Los chistes no se explican, creo, pero sí tengo que aclararte que hablo de eso: concierto de los Tiparrakers, y antes de Misoginia, en las fiestas de Santurtzi, gracias a la txozna de Los Coyotes y a la peña de Hontzak.
Siete y pico de la tarde y la vida no entiende de rock and roll. Suena Melendi de fondo; pasa un tren de carga; las nubes acechan por encima del astillero. Veo que Jon Ander vuelve con un trozo de plástico pegado en la suela de la zapatilla. Antes, vi luchar a otro para quitárselo de encima, más bien de abajo, de debajo de su bota. "Te has llevado el mojón que anda sacudiéndose todo el mundo". Se mira los pies y ágilmente pisa la punta atacada con la otra zapatilla. Tira. La tira adhesiva se suelta y vuela libre. "Ya está,", me dice, y cruza los brazos sobre su camiseta de The Adolescents, "libre". No hay quien le meta en vereda.
Se hacen un bolo largo y equilibrado, sin ningún momento culminante, manteniendo siempre la misma actitud, reivindicativa, pero también festiva, entre la sonrisa perenne de la cantante y sus alaridos bien traídos. Se ciñen al trabajo que publicaron hace un año, A mí no me preguntes, yo solo soy una chica!, pero también hay canciones nuevas. Por ejemplo, una en la que se inspiran en la botánica para alentar su espíritu insurrecto: presentan "La pampa" diciendo que ellas, como el carrizo, también son plantas invasoras. Hay una que incluso debe ser más reciente, porque la cantante dice que es un tema "bastante nuevo". Para empezarlo, piden colaboración, y, antes, se permiten un ensayo que parece satisfacerlas: algo dicen de punkies malos y el público tiene que repetirlo. También caen otras que estaban en su primer trabajo, como la aplaudida "Padres que no fuman y se van a por tabaco", donde afilan la ironía cuando se preguntan que dónde está su "papi" porque ya le echan de menos, cuando sabemos porque nos lo dijeron que la canción va de padres que se fueron pero que no hace ni falta que vuelvan.
Hubo más, por supuesto, incluida una versión que se podía esperar y que dejaron para el final. Hasta los menos sorprendidos no pudieron evitar corear el estribillo de "Me gusta ser una zorra" de Las Vulpess.
Y por ahí van los tiros: punk-rock de la vieja escuela, con mensajes comprometidos, actitud, y ciertos matices más oscuros que las alejan un poco de las líneas que marca la fresadora del género. Les faltó volumen, les sobró ánimo, pero todo funcionó. Además, se mantuvieron fieles a los principios de la música que esgrimen, permaneciendo en el bolo que vino luego para acabar apoderándose de la primera fila, tal y como pedía Kathleen Hanna.
 |
| Segunda entrega, Tiparrakers. Foto de JonBus. |
Les cuesta empezar. Jon Ander agarra el cable como si fuera un cabo para amarrar el barco. Se acerca a la mesa y enreda. Luego viene Senén. La cosa se complica mientras Jero y David esperan resignados, uno con el bajo ya colgado, y el otro usando el bombo que parece que estuviéramos escuchando por un fonendoscopio. Al final, arrancarán con "No comprendo" y se acercan a la mitad cuando se acopla algo, suena a rayos, casi parece que alguien estuviera acercando el micro a una trituradora de metal. A Jon Ander, que ya empieza a marcar territorio, le da un primer parraque: "¡Cojonudo!", "¡me gusta!", "¡dale!".
Los problemas técnicos persistirán durante casi todo el bolo. David - y lo digo porque porta la camiseta de Tyrese Haliburton - pide tiempo muerto para intentar arreglar un problema en el bombo o con el pedal del mismo o con lo que sea que le hace agacharse y buscar algo que pegue. Le perseguirá durante todo el bolo. Tanto que, en otro tiempo muerto, su vocalista, dándonos la espalda, pero como hablando con alguien que tuviera al lado, murmura al micrófono: "No está cómodo, no" y chisca los labios con preocupación mientras deja un brazo en jarra, en un gesto que denota su edad aunque la juvenil tersura de su cutis, ese flequillo que se nos ha dejado y las gafas de sol que luce le hagan parecerse a uno de aquellos personajes de series americanas noventeras, donde salen del instituto para hacer surf, pero no el galán de turno que se enamorisca de cualquier Brenda Walsh sino el quinqui que narra la historia en off porque luego se hace escritor y vive en Nueva York y se mea en todos esos gilipollas que fueron valedictorians o lo que sea en el instituto. ¿Me entiendes? Yo tampoco, me ha dado un chungo.
