La plaza de los ojos



Y todos puestos en el escenario. 

La llaman la Plaza del Ojo, aunque, en realidad, se llame Plaza San Luis. Ese ojo que la da nombre estaba allí, mirando hacia la vega, como siempre, pero el viernes se llenó de tantos otros que bien está ponerlo en plural. 

Las fiestas del barrio de Rontegi consiguieron un reputado cartel para una nueva edición del Rock'n'tegi, el festival que se celebra cada viernes de ese fin de semana festivo para el barrio, siempre a mediados de septiembre. Desde Barcelona, llegaban The Capaces, acreditada banda con larga trayectoria, siempre por los pasadizos subterráneos del llamado underground. Acompañándoles, Parabellum, probablemente, la banda del pueblo que más impacto tuvo a nivel nacional durante los años 90, y que, lo sabemos de buena tinta, era uno de los sueños prohibidos de la Comisión desde que comenzaron con el Rock'n'tegi. 

Y se cumplió. 

Y la plaza se petó. 

Y el ojo azul de piedra siguió allí de pie, pero, alrededor de la escultura, se multiplicaron los ojos humanos. 

Ya era abundante la audiencia cuando apareció Martillo con el resto de sus compañeros de banda. Puede que la guitarra de Cleve Carter y el oficio de la cantante atrapen gran parte de la atención, pero The Capaces son una máquina con más engranajes, un todo envolvente que prende y unce. La contundencia de la base rítmica ayuda a estrechar el espacio, a abigarrar la atmósfera. El concierto fue lineal, si lineal lo entiendes como referencia a la intensidad mantenida, a que no bajaron el ímpetu ni un ápice. Desde el comienzo hasta el final retumbaron con el mismo énfasis, redimiendo el espíritu punk que les caracteriza, sonando macizos, sin mostrar talón alguno donde lanzarles la piedra. 

Por mencionar un momento, un detalle que demuestre que estuvimos allí y que no nos estamos inventando esto, hablemos de cuando, mientras arrebataban con "Rocket from My Soul", se voló un pequeño globo naranja hasta el escenario. Marta Fontana intentó explotarlo con sus manos, sin mucho ahínco, para terminar lanzándoselo a su batería, quien, sin inmutarse, siguiendo el ritmo, lo reventó de un baquetazo que iba dirigido a su plato. 

Saludaron en catalán y asolaron la plaza con un volumen muy alto y una resolución arrolladora. A veces cerca del hardcore, siempre rondando el punk, con un toque soul a lo Bellrays, cerca del high energy, parecidos a sus vecinos Deadyard y a los madrileños Muletrain, y los nombres no sirven de mucho, son reversibles, porque si algún día escribo de estos, lo diré al revés. 

En el intervalo, la gente no se movió, como mucho, para ir a los baños portátiles o acercarse a la barra. O darse la vuelta e iniciar palique con quien estuviera cerca. No sé si era expectación, pero espectadores había, y tenían ganas de que empezara la segunda parte. 

Y el segundo pase le correspondía a Parabellum. La media de edad y la selección de camisetas para el evento hacían presagiar los coros que se oirían por la platea de la plaza. No hacía falta llegar a la primera línea para cantar "le llamaban Johnny el Guapo y era feliz" porque ya había gente haciéndolo desde el primer acorde del riff. Fue así. La esquina de la txozna parecía la entrada a Macondo Park, con toda la gente de puntillas o levantando la barbilla para poder ver bien a los cinco del escenario. 

Pocos allí, calculo, los estarían viendo por primera vez. Aunque siguen en activo, y por lo tanto es fácil que los veas tocando ahora, lo que se veía alrededor era gente que probablemente los vio ya cuando Josu se sentaba a la batera o Lera aún estaba con nosotros, o más, cuando sonaba su música en el Santiesteban y hacían bolos en La Katrena. Todo ese tiempo ha pasado y ahí siguen. Ahora, el frente lo toma Josu Korkostegi, sigue a su vera Lino Prieto, en las esquinas están Pedro de la Osa e Iñaki Setién, ahí es nada, y, en esta ocasión, le tocó aporrear los parches a Miryam Álvaro, de Chulería, joder!

El repertorio fue el esperado e inevitable, con un surtido amplio de canciones que, a muchos, les valieron para activar el hipocampo y viajar en el tiempo y sentirnos de nuevo jóvenes o cafres o lo que fuera que fuimos y ya no somos. No recuerdo el orden, pero las canciones que te podría listar son las que esperarías, de "Kuerpo a kuerpo" a "Nos engañan", de "Imaginas" a "Mira ¿ke no lo ves?", de la maqueta hasta El grito del hambre, su trabajo más reciente. 

Dijeron que no hacían bises ni tocaban "La nieve". Y mintieron. El sonido acompañó, sobre todo en medios tiempos como "Demonios en el jardín", cuando se notan más las costuras. Las guitarras de Iñaki Setién y Pedro de la Osa, que se cruzaron en alguna ocasión, fueron versátiles y finas. Hubo momento para ofrecer un alegato a favor de la sanidad pública y terminaron bajo el aplauso extendido de los que se habían reunido en aquel balcón nocturno, muchos ojos que acompañaron al único, el que siempre está. 

Se cerró, así, una nueva edición del Rock'n'tegi, y ya llevan unas cuantas. Durante todas las fiestas, además, se multiplicó la oferta, con conciertos antes y después del viernes del festival, en otros rincones del barrio, más allá del ojo y su plaza, que, seguro, el año que viene, vuelve a ver cómo le rodean tocayos humanos. 

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