| No saqué fotos del bolo. Les pongo a ellos, posando. |
La primera que les oigo es "Una fiesta cualquiera", pero, en realidad, no lo es. No fue una fiesta cualquiera, ni sonó todo el rato el mismo vals, como repiten en esa canción.
Siempre hay alguien que llega tarde a las fiestas, y esta vez fui yo. Por eso, ésta tengo que verla de pie, en un bastidor, junto al acomodador, esperando a que terminen para que me conduzca con la linterna hasta mi asiento. He ido a miles de conciertos, y no se me ocurrió que, en un teatro, son puntuales y hay que llegar un poco antes. Llegar tarde, eso sí, tiene algo bueno: disfruto de esta perspectiva. Mientras estoy ahí de pie, viendo en el mismo plano al público y a los artistas, parece que más que asistir al concierto, me convierto en testigo de toda la experiencia, del hecho en sí mismo. Es raro. No sé explicarme mejor.
El concierto tiene lugar en el fondo del teatro. Ellos, la banda, los dos, están en el proscenio. El telón se recogió. El público, en una oscuridad envolvente, permanece en el foro. Techos altos, cortinones sin fin: la tramoya es el cielo opaco. La gente se sienta en sillas plegables, como sombras sedentes a las que se escucha, levemente, respirar, igual toser. La voz de María Laura trepa por el eco, alumbra más que las luces. La penumbra se ahuma y la solemnidad se resquebraja cuando Alejandro hace una gracia después de que su compañera imite perfectamente el sonido de una trompeta con la espiración en su glotis: "a la trompeta, María Laura". El público se ríe ligeramente pero yo sigo de pie, aún no pertenezco, así que solo tuerzo el morro, con los brazos cruzados, muy formal.
Mientras les aplauden y ellos saludan y lo intentan con el euskera y parece que susurran en lugar de hablar, yo me acomodo donde me indica él: última fila, cerca de los técnicos, perfilados por un flexo, como dos navegantes que exploran la oscuridad desde la bañera de un barco. Tengo que ponerme tieso para ver a los dos cantautores de cintura para abajo. Al fondo, la platea del teatro parece un acantilado en una noche de tormenta. Igual, por eso, lo de los técnicos.
Casi no me ha dado tiempo a sentarme cuando arrancan con la siguiente, que es, precisamente, la canción que me trajo hasta aquí. Una lejana mañana sonó en la radio mientras conducía al trabajo. Poco después, les encontré cantándola al calor de aquella fogata. La canción se ha quedado instalada en mi intimidad. De Lima a mi vida, sin que nadie pudiera anticiparlo. Ayer mismo, subiendo al colegio, le voy cantando a mi hija lo de: "me voy con el alma dormida por una avenida que se apellida igual que mi jefe igual que la herida que me va sangrando desentendida", así, de carrerilla, como una letanía para ahuyentar malos espíritus. Y ella la reconoce. Quizás por eso, lo primero que me sorprende es el tempo, como en allargando, que yo no entiendo de esto, pero, más o menos, así consigo explicarme. La voz se explaya, se luce. El sonido, nítido y envolvente, ayuda a elevarla. La Gretsch de su compañero resuena como una mano sobre la piel. Pienso que se pierde la cumbia, que se gana en apresto. La rabiosa respuesta a la rutina limeña y el eco universal que la macera sigue estando ahí. Yo me quedo, sin embargo, con el calor de aquella hoguera. "Algo tiene que estar mal", por cierto.
Le sigue una nana. Aquí, entra Aurora, su hija de ocho años, que está en primera fila y a quien nos presentan. Cuentan que "Siempre, siempre" es una canción que escribieron para ella y que le cantan por las noches, cuando se acuesta. Sin embargo, dicen que "no es exclusivamente de Aurora" y nos apremian para que cantemos una parte en la que uno le responde al otro. Ella se encarga de una dulce percusión que acolchona las canciones. Lo hace con lo que creo que es un bombo legüero compacto.
"Jaula" y después "Tu risa es mi casa", más reciente. En esta última, María Laura empieza sola. Ahora, toca el teclado. En medio de la canción, vuelve a la invitación: "Para este momento, creo que ya deben habérsela aprendido"... Y la insistencia tiene premio. Se canta.
Por turnos, a veces los dos, se dedican a prologar las canciones. Con la siguiente, empieza a explicarse María Laura: "Tenemos muchas canciones que hablan de la casa. No sé si es porque viajamos mucho". Mientras ella habla, él cambia de guitarra. Abandona la electricidad. Le da tiempo a contarnos que son "migrantes compulsivos". Aprovechan y la que viene se la dedican a una pareja de peruanos que viven aquí y han venido al concierto. "Lugar ideal", a pesar de lo que habla, tiene una raíz dura, aroma a tierra y aire, el brillo intenso del sol en los Andes; además de frases de rango poético que prenden: "Guardarme tu abrazo para llevármelo de abrigo".
