mencionado ni a la mitad. Estar ahí es... llevar ese sello en portada es como llevar la etiqueta negra en la pata de un jamón si haces rock and roll. 

El disco se titula Lo sabes bien, que ya lo he deslizado por ahí a modo de publicidad sumergida, y ellos, eso ya lo sabes bien, sí, se llaman Eh Mertxe! La portada, colorida y ajetreada, sirve también de anticipo, al igual que la contraportada, para que sepas bien qué te vas a encontrar dentro. Y es que se les ve a ellos haciendo el chorra, o lo que sea, mientras se acompañan de una colección de vinilos, entre los que, entre otros, se intuyen trabajos de los Stooges, los Fleshtones, los Fuzztones y hasta de Kuraia, a los que luego se escuchará también, como inspiración, en el interior, en el contenido. Por poner un ejemplo, se ve claramente como uno de ellos sujeta el The Second Wave de New Race, esa banda donde se reunieron, nada más y nada menos, Rob Younger, Deniz Tek, Dennis "Machine Gun" Thompson, Ron Asheton y Warwick Gilbert. Por dentro, hay ceniceros, calaveras, jacks de guitarra, guitarras, botines y más cosas que no puedo explicarte, todas dibujadas para acompañar a unas letras que dibujan un interés por lo mundano, un ejercicio liviano de rima sin caer en la tapicería recargada, apegadas a una filosofía, llámalo si quieres, que precede o procede de todo lo que rodea a ese rock and roll que aquí, más que música, o solo música, se materializa en algo más robusto y complejo. 

Y, como ejemplo, valga el verbo bailar, que se usa en varias ocasiones, y, en todas, con un matiz distinto, que, en cualquier caso, supera lo que puede indicar el mero hecho de practicarlo. Bailar ya aparece relacionado con cierta manera de encarar la vida en la canción que da título al disco, "Lo sabes bien". Lo mejor que se puede decir de ella es que termina tan rápido que es imposible no volver a escucharla. Ritmo sugestivo, riff machacón, las sílabas bien cabalgadas sobre los platos. Podría ser una receta. Pero la receta la tienes en la primera, "Negociante", que sabiendo que el disco lo concibieron para vinilo, entiendo que el orden está bien pensado y no es casualidad que abra la colección: comienzan tentando el bulto, oscilando la electricidad suelta, para luego encadenar uno de esos recitados acelerados y espinosos que escupen en la cara del oyente, a quien espetan y le dejan las cosas claras, y entra el riff a trepanar y ya se oye la primera onomatopeya con el hey hey hey para envalentonar (luego, en otras, habrá yeah, yeahs, y aaa, aaas, y hey hey heys de nuevo junto a wow wow wows y yay yay yays); más: letra que no se anda con monsergas ni medianías, bien usada la repetición, guitarras que vuelan a su pedo, base rítmica a pilón y abriendo senda. Ahí lo tienes, en una canción: rock and roll. 

Y el resto del disco sigue ese camino. En "¡Qué más da!" ya lleva el título la exclamación. A falta de un riff, son dos. En "Arrasa todo" dibujan uno de esos perfiles de mujer tan típicos de las letras de rock and roll, que yo, de verdad, y mira que frecuento varios, nunca me he encontrado en ningún bar. Literatura de tugurio en la que consiguen recordarme a los Tiparrakers por lo mucho que cantan y lo rápido que lo hacen y cómo todo encaja perfectamente en el verso. "Ácido es tu ser" igual es un pelín más lenta, bailar vuelve a tener su rol, con un matiz más nocivo, y tiene otro de esos puentes tan suyos donde la instrumentación parece reforzar la historia de la letra, en este caso, los pliegues del tiempo y el amor, creo. "27" es casi surrealismo, rock and roll con humor y con vacile y una línea de bajo que juega con la historia del género. 

Y por cambiar de párrafo y destacar algún matiz distinto, que los hay, incluso entre las que he intentado meter con calzador en un mismo cajón, alguna sigue el mismo patrón, como "Phantom mover", pero es una road song en inglés donde el bajo palpita por debajo como si fuera el ruido del motor.  También hay algo distinto en "Jakingo bazenu", donde he querido escuchar a Kuraia, y era fácil hacerlo aunque solo sea por el cambio de idioma, que ahora se pasan al euskera. Hay algo que no sé explicarte que me lleva a decirte que parece que jueguen entre el hardcore y el blues sin abandonar el punk-rock. Mola el frenazo con la batería en marcha y el bajo amenazando y ese final demoledor donde lo bordan. La letra, además, se destaca porque permite la interpretación, puede ser íntima y específica y hablar de alguien en concreto, pero también se puede tomar como un homenaje a toda esa música que escuchamos creciendo y que nos fue modelando como si de verdad fuéramos arcilla. También suena algo distinta "¡Oh, señora!" porque parecen, por momentos, los Uncle Tupelo y, de nuevo, se desliza una historia que para completarla exige que tú llenes los huecos. Finalmente, la más diferente, y me quedo calvo detrás de las orejas, que decía mi abuela, es "En la vid", con ese paso marcial, imágenes de barro, llagas en las manos y espaldas tronchadas para hablar de la situación laboral en el campo, en un campo muy concreto. Usan las guitarras más limpias del disco y se agrava la elocución, en una canción que parece acercarse al ska punk más comprometido. Por decirlo de alguna manera, a medio camino entre "En la plaza de mi pueblo", pero más en la versión del Coro Popular Jabalón que en la de Reincidentes y la poesía de lucha obrera de Knutna Nävar pero a través de Baboon Show. 

No tengo tiempo ni para repasar ni para recapacitar. Luego igual me arrepiento de mucho de lo que haya escrito pero se me echa el tiempo encima y de lo que estoy seguro es de que si te gusta el rock and roll de lo que no te vas a arrepentir es de acercarte a ver un bolo de los Eh Mertxe! y, hasta que puedas, bien puedes ir entrenándote con este disco donde han sido capaces de encapsular su sonido. No te creas, también hay matices, detalles de producción, la oportunidad que te da lo grabado, que no debes dejar pasar. Pásate por Lo sabes bien, joder, saldrás, como mucho, necesitando una ducha, pero que te quiten lo bailao. 

21 de diciembre de 2022

Fiasco Review!!: Lautada de MICE


 

Pues, a veces, sucede que, desde fuera, sin que ellos se enteren, celebramos que la gente se encuentre y nos regalen deleite e inspiración a partes iguales, sin que ellos se enteren, sin que ellos lo sepan. Que Miren Narbaiza se haya juntado con Joseba Baleztena, desde fuera, nos parece una conjunción tan mágica como la que dicen que se produce con las estrellas. Y así sucede MICE. Que si lo pronuncias en un inglés que quiere sonar bien, a lo que suena es a "maiz", la locución en euskera que podría simbolizar lo que nos ha ocurrido con este disco, porque no hemos podido dejar de escucharlo, "a menudo", "frecuentemente", tantas veces que no nos hemos cansado porque la planicie es extensa y en cada expedición encontrábamos algo nuevo. 

