Middle-aged Fanclub



Seguro que el chiste del título ya se ha hecho antes. Yo también me canso de estar siempre hablando de cómo pasa el tiempo. Ya no somos aquellos ni esto son los 90, cierto. No te lo tomes tan a pecho ni te creas tan especial, le pasó a todo el mundo antes. 

Vimos este domingo a Teenage Fanclub. No era la primera vez. No sé si será la última. Te diría que espero que no. 

Cuando llegamos, la cosa estaba de postal: el fondo iluminado, con Euros Childs en el centro, sentado detrás de su teclado, recién terminado un tema, explicando algo. Le recortaban todas las cabezas sombreadas, formando una cordillera de penumbra; como en esas imágenes de creative commons que buscas en el google para decorar el fondo de tu blog - y, sí, estoy hablando de mí mismo. Lo que quería decir es esto: llegábamos tarde y ya estaba petado el Antzoki. 

Buscamos un rincón cerca de la barra. "Qué alta es la gente", murmura I, y nos tenemos que poner de puntillas para ver algo. Dice que ve huecos, que luego los buscamos, pero cuando volvamos, en el descanso, pensando que se puede aprovechar que la gente se habrá movido para ir al baño o pedir algo de beber, nos encontramos con que los huecos no existían y que nadie se ha movido. 

En cualquier caso, no vayamos tan rápido, lo que vemos, aunque estirando el cuello, es al ex Gorky's Zygotic Mynci Euros Childs cantando con mucho volumen y buen sonido, deslizándose por las teclas, declamando con afán performativo. Recibe aplausos y alguno de esos típicos gritos británicos - autóctonos aunque turistas, entiendo - que no sabes si imitan a William Wallace, o es que no pillas el acento, o es que estás en una berrea y no en un concierto. Reconocemos "Happy Coma" porque es fácil y porque investigamos un poco antes. No vemos el concierto entero. Le vemos, eso sí, terminar bien arriba y efusivo una canción que cierra con los codos sobre las teclas.

El galés Childs también está en la nueva formación de los Teenage Fanclub. La batería se escora a nuestra derecha, precisamente, para dejarle sitio. El fondo, ahora, también se cierra con su podium, donde se sentará a los teclados, participando también en los juegos armónicos que caracterizan a los escoceses. Delante de él, en la esquina derecha - para ellos - se coloca Raymond McGinley. Él y Norman Blake son lo que queda de la banda original. Bueno, creo que Francis McDonald, en la batería, también estaba en 1989, pero luego se fue y volvió. El bajista - lo sabe todo el mundo, me imagino - ya no es Gerard Love. En su lugar, lleva unos años Dave McGowan, que dobla turno en Belle & Sebastian. 

Con esta formación, salen puntuales al escenario del Kafe Antzokia, según mi reloj, a las 20:59 exactamente.  

El repertorio sigue un orden firme, que permite combinar periodos y tempos y diferentes tonalidades, eso sí, manteniendo siempre en vilo al personal, que espera con curiosidad cuál será la siguiente, para ver si es la que ellos quieren que toquen. Tras tantos años de carrera, parece que todo el mundo tiene una petición. Así, I se lamenta de que ya no canten "Your Love Is the Place Where I Come From", mientras otro, al fondo, pide "Mellow Doubt" aunque le cuesta pronunciarlo. Uno que tengo cerca creo que pide a gritos "Get Funky", fíjate tú, y un amigo suyo pide una que al final le tocarán y cuando lo hacen, parece no enterarse. Puestos, a mí me gustaría que tocaran "Radio" pero también que volviera a ser 1993 y la cantara un Gerard Love con 33 años menos. No va a ser el caso y no lo fue. No tocaron ninguna de esas, pero tocaron muchas, y ordenadas de tal manera que Norman Blake tenía que cambiar de guitarra prácticamente después de cada canción. 

Yo, aquí, las voy a ordenar de otra manera. Más aburrida, probablemente. De su último trabajo - que ha salido a la calle este mismo año - cayeron varias, como una celebrada "Tomorrow People". También "Over and Over" o "Day in the Sun". En todas ellas, se encuentra, por supuesto, lo que les ha ido definiendo, pero también destaca la aportación de Childs en la ejecución de estas nuevas canciones, con algunas partes de teclado que incluso - al menos, nosotros nos miramos cuando ocurre - podríamos definir como barrocas. 

La conexión entre lo nuevo y lo de antes se da en el breve pero intenso set acústico que comparten la ya mencionada "Over and Over" y "What You Do to Me" (1991), que es uno de los primeros fuegos que enciende al público. Antes, eso sí, el respetable ya se han animado con la pegadiza "It's All in My Mind" (2005), y es escribirlo y no puedo evitar cantar esas palabras, aunque sea mentalmente. 

El viaje hacia atrás será más intenso y recorrerán los noventa y aquellos discos cuyos títulos recordamos muchos, porque los pelamos de tanto pasarle la mano por encima: el Bandwagonesque o el Grand Prix. De todos ellos habrá muestra, especialmente del primero. A distintas alturas del concierto, llegarán, por ejemplo, "About You" - qué sería de aquel robot rojo - "Alcoholiday", "Metal Baby" o "The Concept". También Songs from Northern Britain, ya acercándonos al euro y al efecto 2000, tendrá representación con "I Don't Want Control of You" o una "It's a Bad World" que cantan al final y donde se ve a la banda disfrutar, incluso sonreír cuando la terminan. Del siglo XXI - porque sí, tú igual te despistaste, pero han seguido produciendo - llegarán una curiosa "My Uptight Life" - aunque sea solo por un estribillo cuya candidez a mí me sorprende - o "Everything Is Falling Apart" o tres de su disco anterior - anterior al que acaban de estrenar este año, como ya hemos comentado - "Falling into the Sun", "Foreign Land" y "Tired of Being Alone" con la que abrieron. 

Todas ellas, sean de la época que sean, incidieron en ese ejercicio de power pop melódico, con melodías embaucadoras y muchos pliegues armónicos, que les ha caracterizado desde hace décadas. Puede que la velocidad haya caído, que la energía se haya transformado en pasiones más sosegadas, pero la belleza se mantiene intacta, e incluso, a veces, la dilatan hasta la sublimación. 

Por lo demás, todo parecía estar en su sitio. La gente colgaba sus chamarras de los ganchos y posaba los vidrios en la repisa de metal. A Norman Blake no le daba calor el jersey. Agradeció que le hubieran invitado otra vez a un lugar que calificó de magnífico y donde recordó haber estado antes. Cuando dio las gracias, lo hizo en euskera. Sonreír, sonreía siempre. Solo un globo, misterioso, inesperado, colorido, amenazó con interrumpir el desarrollo impoluto del concierto. McGinley, que estaba llevando el liderazgo vocal en ese momento, parecía mirarlo de reojo. Era un pez, que perdía helio a través de sus escamas, y que acabó por desaparecer, de la misma forma repentina con la que apareció. Ni el suspense antes del bis deterioró el ritmo. El intervalo no fue ni corto ni largo. Salieron, de nuevo, como se fueron. Se colocaron en los mismos sitios y atacaron el colofón final. Para ello, optaron por el mismo compuesto atemporal, viajando de 1993 a 2021 para volver al inicio de todo y terminar con el "Everything Flows" de A Catholic Education. Este último tema les sirvió para decir adiós con brío eléctrico y una atmósfera palpitante que todo el mundo - o no - entendió como el mejor adiós. O un buen hasta luego, quién sabe. 

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