Pues eso, que ya te lo he dicho: sábado pasado, Nave 9, Cabrón Dandy y Víctimas Club en concierto, bien apretados allí dentro y el resto ahora te lo cuento.
El primer turno es para Cabrón Dandy. Sacaron disco en el año que acabamos de despedir: Lo inmediato. Y also así fueron. Tocaron, por cierto, canciones nuevas, que explicaron y cuyos títulos nos dio a conocer Luis Vil, vocalista de la banda o, como él mismo dijo, el que estaba "al chapurreo". Habló - lo justo y sin abusos - sobre su música, el merchan, el contenido de las canciones, Donald Trump, Josu Jon Imaz y el berenjenal líquido que se le desparramó por el suelo desde las primeras canciones. Respondió, incluso, al improperio que le soltaron desde el público. Y lo hizo con elegancia: "Ya lo sabemos". He dicho improperio porque el tono indicaba que lo arrojaban de aquella manera, aunque tuviera un matiz de coña cariñosa. En frío y sin contexto, la palabra puede ser inocua. Con exclamaciones y al viento toma otro cariz: "¡Poperos!"
Lo uso de título porque, sin saber quién la vociferó, sí que sé que se vociferó, al menos, dos veces, una para cada banda, y como nexo en común, me queda bien para encabezar la entrada.
Arrancan con "La señal" y han empezado los tres instrumentistas solos, arriba, imponiendo el ritmo y el tono. Pronto, aparece Luis Vil, y coge el espacio en el centro. "Algo turbio" entonan luego, justo después de presentarse y que les azucen con la exclamación del título. El cantante tiene su postura, que consiste en genuflexión de la rodilla izquierda, avanzada y firme, mientras agarra el micro con el cuerpo en ascendente. Las muñecas, las manos, las tiene elásticas, dúctiles, expresivas. Bailan, se contorsionan, a veces apuntan, explican, hacen cuernos, dibujan el marco de una fotografía o matizan lo que anuncia verbalmente. "Vaya desparrame nada más empezar", murmura mientras mira al suelo. Luego, alguien le ayudará a mejorar lo que, explica, se ha convertido en "una pista de patinaje". No se le ve tambalear, sin embargo. Ni cuando cantan "Norma vaticana" ni cuando atacan "Andróginos Z", que aprovecha para ir abriéndose la camisa mientras grita el nombre de la banda.
El sonido es limpio, contundente. Sin estridencias ni potingues, consiguen con ejecución y tensión que el rock and roll permute por las paredes vidriosas del local. La base es firme y simple, y por ahí reptan con cordura la pulsión del bajo y la glosa del guitarrista.
En el lote, incluyen canciones nuevas. Entre ellas, "El estado profundo", en la que hablan de aquellos que toman decisiones desde "más allá del hemiciclo", o "Pasarela", que va la penúltima. Ambas inciden en lo que ya sugieren otras que han grabado en su primer disco y que también tienen espacio en este bolo, incluyendo un par "autobiográfico": "Matar al padre" y "Anacrónicos". También suenan "Adiestramiento encubierto" y "Juez y parte", que parece encontrar mayor reconocimiento entre el público, aunque también puede ser que, simplemente, ese ataque inicial a lo Motörhead no deja víctimas. A los Víctimas Club, dice Luis Vil, "ya les hemos calentado suficiente la silla". Cierran turno con "Lo inmediato", después de una figura muy plástica: de perfil y levantando el pie de micro hacia el techo.
Sin socavones, pero también sin cimas. Cabrón Dandy va haciéndose hueco. Aunque tengan experiencia, el recorrido del grupo está aún tierno. Las nuevas canciones le dan profundidad al repertorio. Se presume el trayecto que puede quedar por delante. Tienen nervio y buen pulso para la ejecución, sin desmadres de quincalla ni ungüentos postizos: crudos, nobles, y, como dicen en el disco, inmediatos.
| Fotografía de Skrainka Fabbiani, Jorge. |
El primer tramo sale casi desfilado. La primera es "Farsantes contra farsantes" pero no la única. Viajan pronto de Judizmendi hasta Lazkao, sin bajar del escenario. Ahí hay temas de su primer disco y del split con Sonic Trash. (Mash-up de enfoques, viva la digresión:) Medio elenco de la banda bilbaína andaba entre el público, y digo que, igual, como cronista, debía decirlo... y puede que también deba incluir el nombre de todas las bandas con representación aquel día, o igual no debería, el caso es que me da pereza, aunque sí que voy a mencionar a los Tiparrakers porque, premio y diploma, estaban todos, y cuando digo todos, es todos, desde el cantante senderista hasta el bajista enólogo, pasando por el batería y también el guitarrista, ambos de Barakaldo, por lo tanto, parte de la representación fabril en el bolo, y añado esto, porque, cuando llegamos, saludamos, y nos preguntó Pela directamente: "¿y qué, de Baraka, cuántos vienen?", pues unos cuantos, incluyendo a los dos que tocan en Tiparrakers. Si no te lo enseñaron en el cole, te lo digo yo, eso que acabas de leer es un circunloquio, lo que quiere decir que no debería haberlo escrito, y además debería repasar la puntuación: lo pongo en cursiva y así parece que no.