El disco se titula Lautada y contiene ocho canciones. "Lautada" es también el título de la última canción, la más escueta, repleta de hueco y viento, donde solo está Miren Narbaiza y su guitarra. Un buen cierre para un disco que no se puede hacer corto porque tiene un mundo tan intenso y dinámico dentro que obliga al regreso. Lo grabaron en Gakobeltz Hit Faktoria y cuenta con un montón de colaboraciones: gente de la cuadrilla de Joseba B. Lenoir como Iñigo Telletxea o Ilargi Agirre, de la de Joseba Irazoki, como Ibai Gogortza, todo un Mikel Abrego, al que suena a poco relacionarlo solo con Fermin Muguruza y Anari, Iñaki Urbizu "Pela" y Julen Postigo de Víctimas Club, Felix Buff de Willis Drummond y más, Libe García de Cortázar y Jon Basaguren, antes en Izaki Gardenak y hace poco en Pasadena y otros más que queda feo que no incluya en la lista pero algo tengo que dejar para que rebusques tú entre los créditos y descubras a los culpables de todo este enorme espacio musical que construyen con sus contribuciones. 

No somos de comparaciones ni etiquetas, pero si quieres que te digamos dos extremos para que sepas por dónde se puede mover esto, me atrevería a decir que MICE puede ir de Brittany Howard a Courtney Barnett sin perder el norte. Alma y rasmia que se ponen al servicio de unas letras inspiradas y poéticas, llenas de imágenes poderosas y palabras con raíz que Miren Narbaiza consigue hacer epidérmicas, elevadas, que se hilvanan perfectamente con la música. El ritmo y la frase se preñan de pliegues, creando un misterio macizo que a veces es gaseoso y otras veces compacto. Un trabajo de orfebrería que se deja degustar con cercanía y emoción. 

Hay sintetizadores, percusión, voces en muchas dobleces, cuerdas de diferentes tonalidades, vientos. A veces las canciones se arrastran hasta que se elevan o se enmudecen ellas solas. "Ernaltzen", por ejemplo, hipnotiza. La primavera parece que no llega nunca en el invierno de "Negua udaberrituko da", pero se está abrigado y cómodo en esa humedad, con guitarras luminosas y una batería emocionante a la que envuelve un eco eléctrico en el fondo. "Inor begira izanda ere" danza. La voz de Iñaki Urbizu "Pela" agranda. El piano de Julen Postigo la expande. El bajo siempre detrás, como una pulsión permanente. Parece que habla de permanecer fiel a uno mismo, incluso en los peores instantes: "inor begira izanda ere berdin egin nahi nuke." "Aurpegira begiratu" ejecuta lo que evoca la letra: se mueve por planicies cómodas, pero, sobre todo, por caminos abruptos y empinados. Y sale airosa, sobre una batería agitada y el saxo que punza. No sé si es eso, pero, para mí, "Mintzaira" habla del peso de lo que heredamos, de la resistencia a lo que nos imponen. Empieza fatigada y va elevándose con placidez y demora. La iteración es fundamental, en la poesía y en la música: "Zer dugun irentsi" demuestra cómo la expresión torna los versos, que se repiten, pero nunca son iguales. La electricidad abraza el caos hasta la elevación más clarividente. "Margotu pareak" es volátil, gaseosa; en "Lautada" el llano crece como un refugio que no se abandona. 

No tengo muy claro, para qué mentir, si el disco ha sido ya publicado en físico o no. Yo lo he escuchado en digital, desde el bandcamp, y he vuelto a cruzar esa llanura varias veces como si supiera que no me iba a llevar a ningún lugar porque quería estar ahí. MICE maiz. 

16 de diciembre de 2022

Fiasco Review!!: Dandelions de Black Toska


Me preguntaba que por qué dientes de león. Igual por aquella inocencia juvenil que rememoraba James Russell Lowell, la misma que luego blandía el propio Walt Whitman: "simple and fresh and fair". Escrito como con el pulso inquieto, como si fuera el facsímil de un pergamino, así queda el título de este disco impresionado sobre la pintura de Diego Vasallo, que hace de portada. ¿Por qué dientes de león?

Igual por lo que dice la canción, porque somos como dientes de león, débiles y poderosos, jugando a ser dioses, mecidos por el viento, inconscientes del ritmo y el poder de la naturaleza. 

"Dandelions" es solo una de las seis canciones, la última, que recogen los Black Toska en su trabajo más reciente, Dandelionsque repite el título de este corte para toda la colección. Con ella, suman quince minutos más de repertorio, para una banda que produce en pequeñas dosis, pero con constancia. 

Las canciones no se miden por su duración. En realidad, no se miden. Pero si se pesaran, las de Black Toska, aunque a veces parezcan etéreas, fugaces, una bruma, romperían la balanza, están repletas de energía. Siempre parecen nacer de un misterio que no se revela, que se encumbra; suenan como esculpidas en tierra, enraizadas en barro, porfiando por crecer.  

Y, sin embargo, este parece el disco más luminoso y embriagador. Aunque el alba sea plomizo, aunque se arranque la piel, aún con astillas clavadas, los huesos podridos, a pesar de las sombras grises, los dientes de león resisten. 

Como una hiedra, crece la batería cautivadora en "A Gloomy Dawn", ganan eco las cuerdas, repta y rapta esa voz gredosa. El vínculo entre naturaleza y nuestra propia naturaleza se dilata en la música. Así termina el disco, en círculo, con "Dandelions", y le crece un infinito desde dentro a la canción. "Love of Mine" va a trote, cabalga, podría ser la banda sonora de un amor distópico, fraternal y formidable. La canción parece trepar por un precipicio en medio de un diluvio. "Splinters" es la más larga del lote y te tienta con misterio mientras retumban con sutileza los instrumentos. La coda parece un encantamiento. "Splintered Rotten Bones" la abre una guitarra luminosa que apunta a un camino que tú debes tronzar. Es, quizás, la canción donde mejor encajan la alocución de los elementos con el alfabeto musical. "Grey Shadows" comienza con una atmósfera etérea que se expande. La guitarra va sola, como un verso libre que atraviesa las sombras grises y consolida el convencimiento de la voz. 

Las canciones de Black Toska, a veces, parece que solo empiezan, que son una promesa, un augurio, una reliquia, una puerta abierta, un claro en la oscuridad. Una grieta enorme donde entra un universo entero. Se pasean por los solares de una aparente simpleza, hacen equilibrios sobre los vacíos de ritmos  horizontales y contenidos, pero esa intensidad ligera electrifica los minutos que dura cada canción. Siempre hay que volver a desandar el camino, iniciar de nuevo la expedición, volar a merced del viento.  