Antes del chungo y de los problemas con el bombo, el que no está cómodo es el cantante con el cable. No le da el juego que quiere, porque muerde la pedalera del guitarrista, que se resiste a abandonar su esquina a pesar de ello. Intenta pasárselo por encima y casi decapita a un Senén que sonríe. Cuando lo intenta de nuevo, lo que arranca no es una cabeza si no el charles de David, quien sujeta la pieza antes de que se caiga y pasa de la chanza de su vocalista: "¡He pescado!", grita.
También grita algo sobre los coñotes y dice que venga, vamos, "que viene Miguel Ríos después". Aún no es de noche, pero ellos ya están cantando "Noche trankila" y seguida arranca una "Triángulo, cuadrado, rombo" que azuza tanto a Mikel Nasti que se lanza a retozar con Jon Ander, quien le recibe calurosamente. Es entonces cuando Daviburton pide tiempo muerto.
Pero siguen, porque no hay nada que los pare. El repertorio prosigue con "Buen rollo", que Jon Ander dedica a Juanpe, un madrileño que ha subido al norte para conocer la escena local, si es que eso existe. Quien aparece es el cantante de Bazuka'l Bakala y, tate, me doy cuenta de que lleva pegado en la suela el mismo plástico del que se liberó Jon Ander. Mientras tanto, éste, del suelo, lo que recoge es una colilla, que le lanza de vuelta a quien se la fumó, mientras protesta porque andan tirando mierdas en su arco, un arco perfecto, que ha dibujado sobre el asfalto, un arco que delimita su zona de esparcimiento, su espacio común, y mira que dibujaba bien el cabrón en el instituto, cuenta, pero un arco como ese, y lo dibuja de un mohín, no le había salido nunca.
Tocan varias nuevas y no me refiero a casos como "Cardiaco", que ya casi es veterana aunque no esté grabada; también faltan algunas habituales, como "Demoledor", por ejemplo, lo cuál es bueno, porque quiere decir que tienen material a espuertas; es más, recuperan clásicos de otros tiempos que ya casi ni recordábamos. Uno, lo dedican a "los macarras de mi barrio". Es "El Nene". Entre las nuevas, alguna sorprende, que Mikel me lo susurra al oído y yo le confirmo con la cabeza. Sí que está "Elige tu camello" o "Salvaje". La primera fila, con los puños prietos, repiten lo de la vereda. Es así. Es imposible meterle ahí. Fíjate que hasta se permite, sin que nadie se lo espere, tunear un verso, y cambiar la letra para decir "para mi placer, yo soy Senén" mientras vacila al susodicho guitarrista. No es maleable, pero flexible, sí. Si no es gimnasia rítmica lo que hace con el cable, entonces es su adaptación personal de la espatadantza o lo que aprendió en aquel cursillo de lazo wéstern que hizo en un rancho de Oregón.
Llegó Sarasate. Con "Enemigos todos", ya empieza a hervir la sangre. En medio de "Se te ve", el cantante, que parece que no pero el tío está a todo y de todo se cosca, reconoce a alguien que atiende al concierto desde un costado y deja de cantar, lanza el micro al suelo, y corre a abrazarla con los brazos en alto igual que cuando se asustaba ET el extraterrestre. La banda, por supuesto, sigue tocando, y el resto esperamos a que vuelva y recupere el micrófono del suelo.
Ya estamos llegando al final. Ahí van "Leche de burra", "Muñecas" - que no la conozco -, "Buscando acción" y, la última, "Paz y violencia", su querido lema. Antes de esta, hacen una nueva versión que yo, al menos, no recordaba habérsela oído, aunque igual sí: el "Cuando yo reviente" de Commado 9mm, que altera aún más los biorritmos de una peña que ya empieza a acumular los efectos del refrigerio. Además, en este tramo, las chicas de Misoginia pasan a la acción, siembran pogo y se apoderan del arco que había dibujado Jon Ander. Éste, emocionado, intenta iniciar una conga que no tiene éxito a la primera, pero sí a la segunda.
En un escenario tan simbólico como ese, Santurtzi Boulevard, como lo denomina el cantante de los Tiparrakers, donde antes olía a sardina, dice, y ahora a palmera, "esto parece Bilbao" - el año pasado a Rioja de los Paniks le recordaba a "Miami beach" - terminar con una conga punky mientras al fondo resuena Amaral le pone la guinda a una ración vespertina de lo mejorcito del rock español. No sé si luego venía Miguel Ríos, pero después de esto, ya solo apetecía deglutirlo. Iba pensando en todo eso después de despedirme, mientras abandonaba el recinto, cuando noto algo raro en la izquierda, miro para abajo, y sí, ahí estaba en mi suela, el puto plástico que me había tocado heredar. Esto sí que es simbólico. Tanto, que ni me lo quité. Dejé que viniera conmigo hasta el parque y allí lo abandoné felizmente, cerca de un bar donde sonaba Danza Invisible, o Alcalá Norte, o algo así, algo que sí que sí, es de lo mejorci...
Comentarios