| Como cada verano, la fotografía, el arte de Arbe Fotogintza |
Justo hoy, por fin, he limpiado las zapatillas. Las tenía blancas. Y son negras. Parecía que había estado jugando al corre que te pillo por una cantera de Macael. Ha pasado más de una semana. Las dejé ahí abandonadas, en el balcón. Hasta hoy no me ha dado por descaparlas.
Se pusieron así en Guriezo, por la piedra suelta del recinto en el que tuvo lugar el concierto de Seguridad Social. Todos los veranos por las fiestas de las Nieves desde hace tres años aparecemos por ahí, igual ya lo sabías si viniste por aquí antes. El año pasado fue Azúcar Moreno, el anterior Coyote Dax, y esta vez tocaba volver a los 90.
La gente se esparce por la campa. Hay cuadrillas y familias y disfraces y camisetas de fiestas. Hay casetas donde huele a panceta en la parrilla y rula la cerveza fresca en la barra. Hay un futbolín que se traga mis últimos euros sueltos. Los niños juegan con las piedras que luego blanquearán las zapatillas. Música de feria, muchas voces, y una oscuridad al fondo, donde empieza el bosque, que se usa para ir a mear o para que los adolescentes aburridos sigan jugando al fútbol a tientas porque vamos acercándonos ya a la medianoche. Fiestas de las Nieves, en el Puente de Guriezo, principios de agosto y hemos vuelto a acercarnos en cuadrilla por el poder de la nostalgia y una noche fuera de la pedanía.
Que empieza, grita Bode, cuando se aprecia ese murmullo eléctrico que abre un espectáculo. La música de fondo que lo anuncia es reconocible: el "Twisted Nerve" de Bernard Herrmann que allí el que la reconoce lo hace, obviamente, gracias a Quentin Tarantino. Con ese famoso silbido, salen los cuatro componentes de Seguridad Social. El guitarrista se coloca en la esquina de nuestra derecha, el bajista a la izquierda, el batería en la retaguardia y, al frente, un José Manuel Casañ que viste algo parecido a una levita, sombrero de copa que luego cambiará por una especie de gorra de plato militar y bastón de mando, todo más o menos en negro engalanado, a medio camino entre la estética de una banda de moteros y el líder de una milicia en una novela de más steampunk.
Antes incluso de saludar, se lanzan a la zanja y a cavar.
El primer tramo es definitivo y asienta los cimientos. Pasan de "La camisa de once varas" a "Mi rumba tarumba" para terminar con "Pasión". La gente ya baila desde el comienzo o mira observadora hacia el escenario o tararean con ganas y alegría. Casañ cambia el bastón de mando por percusión ligera y poco después pierde la chistera, pero no las gafas de sol, que aguantan un poco más. No hay descanso mientras encadenan "Desafinado", "Acuarela" y "Me siento bien". Con esta docena, ya han presentado los matices que siempre les definieron: la rumba, el pop-rock y ese deje reggae. Entre la gente que tengo alrededor, el comentario que más se escucha es "¡Ay, ésta también me suena!"
No es la primera vez que interactúan o que Casañ se dirige al público, pero antes de "Calavera", como hará luego con "Comerranas", se explaya: "Bueno, bueno, estamos discutiendo y es lo que dijo San Andrés y es que el otro día se me apareció San Andrés y sabéis lo que me dijo, que el que de lejos parece un burro burro es". Le seguirán "Quiero tener tu presencia" y "A tontas y a locas", con distintas tonalidades, pero igual ministerio para alentar la memoria, que la gente continúa los versos e implora los estribillos.
La bruma blanca del pedregal que pisamos va levantándose como una nube espesa que levita hasta la rodilla. Algunos niños, maniatados por su tiempo vital, empiezan a aburrirse, y juegan a apilar las piedras más grandes, a escaparse entre la gente, a imaginarse cosas que no puedo repetir. Pero muchos padres les reclamarán, para sacarles las vergüenzas, cuando Casañ anuncia que llega la primera "marcianada de la noche". Es el "Achilipú" de Las Grecas. Las madres agarran la manzana que no existe o insisten en coger por las muñecas a sus hijos que reniegan.