12 de diciembre de 2022

Bremen, Bucarest, Bilbao


Fuimos a esto, el viernes pasado. Dos fines de semana seguidos cogiendo el metro para ir a la capital, ya ni me acordaba. Esta vez, con algo más de pereza, que se barruntaba cantidad (de gente, me refiero) y hasta rejuvenecimiento (y sin cirugía). Pero era obligado (casi) acompañar a Campamento Rumano y estrenarnos, al fin, con Biznaga, que, como ellos mismos se encargaron de decir, ya habían estado seis veces en la ciudad con anterioridad y en ninguna tuvimos la oportunidad de asistir. 

Insistir suele ser bueno, pero también puedes acabar cansando. Lo digo porque ya me he leído cuatro o cinco crónicas del concierto por ahí, que siempre somos los últimos en llegar, y se han ido un poco las ganas de dejarlo escrito porque admito que sospecho que mucho de lo que diga ya habrá sido dicho. El lado bueno es que, con suerte, la falta de ganas hará que esto salga más corto de lo que suele salirme y eso que ganamos todos. 

Me dejo de rollos y paso al meollo. Los primeros fueron Campamento Rumano y lo vamos a hacer así. Voy a hacer una lista del uno al trece y en esos trece microtextos diré todo lo que creo que tengo que decir. Como tardarás menos de un minuto en leer cada una de ellas, me imagino, me aseguro que triunfo y les gano, que lo hago más rápido de lo que ellos tardaron en despacharse su concierto:


Foto by Asesino el Rock&Roll. Y así durante 14 minutos. 


1. Aburrido, por la tarde, después de pillar la entrada por internet y abonar la tarifa anticipada (más euro y medio en gastos de gestión, que gestionar, cansa y cuesta), le mando un whatsapp a Kañon, el bajista, con la ilusión de poderle tocar un poco los huevos: "13'5 tirados a la basura" y le adjunto una captura de la entrada. Me contesta con su fino sentido del humor: "Justo lo que tardamos en hacer el repertorio".

2. Pero, al final, rozan los catorce minutos, que hasta los Biznaga se lo echarán luego en cara, llamándoles con sorna mentirosos, porque dijeron que iban a tocar 12 minutos y al final fueron 14.

3. El repertorio es el mismo que hace unas semanas cuando se subieron al escenario en Barakaldo en compañía de los Nuevo Catecismo Católico. Por cierto, que algún NCC ya andaba por allí, que le están cogiendo gusto a los Campamento ahora que son más rockones de lo que les gustaría ser.

4. Se damasquinan en polietileno, bien prieto con cinta adhesiva gris. La verde la usan para colorear, aunque alguno se la coloca en las piernas que parece que abrazan la Kineseología. Cruces verdes para cuatro de ellos, al quinto, le toca lo que parece una estrella de David. En fin, que muy guapos.

5. Enduras sale primero, solo, como con brío pero algo nervioso y nos intenta azuzar, en una extraña mezcla entre castellano e inglés que funciona a medias.

6. Enduras es el protagonista de la noche, porque está inspirado en el baile y el hostigamiento de masas. Hasta se agarra el pie de micro y lo rula del público a sus compañeros invitando al sing along, solo que falta el micro en sí, que sigue en posesión de Vito.


Foto by Asesino el Rock&Roll. Enduras y sus posturas. 

7. Madre mía cómo ha crecido la niña, qué alta se ha puesto, quién la ha visto y quién la ve. Es una pasada lo que pasa con "Coca Cola en Angola", que cualquier día se entera la empresa y se convierten en los Undrop de la marca rival.

8. Vito no baja hasta el último peldaño. Se asoma al vacío y aúlla. Y mira que le gusta pasear por la frontera, pero, hoy, se queda en lo alto del acantilado. Acaba de rodillas, eso sí. Se le tensan las venas. El sonido no es bueno, pero la garganta se la deja.

9. "P.I.S.S." cierra y muchos echan carrera para llegar al baño, como si fuese telequinesia.

10. "Hola, somos los Biznaga". Así empiezan. "Hasta pronto", creo, para terminar.

11. "Humanos programados" y ellos son rumanos renovados.

12. Uno que tengo al lado, se gira y mira a su colega con una sonrisa nerviosa y los ojos muy abiertos. Siempre enternece ver a los que se estrenan.

13. El punk tiene más matices que varices, por mucho que se diga, y estos tíos lo prodigan a su estilo y manera y no iniciarán una nueva era en la historia de la música popular pero que nos quiten la sonrisa, a ver si pueden. 

Foto by Jon B. B de Biznaga. 

Suena Vivaldi. Porque creo que el bajista dice que es Vivaldi, cuando se les ve que quieren empezar pero la música enlatada no termina. ¿Era Vivaldi? No lo sé. Si quieres que te diga algo con sentido, entonces no me preguntes por los hermanos Grimm, ni por Bremen, ni por la música clásica. Como mucho, eso sí, pregúntame por los Trotamúsicos. Ahí estuvimos entre el otro y uno mismo intentando acordarnos de los cuatro nombres y nos faltó uno. Da igual. Todo da igual. Arrancan los Biznaga. El vocalista se da la vuelta y grita: "¡Vamos, rubio!", y el rubio empieza a soltarle hostias a los parches como si no hubiera un mañana.  

Estamos en primera fila y la gente desfibrila. Nosotros movemos la clavícula al son de "Una historia de fantasmas" o "2k20". Alguien me da en el hombro y me grita al oído: "¡Son los Clash!" Y yo digo que sí con la cabeza mientras veo como Javi Rubio se diluye entre los fervores juveniles y explota el pecho al grito repetido del estribillo de "Contra mi generación". Hay un parón. Porque el bajista rompe cincha. Nos presentan al guitarrista, del que dicen que tiene 19 años, substituye al titular y "es la primera vez que sale de Madrid" o algo así. El chaval no desentona ni un ápice. Baja la guitarra hasta las rodillas, se encorva y rasga con gusto.

Sigue el repertorio del que, por supuesto, me estoy saltando varias. Sorprende que los más jóvenes respondan con tanta virulencia al espíritu que examina el "Espíritu del 92". No oigo bien, pero algo dicen de Javi Rubio antes de que suene "Máquinas blandas", la que nos parece, nos suena más punk, al punk que hemos mamado nosotros, quiero decir. "¡Sangre, el punk es sangre, sangre!", grita uno de Sestao. 

Pero el punk también es esto, por supuesto, como antes lo ha sido lo que han hecho Campamento Rumano y ahora estos dicen que se van a poner románticos. Tocan "La escuela nocturna" y los puños se elevan hasta el fondo del bar. Son más los que tararean que los que se quedan callados. Llega Marc Augé a la ciudad y el bajista dice que en Madrid hay muchos de esos y pregunta que si también en Bilbao: "No-lugar" y mola la ostia, las que él da, cómo sube el batería la canción.

