Hasta allí no llega Jolín...

Todas las imágenes son de Jorge Skrainka. 


... pero fue un montón de gente, gente de la capital incluso y hasta de más lejos. 

Ídolos del Extrarradio y Los Paniks abrían el último día de fiestas patronales con un bolo en la calle, organizado por algunos bares de la zona, zona que se llama Bagatza. En el callejón de Gabriel Aresti, junto a la esquina del Metropol, la música en directo - sin escenario, a ras de suelo - atrajo a curiosos y habituales que acabaron por llenar el rincón. 




Ya estaban en danza cuando llegamos, que se supone que llegábamos tarde. David Maha, con el bajo en ristre, espera resignado y serenamente. Tardan, sin embargo, en estar los cuatro y probar sonido con su versión de Reigning Sound. Cuando lo dan por bueno, prometen que vuelven en cinco minutos que serán en realidad diez. Se pone Rioja en el medio, sin miedo, con Zala a la guitarra y Patxi a las baquetas un tanto hundidos por el fondo. Tiene a Alberto Aterkings en los teclados, sentado en un costado, cerca del bajista, mientras que al otro se sitúa un saxofonista más comedido que en anteriores ocasiones.

El arranque es ya un clásico, tan habitual que puede servir como orientación si te pierdes en el bosque de la música moderna: primero "Jony" y luego "Shot Gun Blast". En ese primer tramo, suena repentina "Avispa" y más intensa "Maribel", que arranca Rioja dándonos la espalda, como aplaudiéndole a Patxeko el esfuerzo con las cajas. Zala, al final de la canción, pegará las rodillas, para bajar su guitarra y abismar el acorde. 

Por el tramo central, mantienen ese momento inescrutable, rentable para el ensimismamiento y la levitación, que inaugura "She's My Witch". Ahí, Rioja parece dispuesto a masticar la malla de metal del diafragma. En este intervalo, por supuesto, incluyen también "Blue Moon" y "We Were 7", ambas bien atadas, como la soga al cuello de un condenado a la horca en la mediatarde de Tombstone. Y es que es también su periplo wéstern. En la primera, parecen salir al galope y hasta Rioja grita un yeehaw. Ya por el final de esta canción, la guitarra de Zala suena como una campana en la humilde iglesia de una aldea de frontera. Todo se aloca - entre gritos de aleluya - con ese tiroteo final en el que se convierte "We Were 7". 



Esta intensidad se rebaja luego pero sigue el fuego vivo con "Black Music Voodoo" o el triunvirato de las tres grandes versiones: el "Drowning" de Reigning Sound y las dos que adaptan al castellano, tanto "Sobre mi tumba" de Dead Moon como "Coge ese tren" de los Oblivians. Por supuesto, el final no puede ser otro que un nuevo paseo por el Oeste con "Alvarez Kelly", que hacen, esta vez, más corto y urgente. 

No, no sorprenden. Porque se mantienen. Porque me atrevo a decir que nunca defraudan, aunque toquen en zapatillas y hasta en pantalón corto. No les tiembla el pulso. Sigue funcionando un repertorio que nos sabemos tan de memoria que empiezo a pensar que lo que más nos gusta es que en Los Paniks te reconoces, te encuentras, es como volver a casa, como si aún pudieras seguir siendo aquel que crees que fuiste. 




Casi inédito, por el contrario, era lo que venía luego: Ídolos del Extrarradio. No sé si han vuelto luego a la ciudad, pero yo aún les recuerdo de aquel día, hace ya como siete años, en un El Tubo que aún añoramos. Cincuenta personas apretadas en aquellos cuarenta metros cuadrados para disfrutar, sobre todo, de Discurso Caníbal, el disco que estrenaban por entonces. Creo que lo conté en aquella crónica y aún lo recuerdo ahora: llegué a cerrar los ojos en algún momento, como para inmiscuirme dentro, porque el punk de esta peña tiene vericuetos, caminos tan torcidos que es una aventura transitar sus canciones.

"Discurso caníbal", precisamente, la tocan en Bagatza. Ese riff que engatusa y la locura final, con Álex Pis golpeándose el cráneo. El setlist es mucho más largo, por supuesto, y lo mismo hablan de "María Magdalena" que del país que de incendiar lugares, pero yo voy a ser más hosco y reducirlo a poco, por no estropearle el recuerdo a los que fueron: menciono la intensidad condensada en minuto y medio de "Algo soviético" o la poesía dolorosa de "Ojitos de caracola" o esa "Sangre de obrero" que se va más lejos en el tiempo de lo que rememoran sus dos últimos discos y que presentaron con mención a que era 18 de julio, claro, y este día sale en las enciclopedias por distintas razones. 



Todo fue así: en un párrafo. El concierto se hizo corto. Salieron, tardaron poco en arrancar, lo hicieron a degüello y terminaron bajo una tormenta de intensidad. El bajista, excelso en las partes vocales, rodeaba el pie de micro como buscando horadar los baldosines. En otras ocasiones, miraba al infinito, al cielo, pero no sé lo que veía. No corrieron. No parecían tener prisa: se vacilaron entre ellos, interactuaron con el público, se les vio cómodos. Simplemente, sus canciones tienen pendientes, y escalan, y se hunden, funden, retuercen e implosionan, pero no les sobra nada, no hace falta rebarbarlas. 

Y a todo esto, conviene decir, que el espacio funcionó. Ese rincón metropolitano, como un riñón que le sale a la calle Gabriel Aresti, sirvió de madriguera. Fue una tarde perfecta para cerrar las fiestas sin hacer lo mismo de siempre. Por supuesto, lo dije al principio, Jolín ni se asomó. Probablemente, ni se enteró del bolo. Yo creo, ahora que lo pienso, que de gustarle a alguno, igual le gusta más el punk-rock a Deabru, ¿no? Estoy siendo simplista, además de un gilipollas, ¿verdad? Caer en el cliché es caer mullido. Todo esto por no saber cómo parar. Pues voy a parar aquí mismo, sin más, que si no me voy a poner a imaginar un duelo al sol entre Deabru y Jolín, con el "Hurt Me" de fondo. 

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