El set está medido y los ritmos controlados. Son muchos años de oficio y todo rueda como el transcontinental de costa a costa. Ahora, llega "Un, dos, tres, mueve los pies" y luego "El ritmo del corazón". En la segunda, hasta les escuchamos cierta melodía punk-pop. Esto es antes de que la gente salte con "Acción" y más aún con la segunda "marcianada de la noche", aunque no vuelven a usar la etiqueta, porque llega otra versión, y esta lleva la referencia en el mismo título: "Salta" de Tequila.
Y fíjate que, sin comerlo - cayó, en su lugar, uno de panceta y bacon - ni beberlo - sí, cerveza fresca para trasegarlo -, llegamos al final y ya estamos esperando el bis. Que hay, porque salen, rápido, diciendo que tenían "claro" que iban a volver. Y, ¿quién no?, si falta lo que falta.
Sin embargo, la primera del añadido es una que pertenece a uno de sus discos más recientes, de allá por el 2005, y se titula "Bienvenidos a la máquina gurú". Deja un poco frío a la gente, que quizás esperaba ya la mascletá, que acabará por llegar, incluso antes del solo del batería. Se intuye cuando Casañ comienza una historia entre el folclore de su tierra y una alegoría fantástica, hablando sobre acequias de Benetúser y un bicho verde que supuestamente le habló "telepáticamente". Es, por supuesto, el anticipo de "Comerranas", canción que más que empezar, explota, y veo la cabeza de Bode que aparece como si estuviera saltando en un parque de bolas, y Egoitz casi arranca un pogo, e Isa y María se azuzan con los codos. En realidad, todo el mundo parece que ha pisado agua hirviendo. Pero no es una canción, es un pupurrí, y después de hacer algo así como invocar a Elvis Presley, Aretha Franklin, Peret y Chuck Norris, o eso entiendo yo, cosen al lote su "Reggae Conexion" y aquella "Mi almohada está preñada" que ya estaba en su maqueta de 1982, si no me confundo. Terminan la mezcla volviendo al "Comerranas" para cerrar.
La siguiente del bis también la introducen con explicación. Habla de Peret y de La encrucijada, aquel proyecto de cómic-álbum que hicieron con Paco Roca. La catalogan como "una rumbita de las nuestras, muy tranquilita" y se trata del "El amor te hace gilipollas". Para cantarla, piden la colaboración de un público al que segrega por sexo. Y a las 00:00, que miré el reloj y me quedé con la coincidencia, Casañ se sitúa en el centro, lanza los brazos al cielo, mira más allá de la ermita de Las Nieves, hasta el eclipse pendiente al que aún le faltaban unos días para llegar, y se produce la explosión final: "Chiquilla".
Camino de la despedida definitiva, Casañ deja una frase muy efusiva: "Hemorragia interna de placer con varias trayectorias, va por ustedes, muchas gracias". Para el colofón, eligen versión, esta vez, del "Un beso y una flor" de Nino Bravo. Eso sí, con toque reggae que descoloca a alguna y alguno. Con el mismo oficio y pulcritud que en otros momentos entrenados del concierto, encajan durante la ejecución, la presentación de la banda, con cada componente luciendo virtuosismo y dejando para el final a la audiencia misma: "¡y a los coros, Guriezo!" El público, y por ahí andamos nosotros, termina la canción a capela.
Abrazos y despedida en el centro del escenario. Si se presentaron silbando, para irse, eligen a los Ramones con su versión del "What A Wonderful World". Un concierto más que decente, donde la nostalgia no superó el buen oficio de la banda, el sonido claro y eficiente, y la garra que aún guardan en voz e instrumentación. La mezcla de rumba, rock, pop, reggae y un poquito de punk les sigue identificando y lo reivindican con potencia y convencimiento. Eso, más o menos, decidimos allí entre todos, que nadie nos preguntó, pero a esa conclusión llegamos.
La campa no se desalojó porque aún había razones para divertirse por allí. Nosotros, sin embargo, nos fuimos retirando, con el "por la mañana yo me levanto" y toda la mandanga consumida en la garganta y el hipotalamo. De hecho, dura aún más que el polvo en mis zapatillas. Además, por mucho que frotes, no se quita. Llevo toda la semana poniéndome a tope a los Spitfires, y a Siniestro, y a los Sumisión, y a Sharp Pins, y a The Damned, y a Dead Moon, y a Kiwanuka y a la madre que lo parió pero todas las mañanas... piropopopopopó. Y es el verano de 2026.
Lo viste sentado en una silla pero eres una puta máquina, crónica dedicada única y exclusivamente al electricista de El Calero.
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