A medio concierto aparecieron por nuestra vera un par de chavales a los que si no les doblaba la edad por poco sería y se pusieron ahí delante, a botar con el puño para arriba y pasear axila. Me sorprende que huelan tan bien y que a uno le de tiempo a colocarse el flequillo como en un tic nervioso mientras empuja a su amigo tímidamente. No son ellos, soy yo, lo sé. Hay un precipicio en el medio y soy yo el que me asusto por la distancia. Así que sienta bien que hasta los Biznaga se den cuenta y dediquen "Líneas de sombra" a todo el espectro de edades. 

El descenso final es de vértigo. Primero, dicen que van a tocar "un temita con el que llevamos años" y suena estimulante, provocativa, una "Mediocridad y comfort" a la que llevamos los mismos años disfrutándola en la soledad doméstica. Luego "Adalidades de la nada", creo, y hay un nuevo parón que usan para vacilar a los Campamento, que son unos "heavies", dicen. Se pierde un poco la velocidad de crucero que habíamos cogido y el cantante y guitarrista aprovecha para cambiar de guitarra y estrenarse con la Phantom Guitar de Campamento Rumano, que llama bandurria, por una broma interna, creo, y a la que yo denomino la guitarra sartén, no sé por qué. Con ella tocan una "Madrid nos pertenece" que revuelve las caderas de la mayoría. Se acerca el técnico para darle la guitarra buena, pero le dicen que no, que sigue con esa (que es una joya, no me jodas, ya lo sé, americana, primera época de fabricación, que ya me lo han contado), y con esa tocarán, para finalizar (que ninguna de las dos bandas practicó el dudoso honor del bis), "Una ciudad cualquiera" y hasta a mí se me fueron los pies y los labios.  

No sé cómo fueron los seis anteriores y no tengo rasero para medir. Yo lo que creo que viví fue un buen concierto de punk contemporáneo, con un pie en la tradición, de los Clash a la Polla, y por el medio toda la flora y fauna que los cruza, y el otro en la modernidad más actual. Un concierto de punk que no acabó por acalorar, por lo menos a mí (y qué les importará a ellos lo que yo me entusiasme, ¿verdad?), pero frío, eso sí, nunca hubo, y mira que fuera lo hacía.



7 de diciembre de 2022

La encía del rock


Ahí seguían colgando los globos. Los peldaños quietos. Hacía mucho tiempo, pero nada ha cambiado. Nos pusimos en una esquina, sobre la bionda y, al poco, nació un murmullo, seguido de unos pocos silbidos, y los Tiparrakers aparecieron en silencio, merodeando, instalándose. Nosotros también cogimos hueco en primera fila. 

Arrancan con "Triángulo, cuadrado, rombo" y el cantante se sienta delante, sobre el monitor. La electricidad de los Tipa enseguida se tamiza, se destila por la sangre, la exudas. Con la segunda, "Don Nadie", Jon Ander ya pierde el micro y lame la cabeza de Xenén, su guitarrista, mientras, en primera fila, ya hay algo de pogo, empujones con cariño, puños y alaridos, el calor del rock que va subiéndonos por las pantorrillas. Dice Jon Ander que hace mucho que no salen a buscarla como anticipo de "Buscando acción", pero la semana pasada tampoco fue una "Noche trankila" y las dos seguidas, con Jero y David poniendo los cimientos, Jon Ander el nervio y Xenén la trapatiesta, acaban por encender los ánimos. Dan las gracias al Club por invitarles y sin parar siguen con la geografía del punk-rock, desde Australia hasta Buenavista. Reparten nuevas provisiones como "Cardíaco" y "Anestesia", y el flujo sanguíneo de siempre con "No comprendo" o la veterana "La puerta", donde le da a Jon Ander por el parkour y se sube ágilmente a una de las peanas, luego baja, agarra un pedal para llamar por teléfono y todo pasa como concordado con la copla que entona. Volverá al monitor y al suelo, con una mano sobre el bombo, como pidiendo que le auxilien de un ahogo. Cuando se mueve, a veces, me recuerda a John Bender. Si no sabes quién es, vuelve al instituto. O a los ochenta. Te cuentan historias en "Relato tenebroso", larga, narrativa, expresiva, bien locutada. Xenén rompe cuerda. El cambio es rápido, aunque Jon Ander nos había buscado ocupación mientras tanto: "cogeros a vuestra pareja y echaros un bailecito, no seáis tímidos". "Su eco", "Salvaje": "venga chavales, vamos acabando". Llega el final en tresdé, el triple tirabuzón, el punk-rock en bucle, que apuñala con la afilada distorsión de la guitarra: "Demoledor", "Enemigos todos" y el "Over the Top" que ya no es de Motörhead. 

Era la primera noche en el Kafe Antzokia para los Tiparrakers. El público no dejó de crecer desde que empezaron, contando, desde el principio, con los fieles vernáculos que se mueven para acompañar. Al principio, se les veía reducidos, con mucho espacio alrededor. Al final, agigantaron su tamaño y sometieron el terreno. 

Foto de Rock Attitude Facezine. Toma del Antzokia por las tropas del Comandante Tiparraker.


Cuando salen, ya han empezado, aunque enlatado, pero ese soliloquio surrealista que estamos oyendo, que antes lo ha anticipado un collage musical, es la voz de Osoron, bajista de la banda, recitando el pasaje de "Número 6", una de las canciones en El castigo es colectivo, el primer disco de Víctimas Club, de quienes estamos hablando en esta frase tan larga que ya procede terminar. Pela aparece como es, ahí encima, mirada que enmudece, apuntando con el dedo al público, que te sube un latigazo por la espalda si coincide por tu costado; largo, fino, como un árbol de pita que nunca se dobla, ocupando tanto espacio que el escenario parece reducirse de golpe. Golpes le da a un racimo de maracas que enarbola como si fuera la cola de una serpiente de cascabel, un reclamo para seres humanos con ansias por dejarse dominar por el misterio de la música. Y te dejas hipnotizar, qué vas a hacer. Más si pronto suena ese sortilegio al que titularon "Cristo nacido en Judizmendi, muerto cerca de Lazkao" y luego "Somos tu nueva normalidad". 

El druida de nuestra izquierda, Joseba B. Lenoir,  tiene problemas con su sonajero chamánico, pero da igual. Embelesados quedamos cuando abandonan un poco el punk pero no la actitud y se acercan al pop irreverente con "¿Cuanto tiempo llevamos así?" Pela nos recuerda que a la vuelta está Sabin Etxea antes de lanzarse a cantar "Farsantes contra Farsantes". En el público, la ceremonia se festeja sin encender velas, pero con sacrificios humanos, que Javi Rubio vuelve a volar como parte del ritual. Después de algunos consejos de alaveses, suena "Pandemia Revisited" y Pela se confunde con el repertorio anunciando una nueva aunque luego suena "Mamashima" y los empujones se tornan movimientos dulces de cuello y cadera. 

