2026 ha sido testigo de la publicación de Alístate, nuevo disco de Diskonformes.
Nacidos, como banda, tres años antes. Su primer trabajo, Legado eterno, se retrotrae en el tiempo solo un año con respecto a este último. Han pasado de las referencias funerarias, a las bélicas; de una muerte consumada, por decirlo así, a la consecución.
En la línea de los referentes que ya confesaron con su primer trabajo, dígase Eskorbuto y Subversión X - Jabi Arroyo colabora en una de las canciones - pero con matices más rockanroleros, vetas que complican el pliego, este nuevo trabajo lo han grabado en Silver Recordings. La violencia y sus consecuencias, sobre todo institucionalizada y con uniforme, caracteriza el fondo del disco, tanto en lo lírico como en lo gráfico. En la portada, ya ves granadas, metralletas, llamas, alambradas y cadáveres. Hasta el hongo nuclear. Los campos semánticos de las letras lo dejan claro: condenas, calaveras, cuchillos, zombies, guerra, sangre, balas, locura, infierno... Conjugados o sin conjugar, predominan verbos como exterminar, matar, morir, devorar, destruir... Demente y demencia es una palabra muy usada. Todo, me imagino, refleja una sensación anímica, la manera en la que Diskonformes absorbe todo lo que está pasando por el mundo en la actualidad.
De la que comparte título con el disco, "Alístate", hicieron un video donde salen por el monte, evocando el contenido de la letra en un nido de ametralladora, junto a un Krupp que pasa de ellos. Resuena el coro repetido como una ráfaga y destaca un puente dislocado y algo delirante. Otras doce canciones completan el repertorio. En algunas destacan las líneas de bajo - como, por ejemplo, en "Decantación sangüínea" y en otras la pulsión rítmica, como en "Destruye la paz", una de las canciones más acertadas, con partes descarnadas, un matiz irónico y una voz desatada. La voz, durante todo el disco, es casi como oleaginosa, vehemente, muy expresiva. También destaca, por lo menos bajo nuestro criterio, una "La contraorden" con aire casi de himno, de esos himnos de taberna con serrín en el suelo, no los que hablan de barras y estrellas.
La batería marca el camino, los estribillos se corean y hasta se conversan, el bajo alicata los versos y otras veces divaga con criterio por el fondo. La guitarra no abrasa con punteos. Algunas canciones empiezan aceleradas y las partes vocales aparecen como si estuvieran poseídas. Los coros, siempre fundamentales, a veces, hasta se solapan con la voz principal, como en una rockanrolera "Ya está aquí". Tienen tiempo para hablar de amor, ya sea de ultratumba - como "El eco de mis huesos" - o de cuando no funciona: "Tengo un cuadro tuyo en la pared". A veces, suben la intensidad, como en "De nada sirve" o "Tu ceremonia final"; o bajan una velocidad, como en "Mata o muere", más oscura en las tonalidades. Esos intervalos inquietantes que entreveran, que no se ve venir, puede ser un buen camino a explorar en el futuro. El estribillo es pura metralla. Para cerrar, vuelven a las melodías con sabor a epinicio: "Vivir al rojo más vivo", con estribillo de líneas largas y buen pulso para cerrar la colección.
Ya hablaban de legado en su primer trabajo, y las vetas del pasado se ven por ahí, pero tienen una identidad propia, propia de sus tiempos, que les hace inmediatos y sugerentes. Dentro del género, hay promesa aquí tanto como ya son realidad. Y si no estás conforme con lo que te digo, mejor.
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