Por supuesto, ya te estoy hablando del concierto de Víctimas Club.
Todos están ya arriba, apelotonados en el escenario como los libros en cajas cuando los prohiben en las bibliotecas escolares de Texas. El teclista se sitúa al fondo y el baterista a su lado, ambos desmembrando la quietud y la apatía sin abandonar la trinchera. En la esquina acristalada, se coloca el bajista, abrazando el pluriempleo: toca su instrumento, hace coros, sonríe e interactúa, y hasta pone voz de cuña radiofónica cuando refiere al micro que aquello ha sido un "Producto patrocinado por Eusko Label..." Al otro lado del tablado, un Lenoir más inspirado que nunca, y mira que parece eso difícil. Dos ejemplos. Los más tontos, te pongo. Primero, antes de empezar, mientras se cerciora de que su instrumento funciona, mira abajo hacia el cuerpo de la guitarra y las gafas se le deslizan por la nariz hasta despeñarse por el vacío. Sin embargo, con un rápido gesto repleto de agilidad, las coge al vuelo. Aún mejor, lo que viene luego: automáticamente, disimula, y con un giro de muñeca, se lleva la pata de un extremo a la boca y mordisquea el terminal, como cuando un intelectual con miopía, se quita las gafas para ver de cerca el libro donde busca una cita afortunada de algún filósofo francés. Aquí no ha pasado nada. "Buah", me fascina cuando lo veo y murmuro "¡Toma ya!", pero cuando me giro para compartirlo, todo el mundo está a lo suyo. Segundo ejemplo: fue protagonista de una de las izadas más largas que, al menos yo, he presenciado. Izada, digo, cuando es el guitarrista al que elevan y no deja el riff mientras sobrevuela y le pasean por las alturas. Hasta el punto de que el Pela, que andaba por ahí con su linterna mágica, estrobocopeando al público, tuvo que decirlo: "¡devolvednos al navarro!"
Esto último pasa, seguro que ya lo sabías, con "Cortando encía", que, fíjate, en su día, llegaron a tocarla la primera. Ahora, suele ser el cierre hipnótico e iniciático de todos sus conciertos. Me giro y a mi amigo le digo: "viene, viene". El otro me susurra: "te las sabes todas, cabrón". Dandy, pienso, pero le contesto: "espera, espera". Voy moviendo la cabeza como si estuviera empezando a hervir: "ahora, ahora", insisto, cuando aún ni late, pero se presiente, ese riff vigorizante, magnético. Si volviéramos al siglo dieciocho, en las colonias americanas, los ministros itinerantes podrían cambiar los sermones por esta fuerza extática, y así avivar el fervor de pertenencia. Ciencia, siempre ciencia. Pela, más parco que en otras ocasiones, considera, en un momento dado, que Bilbao se ha convertido en "Bilbao Sintrom City". Unos quinceañeros con las manos en el bolsillo, ven el concierto desde la terraza. No se acercan, dejan un cordón sanitario, como si alguien les hubiera dicho que los bichos que hay dentro son peligrosos. Viejos, igual:
"¿Cuánto tiempo llevamos así?" Pela sonríe a la intemperie. Ni se mueve. Se lleva las manos a los bolsillos. Repite. Se sigue riendo. Dice que sí con la cabeza. Ella, dos filas más adelante, se gira, me busca, me mira, sonríe. Se la devuelvo. Luego cierro los ojos y repito el estribillo a bocinazos desde la laringe. Nunca es solo, pienso ahora, cosa del músico. Siempre hace falta el otro, ¿verdad, Said?: así acaba siendo McGwyer fan de Charles. Si no sabes de que hablo, tampoco te preocupes, que no va a ningún lado, pero la respuesta está aquí: The Ballad of Wallis Island.
Y "¡poperos!" les gritan también, en nuestro espacio común, con nuestra nueva normalidad. "Profesional", "Humillante Speed", confunde a Mikel Erentxun con Iñaki Urdangarín. En la tele, ya no hay peces. Esquiadores con prisa se deslizan por laderas níveas. "Mamashima". Emparedado, hasta hago como que bailo. También esta vez ella se gira y me busca y me sonríe. Nos gusta. La compartimos. "Chicas que" es solo para ella. Quizás es eso lo que quedará un día, cuando ya no valga nada más, girarse entre un pelotón de gente alterada, y compartir una canción con la mirada.
Ah, por cierto, cantaron alguna nueva.
Y, ya lo sabes, el concierto terminó con la encía mutilada.
Luego, nada. Sales ahí fuera, y vuelve el frío. El ruido de tripas que murmura esta ciudad escuece en los oídos. Las líneas de fuga, ahora, tienen que ser otras. Alguien dice: "¿Rasputín?" Y Rasputín fue.
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