Sí, apriétate el cinturón que despegamos, esto no ha terminado ni terminará con este concierto, porque estrenan canciones nuevas que ya ponen los dientes largos. Una creo que se titula Humillante speed, y Pela le dice, en general, a alguien que somos todos y todas: "¿Tú lo has probado? Yo, no". Le dedican otra nueva a las chicas que siguen yendo a conciertos a pesar de ser madres y la que está a mi lado esboza una sonrisa humilde pero satisfecha. Ni ella levanta la mano cuando Pela pregunta que si hay madres aquí. En un Antzokia que, para entonces, ya tiene una buena entrada de varias centenas, en su lugar, levantan las manos otr(o)s a los que Pela espeta: "tú tienes mucho pelo en el ombligo". En una de estas nuevas, por cierto, demostrando la versatilidad de la banda, Osoron y Lenoir intercambian instrumentos y los teclados suenan más afilados y punzantes, hasta oigo que alguien comenta que se acercan a Black Flag. 

Y se escucha que viene, se intuye como un rumor, una ola que crece con promesa. Mikel Tuca Raca me mira frotándose las manos y de la sonrisa le sale un "se viene temón". Empieza el final interminable de "Cortando encía". Vuelven las maracas, Lenoir y Pela se amanceban con el público al final de los peldaños, la guitarra se silba, se baila, se ruega que no termine nunca. Ese momento se mantiene en bucle, el tinnitus de la conciencia, durante horas de memoria placentera, mucho después de que haya terminado este encantamiento subversivo. 

No van a pagar por salir en los periódicos para que tú te enteres. Tendrás que estar atento y seguirles la pista, buscarles las huellas que dejan por los callejones más oscuros del punk-rock alternativo, pero aquí tienes a una de las mejores bandas, en directo y en estudio, de estos lares y de los lares del más allá. Componen y ejecutan con piel y víscera, con palabras que atraviesan tabiques, sin licencias ni concesiones. Una base rítmica lubricada, los teclados con más dinámica que una segunda guitarra, un frontman que rebosa los versos de significancia y un guitarrista sin ansias de protagonismo que, sin embargo, es capaz de convertir el fondo más oscuro en un paisaje multicolor, y al revés. Los halagos se la traerán al pairo. El Cairo quedaría cerca hasta andando si nos piden ir hasta allí para seguirlos. Víctimas Club es el club.  

Foto de Rock Attitude Facezine. El divino sanedrín del ruoc. 

Como colofón, que lo estoy convirtiendo en tradición, un exabrupto y para casa: déjate de mandangas y portadas, de campañas y plataformas, la buena música, la música que emociona y exige, que cuando lo intentas, contesta y responde, esa música, para llegar a ella, hay que llenarse las uñas de mierda, lacerarse las rodillas, buscar a hurtadillas, regresar al esfuerzo y la prospección. Al final de la escapada, descubres a Víctimas Club y Tiparrakers, y la expedición en la selva habrá merecido tanto la pena que echarás de menos la fronda, tanto o más que el machete para troncharla. 

3 de diciembre de 2022

Sin pániko a la farra de un Gobierno bizarro


Los gañanes y gañanas que hoy hacen esto de Farras Bizarras y mañana lo mismo te cocinan garrapiñadas han decidido llamarlo volumen 1. La primera conclusión que sacas del numeral es que habrá o quieren que haya volumen 2. Iniciar una serie tiene que ser como hacer puenting: te tiras al vacío y confías en que, como mucho, rozarás el fondo. Pues que les vaya bonito y que ojalá se perpetúe tanto en el tiempo que cuando un día tengamos que volver al origen (a este vol. 1 o al vol. 0, que existió, incluso antes de que existieran las propias Farras Bizarras, y de él hablamos aquí también) tengamos que recurrir a espeleólogos y arqueólogos para encontrar la raíz.

Desde Madrid llegaron los de El Gobierno y de más cerca se trajeron a los Paniks para celebrar este vol. 1 de Farras Bizarras en un Mendigo Aretoa engalanado para la ocasión, con buena entrada que superaba ampliamente los dos tercios de aforo y otros muchos tercios se bebieron, que había gente de Madrid con sed que pedía así los botellines, ya sabes. 

Hubo buen rollo, buena música, todo bien, todo bueno, vaya eso por delante, y así ya sabéis de qué pie va a cojear el resto de la crónica que empieza aquí y ahora:


Posiblemente no debería decir esto...

... pero se vinieron sin ensayar. La prueba de sonido, que empezó más tarde de lo establecido porque el batería llegó resoplando de otras obligaciones más serias, fue su ensayo. Posiblemente no debería decir esto.... pero la lista de canciones para el evento era la misma que la que pensaron para su anterior bolo en el Mendigo, el de su aniversario. Simplemente, le pusieron tres equis con rotulador a alguno de los títulos y así hicieron más corto el repertorio. Sin complicaciones ni contemplaciones. Posiblemente no debería decir esto pero, por cosas como esas, los Paniks son los putos Paniks y no son un mito ni una leyenda ni un grupo de culto, ocultos en una cueva esperando a que te acerques para vociferarte a la oreja, no, pero sí que son una banda con cuajo y oficio, bien engrasada, con canciones rotundas y poliédricas (nunca había usado este adjetivo con ellos, creo, pero es que ya me estoy quedando sin sinónimos y variaciones), algunas propias y otras versiones de ajenos, que son capaces de tocar en directo con más emoción y furia si cabe y revolverte las vísceras con su profusión de ritmos primitivos y atávicos (que son dos adjetivos que he usado ya tantas veces con ellos que si no los uso una vez más exploto). 


Photo by Dena Flows. El encantador de parches. 

