| Foto de Isa Karrask |
Al día siguiente, me encuentro con un vecino, al que saludé de lejos en el concierto. "¿Te gustó el bolo ayer o qué?", me pregunta, abandonando el corro de amigos. Yo estoy a punto de entrar en algún bar. Es mediodía y aún hay resaca. Le digo que sí con la cabeza, sin ganas. Él sí quiere conversar: "Los habrás visto más veces, claro". Y le digo que no. "La primera", murmuro. Su mujer, que lleva al bebé de ambos en brazos, le reclama. Él busca algo en la panera del cochecito. Le da tiempo a decirme: "Yo, quince o dieciséis veces".
A la tarde, cuando vamos camino del callejón de Gabriel Aresti - "Defenderé la casa de mi padre / Perderé los ganados, / los huertos, los pinares, / los intereses, las rentas y los dividendos, / pero defenderé la casa de mi padre", ahí tienes, Skrainka. Me preguntaste que quién era Aresti, pues el que escribió eso - para ver otro bolo, E me llama por teléfono, a ver dónde estamos: "estamos de camino, ahora llegamos". Él y M están ya sentados fuera del bar El Ahorro.
El día antes, fuimos a ver a León Benavente, finalmente, por ellos. Ellos han visto muchos conciertos donde somos nosotros los que elegimos. En Santurtzi, ayer, fue al revés. Como se encargó I de insistir, nuestra presencia en primera fila, bajo la lluvia, era "un acto de amor y amistad". Al día siguiente, nos lo devuelven. Mientras tocan Los Paniks, miro a la derecha y me encuentro con el vecino de las quince o dieciséis veces. A E, que le tengo al lado, le susurro: "ése me dijo esta mañana que ha visto a León Benavente quince o dieciséis veces". E, serio, afirma, pero no dice nada. Un par de minutos más tarde, me pega con el codo: "Le gano".
Nosotros, una. Esto es: Finalmente, León Benavente.
Todo empezó en 2012, ¿no? Lo miro en el google por si acaso. Yo me quedé en el 2, más o menos. De vez en cuando, pinchaba "Ser Brigada" o "Ánimo, valiente", y poco más. Mi canción favorita es y fue la misma. E me dijo que normalmente no la tocan y que no la iban a tocar. La tocaron, y, afortunadamente, llegó a superar las expectativas. Luego digo cuál es, por supuesto. Ahora, empiezo contando esto porque, aquí, solemos intentar que las crónicas sean descriptivas y objetivas, con pocos enjuiciamientos de valor, manteniendo a raya el sesgo subjetivo, que, por supuesto, siempre emerge, siempre determina. Y, en esta ocasión, lo mismo. Te lo puedo resumir así: a mí me gustó todo lo que tocaron cuando Luis Rodríguez coge la guitarra. Los cambios de instrumentos fueron innumerables: Boba tocó farfisa, sintetizadores, bongos, y hasta la batería de César Verdú, de pie, y por el frente. Luis Rodríguez, como ya he dicho, combinó bajo y guitarra y cuando agarraba la guitarra, Eduardo Baos pillaba el bajo y dejaba los teclados. También Martí Perarnau IV, el último en llegar, combinó teclados, guitarra, coros y baile. No es casualidad - se puede analizar - que siempre que Rodríguez sumaba dos cuerdas, la canción caía en la categoría de nuestras preferidas. Ése es nuestro sesgo, y conviene que lo sepas desde el principio.
En cualquier caso, estuvimos ahí todo el rato: en primera fila, bajo la lluvia, a la espalda de un E que disfrutó como un niño en una piscina de bolas, saltando con los índices al aire, girándose para cantarle las estrofas en la cara a M. Costó algo al comienzo, donde "Úsame/Tírame", "A la moda" y "Nada" presentaban su identidad más actual, con la electrónica reverberando por la explanada. Abraham Boba dejaba orear su chaqueta al aire de un ventilador y César Verdú, con la batería de costado, le pegaba fino y acertado en la esquina. Martí Perarnau IV conducía la nave desde su puesto de mando. Más comedidos en este compás, Luis Rodríguez, con camiseta de Iron Maiden bajo su chaqueta vaquera, se mantenía cerca del teclista. El frontis era para un Boba que nunca aminora. El escenario es su ágora y las canciones su lengua.
Después de "Amo" y "Como la piedra que flota", que vemos desde el dorsal de Zamakona, de regreso del avituallamiento, llega "Ánimo, valiente" y seguida "La ribera". Por ahí, ya botamos hasta nosotros y coreamos alguna línea. "Gerry", que Boba se encarga de enfatizar en la ejecución, no ayuda con su intensidad, pero es la antesala del momento que destacábamos antes, al principio de este texto.
La primera sirena ya anuncia que llega. Le digo a E, "¿ves?", sin añadir, "y tú decías que no", pero como si lo hiciera. Incluida en el repertorio, "Habitación 615", mi favorita. Sí, como a todos, supongo, lo que siempre me llamó la atención de la canción es su poder diegético, así como esa metaliteratura que practican en más canciones. En directo, sin embargo, gana la fuerza y la tesitura. La música mantiene una tensión in crescendo que ellos saben reventar con vigor. Hasta I dice que sí con la cabeza. "California", seguida, es casi un epílogo de energía que se expande en un baile ardoroso cuando la sigue "Baile existencialista".
Para entonces, la progresión ya es imparable. La lluvia no ha desaparecido y la sudada de Boba se tatúa en la espalda de su chaqueta, que aún no se quita. Cuando se arrima al ventilador, el bajo vuela como si fuera uno de esos artistas que hacen las estatuas vivientes de empresarios. "Mítico", "Su verso" y "Tipo D" mantienen el grueso de un momento álgido que parece dilatarse hasta el infinito. Quizás la imagen que lo simboliza es la de Boba de pie junto al bombo, tocando con baquetas los platos de su batería mientras éste se explaya con las cajas. Todo esto pasa en "Qué cruel".
Ya estamos llegando a un final que será culminado sin bis. Tras "La aventura" y "Ser brigadista", que, por supuesto, se vocifera, llegan "En el festín" - y pienso que hace tiempo que no veía en directo una canción sin guitarras - y una "Gloria" que Boba ataja sin chaqueta. Ya se había asomado antes al abismo, pero en "Ayer salí", el postín final, se lanza al mismo, baja al público, se pierde en la espesura, aparece a nuestro lado escoltado y sin prisa, ensimismado en la canción y la ruta. Cuando sube arriba, se despiden. Ya suena, en el equipo, el "Loser" de Beck, cuando la gente se dispersa y alguno aún baila como si fuera por inercia.
La lluvia ha parado pero el remojón permanece. La humedad es mitad agua y mitad música. E aún mantiene la electricidad y pregunta qué tal. Hablamos del concierto sin intentar estropear la experiencia. Él ya lleva más de quince o dieciséis, pero para nosotros fue la primera.
Nuestro regreso al indie electrónico fue apoteósico, podríamos decir. En parte, gracias a unos músicos con pericia y oficio que actúan con la actitud de una banda de rock. Dicho así, no suena muy divertido, como un cuadro de Saturno devorando a sus hijos en una habitación de hotel, pero lo es. Lo fue. Fue, finalmente, León Benavente.
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