Casi sin parecerlo, llega un momento álgido del concierto con "No tiene culpa el río". Lo hace desde el principio y con naturalidad: Aurora interrumpe para anunciar que se le estropeó la cámara de fotos. El padre, con la guitarra colgando, se afana en arreglarla mientras nos explican que su hija es la fotógrafa oficial. Juntos cuentan que viven en Paiporta y que estaban allí aquel 29 de octubre. Quince días antes, se habían comprado una planta baja. María Laura deja que Alejandro lo explique y él no se detiene cuando detalla que fueron a terapia para superar la memoria de aquellos días. Creyeron que "No tiene culpa el río" sería una canción "interna", pero, cuando empezaron a compartirla, se convirtió, más bien, en una canción "comunitaria". Tanto que Greenpeace les propuso grabar un vídeo en la Albufera. Gracias a Aurora, aprendemos que su padre comió moscas; más bien, mosquitos durante una toma nocturna. El padre, con una sonrisa irónica, se lo agradece: "Gracias, mi amor, ahora ya todos saben..." El nervio es más denso y sólido. La canción es tan epidérmica como profunda. El dolor retumba en los acordes. En el recitado, los números crecen, las palabras pesan: "229 muertes no fueron culpa del río".
En un momento de la ejecución, él suelta el mástil. Se acaricia las sienes, se lleva las manos a los ojos, los aprieta, como si estuviera conteniendo una riada de memorias. Vuelve rápido a los trastes, pero, cuando terminan, los dos se quedan como si se hubieran vaciado. Ella deja caer los brazos; él mira al suelo, que no está enfangado, pero casi parece que puede ver, de nuevo, el barro. Se les nota el dolor, aunque quizás ya solo sea eco. Y el esfuerzo que les supone. Tanto que la propia María Laura, terminado, cuando ya se coloca, otra vez, detrás del teclado, vacila un momento, pero se explica: "Se nos hace difícil..." Los puntos suspensivos los mantiene. Nos explica que hay canciones que no te dejan en paz, que tienen que salir: "Hay canciones que simplemente tienen que existir". Y luego vuelve su extensa sonrisa cuando piensa en la que viene: "La siguiente nos hace bien".
Es "Dos hemisferios" y ella, como decía, ha vuelto a las teclas y él a la guitarra eléctrica.
No nos damos cuenta, pero estamos acercándonos al final. Toca turno para "Aparato" que Alejandro cuenta que escribió hace tiempo para hablar de la deshumanización y las redes sociales. Se ríe, porque el ser humano es contradictorio: al mismo tiempo, nos pide que le sigamos en Instagram. Sin aspavientos, casi con ternura, aprovecha para quejarse de que en su profesión no sea todo música, y tenga que hacer también de influencer y diseñador. Dan las gracias a los organizadores y comparten intimidades y risas cuando en la canción se habla de parques y perros. Él tiene una manera de tocar muy plástica: sus dedos aterrizan sobre los trastes. La mano derecha acaricia las cuerdas. Puedes ver la estela del movimiento, el grosor del gesto.
Llega "Agüita del equilibrio" y ella empieza rozándose las manos, como si juntas fueran una cabasa, un sonajero invisible cuyo sonido recoge perfectamente el micrófono. Luego regresa a la percusión. Combina cuero y aro, recreando bombo y plato. Prende el huayno y la cumbia. Es una despedida redonda, que ellos rubrican juntos en el centro, con genuflexión y una sonrisa. La niña se suma para sacarse una foto con el público: "Levanten las manos", nos pide Alejandro, "que parezca que se divirtieron". Y lo hacen.
Al salir, me pierdo. Me encuentro con María Laura que bebe agua, que apacigua su garganta. A Alejandro, que me sonríe, le digo con pudor: "No sé por dónde salir". Me apuntan al pasillo y apurado digo que sí, claro, con la cabeza, apenas murmurando un "gracias por el concierto". Al pasar junto a ella, le digo agur a Aurora. Están los tres de pie en un rincón de bastidores, y, a pesar de todo, parece que juntos acaben de fundar, allí mismo, y por un instante, un hogar, como en casa. En parte, de algo de eso hablan sus canciones.
No lo he dicho en ningún momento, pero supongo que se entendió. He estado todo el rato hablando del concierto de Alejandro y María Laura en el Teatro Barakaldo, este pasado jueves, a eso de las ocho de la tarde, puntuales, no como yo.
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