De inicio, "Johnny", que es ya casi tradición, y poco después "Avispa", zumbando el vuelo largo de las sílabas en el estribillo, mientras Zala rasga la parte de abajo del mástil y Patxi tiene que subir el hombro izquierdo para terminar los golpes. Va "Maribel", que estuvo, y otras que entran como aguardiente en cápsulas. En "Blue Moon", se destapan. En esa canción, cabe un universo entero. El misterio de cada uno de ellos. Rapta el ritmo y terminan ululándole a la luna hasta que la bruma se despeja sobre el descampado. Encima, la encadenan con la locura extrema de "We Were 7" y hasta el ninja hinchable cobra vida y se encarama sobre el escenario. No se para, que llegan aleluyas: "Camposanto", su versión de Dead Moon, "Sobre mi tumba" y esa "Colecciono huesos" donde son ellos mismos los que lo gritan, "¡dame rock and roll primitivo!" Se acaloraba Rioja con sus alaridos ancestrales, como si quisiera tragarse todo el aire viciado del local. Tanto que se tragó las frases, y después del dolorido "vamos a un concierto" se zampó la referencia a Jack Oblivian que "viene a la ciudad". Da igual, la onomatopeya le sale de la entraña, se apaña, nadie se entera y salta el confeti y se espesa la felicidad. Momento cumbre con el fuego que le sacan a la lumbre de los Reigning Sound: la melodía de "Drowning (Ahogo)" es como una nana para la tarasca, que también los monstruos tienen corazón. Se les ve disfrutar. David paladea el coro. Rioja rompe cuerda y desafina, pero hasta eso queda bien. Patxi aprieta y termina la canción en la gloria. 


Photo by Dena Flows. Zala con bottleneck

Todo queda en familia. Pasan de Greg Cartwright a, esta vez sí, los Oblivians y coagulan el delirio con su versión del "Ride that Train". "Coge ese tren" y la peña obedece, y se dejan llevar por el traqueteo nervioso. Todo se elevará hasta el clímax en el doblete final: "Back to Nature" y "Alvarez Kelly". La última, con digresiones de cuerda, los pies sobre el bombo, el bajo que repica mientras las guitarras se encabritan. Al final, Rioja deja caer el instrumento al suelo, como si fuera un rito de sacrificio. La pisa levemente y se da media vuelta, dejando de huella la saturación. Posiblemente no debería haber dicho nada de esto para no estropear el recuerdo que quedó allí como elevado, encrespado en el acople.  


Photo by Dena Flows. Duelo entre pistoleros. 


Una banda para gobernarlos a todos

A mí desde abajo me pareció que se subieron con ganas, desmelenados a pesar de que el batería está rapado y los otros dos vestían gorras belfast o lo que fuera. A mí me olía a promesa, a que subían con ganas de dar caña, escalar la cucaña, hacer saña, (tengo más), agitar la maraña de patrones y excitaciones que caben dentro de esa etiqueta llamada rock que es como un abrigo que te queda grande pero qué más da si abriga. Y es que los de El Gobierno se pasean por las laderas del rock, hacen cumbre en el soul, ven el valle del punk, se bañan en el arroyo del blues y todo esto lo hacen en una caminata a paso ligero, sin brújula ni mapa, sin perderse ni dar rodeos, creando, al tiempo, un paisaje tan inspirador que no puedes evitar levitar, dejarte gobernar por su música.

Me quedé a gustó. Pero así lo recuerdo. Que con ganas y gorras empezaron y descamisados terminaron, al menos Guillermo Casanova, quien consiguió que su Rickenbacker sonara tan bella como se ve la explosión estelar de una supernova. El guitarrista y cantante terminó enseñando testera y camiseta de los Meanies. Al contrario, David, al bajo (los dos bajistas de la noche compartieron nombre y no fue la única coincidencia entre ambas bandas, William Holden, que luego lo cuento), a pesar de genuflexionarse y esgrimir su bajo con elegancia, ni arrugó su chamarra. El batería, por su parte, ya partía en manga corta y enseñando otra parte del rizoma musical de esta banda, que su camiseta de los Minutemen podía indicar cómo este Gobierno puede ir del punk de California al rock de Carabanchel sin necesidad de decretos ni mociones de censura. 


Photo by Dena Flows. Prestidigitando felicidad. 


Mezclaron inglés y español, volviendo a la discografía del principio, cuando se llamaban The Government y llegado a la más actual. Por ejemplo, se lucieron con aquel "Let Her Go" que estaba en Vote Me Tender, encrespada sobre esa línea del bajo que doma y embravece al mismo tiempo. Cayeron otras, pero, por compensar, apuntamos una más en inglés que tocaron al final. "As William Holden" funcionó, además de por tratarse de dos minutos de belleza destilada en estribillos que se enredan, porque creó otra conexión con la banda anterior, que el actor de Illinois era Alvarez Kelly, llevándose, por lo tanto, protagonismo en los colofones de ambas bandas, quién le iba a decir. 

En el cogollo, se repasaron, sobre todo, su último trabajo, ese Rollo desarrollo con el que montaron un buen pollo en el Mendigo. "Por tu bien", empezada con la guitarras sobre el mascarón de proa y luego cantada y tocada a toda ostia. Las melodías retumban, la risa se enriza, Guillermo sube la pierna y sus dedos se pasean por el mástil como dibujando arabescos. "Un rato", al principio. Y dos cañonazos por el medio, "Marca roja" y "Punk para listos". Alguna no la supe situar. No sé si eran nuevas o viejas que yo no conocía, pero destacó, sobre todo, una "Es fácil el mal" que empezaba con pauta de rock and roll clásico para luego viajar donde le daba la gana, perfilando un mapa musical lleno de luz y de misterio.


Photo by Dena Flows. Si supiéramos qué ven...

No habían tocado mucho por aquí pero probablemente se cansen de hacerlo si es que somos listos y tomamos nota. La lección debería ser para caer en el examen, porque siempre está bien que te enseñen que el virtuosismo (llámale simplemente tocar mucho y bien, si quieres) pueda encajar perfectamente con la actitud y el brío que siempre le exigimos a los directos auténticos. Podías marearte si te fijabas en sus dedos, trazando pictogramas por los trastes. Más que marearte, embrujaban, y como prueba, los cinco párrafos que he escrito. 


Por haber hubo de todo. Hasta un concurso, creo, que me lo perdí por el vicio de fumar en espacios abiertos. Hubo fiesta antes, durante y luego, según se cuenta. Hubo mucha gente buena a la que se vio abrazarse, incluso con desconocidos. Hubo brindis y promesas. Hubo lo que hubo y sobre todo tuvieron que prometer que habría más. Las promesas son para cumplirlas y, en este caso, hubo farra y fue bizarra, así que... aprobado general cum laude. 

Por cierto, es obligado que termine con mención, porque me ha permitido decorar con su talento este escrito. Un honor que el regreso a la primera línea de alguien tan indispensable e insustituible como el fotógrafo Dena Flows tuviera lugar en el estreno de Farras Bizarras. Visita sus galerías si quieres disfrutar de este bolo y de cientos, miles de otros. Estas fotografías que me ha prestado, si no me equivoco, están única y exclusivamente aquí, toma ya. Creo que más alto ya no podré llegar. 



30 de noviembre de 2022

Escombrakers

Fotos robadas vilmente del facezine  Rock Attitude

Los Tiparrakers se expanden, cóncavos y convexos. Sus compañeros se están preparando. David aprieta tuercas, Jero se carga el instrumento, Senén mira la pedalera. Mientras tanto, Jon Ander pasea. Parece que pensara en cosas transcendentales mientras lo hace. Le da tiempo a departir con alguien al que, luego, agarrará del cuello, pero con amor. Y, de repente, empiezan. 

Punk-rock geométrico. La canción preferida de Take Kubo: "Triángulo, cuadrado, rombo". Y a lo bobo se trasiegan todo el primer tramo del bolo sin bajar el ritmo ni dejar de azuzar los biorritmos: perlas de su repertorio, del más añejo, como "No comprendo" o "Buscando acción", y otras más recientes, por ejemplo, "Noche Trankila", que no lo fue, porque no tenía que serlo. 

Les dio tiempo a estrenar mandanga. "Cardíaco", creo que se llamaba, espinosa, niquelada, con la alcurnia necesaria para no desentonar en el inventario creativo de los Tiparrakers. No fue la única. Al principio del tramo intermedio, también debutó otro tema, "Anestesia", más rima de la que escriben con el espolón, con una lima entre los dientes para esmerilar lo mismo versos que barrotes. Siguen saltando de lo nuevo, "Controlo" y "Se te ve", a lo viejo, "Su eco". Senén, quien, muy al principio, practicó el barranquismo por un costado del escenario, disfruta de los punteos y brinca sobre las líneas de bajo de un Jero hierático, al que mira de vez en cuando David, el único sentado, casi de perfil, mimando el ride con la pegada medida. 

Recuperan "Salvaje", que no solía formar parte de su baúl de viaje. La escribieron ya en su día para el Luego estamos, el disco de las zapatillas sucias, y no podían haber elegido mejor, porque ese estribillo que cantan de fondo, "¡metedle en vereda!" (o igual es más higienizado, meterle, pero da igual)... ese estribillo se oía en el rumor de todo lo que tocaron luego. Y es que ya lo canta el propio Jon Ander en "Salvaje": "no podrán meterme en vereda". Una canción bien dentellada, con cambios de ritmo repentino marca de la casa y los punteos justos bien retornados: "me gusta sentirme salvaje / no es que sea un tío duro / simplemente que no soy maleable". Jon Ander nos lo estaba advirtiendo. Se subió al bombo y David aguantó. Le tocó los platos y no llegó la baqueta al lomo. Empujó guitarristas e hizo lo mismo con su bajista. Atacó el round final con su camiseta casera, en la que había escrito a mano "puto dinero", rasgándosela por la mitad, con la mirada perdida, buscando por el suelo vidrio que patear, sin que la música pudiera meterle en vereda. Al contrario, porque, de alguna manera, todo esto no era gratuito, si no que parecía ir armonizado con el trío final de afilados puñales con los que terminaron el bolo.  

Encadenaron "Demoledor", que así fue el triple tirabuzón final, con "Enemigos todos", y el que no quiera entenderlo que se aparte, más la ostia final que arrean con ese "Over the top" de Motörhead. Y tan de repente como empezaron, se terminó. 


Aparentemente formales, con la base rítmica escondida en el plano

No era la primera vez que los Escombros visitaban la ciudad. Si no me confundo, estuvieron en El Tubo, aunque creo que en formato trío. 

Empiezo desordenado con un ejemplo de lo que voy a contar luego: abrieron tocando una que está en la maketa, creo. Y a alguien le oí por allí decir que el protagonista de la canción andaba por el local. "El Bolito" puede ser un buen ejemplo de lo que son estos tíos: no paran para afinar, no te van a refinar el oído, se la refanfinflan las moderneces, las sandeces y los impostes. Suenan como parecen que son, de barrio, de pueblo, de barba de tres días, de que no les vengas con milongas, gente con la que compartir tercios, llamarlos por el mote, gente que, a la puta vida, la miran sin miedo directamente a la jeta y no se van a sentar a esperar que Fernando León de Aranoa les haga una película o un documental. 

Esto te puede parecer gratuito y exagerado, pero es que su música, aunque sea de patrón clásico, el rock and roll que nos tragábamos en los bares de serrín en el suelo, va engrasada con todo eso o eso me parece a mí y, si no estás de acuerdo, pues bien. Hay que oír la voz mientras te dejas llevar por la música. Hay que escuchar las letras mientras te desentiendes del resto. Y si no estás de acuerdo, pues lo siento. 

Es más, es que todo eso que he dado como ejemplo es más o menos lo que se oye en ese puto tiro en la diana que es "Que suene rocanrol" (podían haber tocado después los Tipa su "Mundo raro" y hubiera parecido un segundo capítulo). Una canción sin afeites ni ornatos que suena a ostia en la cara a media vuelta, con esa lengua que solo oyes mientras se juega al mus, cuando paseas por la calle sin los cascos puestos, cuando prestas atención a lo que de verdad pasa alrededor. Me acordé mientras la oía en directo de Isora y la niña protagonista en Panza de burro de  Andrea Abreu. Si quieres no la leas, pero si lo haces y te gusta, ni te acuerdes de que te lo dije yo aquí. En directo, cerraron la canción con ese final, mástil para arriba, mástil para abajo, que ejecutan tan serios pero clavándolo. 

Pues es que eso, así sonaron, como lo cantan: "que le den por culo a lo moderno". Los platos suenan a collejas bien dadas. La línea de bajo y el desgarrado alegato en "La calma", que creo que también viene de años atrás. Le dedican una canción a su bar en "Selvajismo", que debería llegarte al alma si creciste en la generación y en la cultura en la que Barrenkalle era como un segundo hogar y a la Polla había que llamarla por teléfono en la Taberna Otxoa. Estos caminan a la contra, como dicen en "Puta mierda", que no sé ya si fue la última que tocaron porque ya no sé cuándo bajaron porque no les dejaban bajar. 

Y es que si hubiera sido por las cuarenta, cincuenta personas que estábamos allí, se hubieran tocado el Hojalata pura entero otra vez. No nos hubiéramos ido de allí hasta conseguir invocar a La Trapera, los Burning, los Cicatriz, rocanrol tocado muy rápido y sin repujar, punk ácido del que se canta en vernácula. 

Sonando rocanrol

Como hace Cansado en Ilustres ignorantes, no me valía con la respuesta que te habría dado si me hubieras preguntado directamente, que de ser, habría sido esta: una noche cojonuda de puto rocanrol. No, yo, igual que Cansado, desarrollo, y no me voy hasta los sumerios de milagro. Todo esto viene a colación, no te creas, que una de las dos bandas de las que he hablado, tuvieron la ingeniosa iluminación de elegir títulos con frases de Faemino y el anteriormente mentado, pero probablemente esta coda sobrase y con repetir la coz verbal del principio del párrafo hubiera valido: una noche cojonuda de puto rocanrol. 


24 de noviembre de 2022

Fiasco Review!!: Ascendente vertical de Huracán Rose

 


Van a buen ritmo estos chicos, firme y recto, con el grijo y las revueltas necesarias para que no resulte todo demasiado limpio y laxo. Pero van a buen ritmo, que desde que sacaron aquel primer Canciones bélicas para días de paz, no han parado y ahora nos vienen con su cuarto trabajo, Ascendente Vertical. Para que quede claro desde el principio, te lo digo aquí y lo pongo en negrita. Hablamos de Huracán Rose 

Aquel primer trabajo, allá por 2017, contenía cinco cortes que ya mostraban las costuras del traje: rock and roll elegante, de canciones macizas, partes vocales viscerales, letras de ambiciones poéticas y buen sonido (teniendo en cuenta que tenía aspiración de maqueta). Un par de años más tarde, sacaron Rara Avis, ahondando en el cuidado gráfico, con nueve cortes nuevos y ganando filo y prestancia. En 2020, se metieron en los estudios de Martín Guevara y le dieron una vuelta a un tema de Rara Avis, "Vértigo", que sacaron en formato single junto a un tema inédito. La verdad es que el resultado fue muy efectivo y las expectativas quedaron altas. Igual por eso miran hacia arriba con este nuevo trabajo que sacan ahora, dos años después, y lo llaman Ascendente vertical. O igual es por otra razón. Casi seguro que es por otra razón. Yo también lo creo, y luego igual lo explico. 

El disco ha sido grabado en South Pole Studios, se lo distribuyen ellos mismos, si no me confundo, y cuenta con el grafismo de Meri Cris Arregui, quien, y espero no equivocarme porque escribo de oídas y eso siempre es peligroso, ya había hecho cosas antes para los Negracalavera. Después de la maqueta, el larga duración Rara Avis y aquel single que sacaron con La Familia Revolución, a este se le llama también LP, lo han sacado en formato cedé, lo van a sacar en vinilo, y viene con diez cortes dentro, bien ordenados, de manera que parece que empieza y termina con sentido. 

Hasta aquí, lo descriptivo, que debería ser lo que realmente te interesara; a partir de aquí, la glosa, lo subjetivo, que debes cogerlo con reparo y ponerlo en tela de juicio. 

Creo, de manera general y puede que resumida, que al disco se le ve mucho trabajo de cuerdas, algo que ya hacían antes, con dos guitarristas que saben jugar al equilibrio y utilizar los contrastes. Hay canciones que se nota, o yo me creo que lo noto, que nacen de un riff. El riff, en muchas, parece el centro gráfico del mapa de la canción. Pero también con el instrumento de las cuatro cuerdas se ha ganado prestancia. Y, sobre todo, protagonismo. No puedo ser tan específico y dejar fuera los otros dos instrumentos, que siguen siendo claves: una batería que sabe ser versátil, a veces hacer el ritmo a rodillo y otras veces tirar de platos para resultar frágil y evocadora; y, por supuesto, la voz, que juega con la elocución de las líneas para darle significación al contenido. Todo esto, insisto, ya lo habían hecho antes. Y lo que veo aquí es que ahora lo hacen con más raíz, con menos afeite, sonando mucho más a como suenan en directo. 

Si escuchas el principio y el final, "Dulce y oxidado" y "La última noche", no te hará falta preguntarle a nadie cómo suena esta banda si vas a verlos por primera vez a ciegas. Suenan así: no han inventado nada, rock and roll del pulido y pujante, que antes hicieron los suecos, los americanos, que se ha hecho universal. Esto que tienes aquí es lo que te vas a encontrar en el directo: riffs compactos, estribillos acentuados, caña en línea recta, un ligero tono épico al que también acompañan las letras, alusivas pero carnosas, y buen trabajo de los coros, donde han ganado bastante. 

En la misma línea andan otras del repertorio, como "Brujas y diablos", aunque más reposada, y usando bien el puente; o "Días de gloria", donde también reducen la velocidad; o en "Virgen de los suicidas", donde parece que a la canción le va creciendo el ritmo de la misma entraña; o incluso "Febrero", que es un puto rodillo, donde se aprecia el esfuerzo al locutar ciertas frases de manera expresiva, en una letra epidérmica, repleta de heridas, fantasmas y todas esas llagas y espectros (simples sinónimos de lo anterior) que emergen cuando jugueteamos con el tiempo. Hay mucho de eso en las composiciones, de ese "vis a vis" del que hablan en "Manual de emergencias", mucho mirarse reflejado en el espejo, trasegado por el tiempo, para enfrentarse a "otro sálvese, otro sálvese quien pueda", pero siempre saliendo a respirar a la superficie, siempre aguantando las ostias de pie, siempre vociferando la resistencia. Probablemente, de ahí venga lo del Ascendente vertical, más que por lo anterior. Como le dice Buster Moon a Eddie, y luego Eddie a Buster Moon, y perdonadme que use referencias de dibujos animados, pero tiene su relación con la música: "You know what's great about hitting rock bottom, there is only one way to go, and that's up!" No hay ese buenismo de incienso y Paulo Coelho en estas letras, pero la esencia del pégame que no me vas a tumbar, si parece que une las letras con los púgiles de la portada. 

Pero, si quieres que sea sincero, que es lo que intento siempre aunque sea a cambio de mostrar mis defectos, a mí me gusta cuando se ponen raros, diferentes, cuando no sabes por dónde te van a salir, cuando el rodillo se desmonta, cuando te montas y no sabes a dónde te llevan. Por eso me sigue gustando 5.04. Por eso me quedo con el vacile y el dinamismo de "Detrás de ti", con otro intenso, pegadizo y largo estribillo marca de la casa, guitarras que ganan en misterio y la colaboración de Iratxe Pérez a las voces, que le da aún más ímpetu y residuo a la letra. Igual que me escucho una y otra vez los primeros treinta segundos de "Fuera de los mapas", que, aunque no se parezca en nada, me recuerda al comienzo del "Waiting Room" de Fugazi, a los Willis Drummond más cautivadores, que te metes en el meollo por la cuerda elástica de la línea de bajo y emociona no saber a dónde te van a llevar. Mola el parón lleno de luz. Igual que me apunto la tensión que recorre "El brillo de tu ausencia", porque, ya que mencionan a Alejandra Pizarnik, parece que, como decía ella en un poema que no recuerdo pero me quedé con esa imagen, van "a mendigar fervor", y en la emoción de intentarlo, a menudo, surgen las mejores canciones. 

Al final de Sing, la película de la que citaba antes un diálogo, todo el mundo es feliz, se aplaude mucho, y solo el ratón Mike queda pendiente de resolución. En este disco, el aplauso queda pendiente, la resolución aún está hirviendo, y del corte uno al último se disfruta el recorrido y el intento. Luego ya, si eso, otro día hablamos de Sing 2 o, mejor, de lo próximo que hagan los Huracán Rose.