No cambiaremos de chaqueta



En un miércoles plagado de opciones, la acogedora oscuridad del Antxiki se llenó de una luz vaporosa, sugerente y turbia, que sí, era únicamente la que emanaban los focos, pero parecían irradiarla unos The Jackets, que, ante un público algo comedido, ofrecieron con generosidad una convincente exhibición de garage y punk-rock. Todo en una frase muy larga: banda, espacio, día y la habitual opinión flemática, precisamente el poco criterio que nos caracteriza. Todo muy profesional, como ellos. 

Ella, sin embargo, andaba preocupada. No me refiero a Jackie Brutsche, si no a la que me acompañaba. Ella había elegido a los suizos, cuando sabía que, probablemente, si hubiese sido por mí, la decisión habría caído del lado de Lords of Altamont, quienes actuaban el mismo día y a parecida hora en otro lugar de la margen izquierda de cuyo nombre sí quiero acordarme, pero no procede. Fíjate, hubiese sido más fácil ir al Touliña Pop el fin de semana antes y ver a las dos bandas, sumadas, además, a los que también vimos tres días antes en el Crazy Horse. Pero, no. Hubo que elegir y ella estaba preocupada. De vez en cuando, me miraba de reojo y me preguntaba: "¿Bien?" Y todo era bien, claro que sí. Todo en un párrafo muy largo: exageradamente personal y sin añadir nada interesante, precisamente el poco estilo que nos caracteriza. Todo muy poco profesional, como nosotros. 



El bolo se hizo corto aunque fuera certero e intenso. No descansaron hasta soltar los tres primeros cortes del tirón. Luego respiraron, se presentaron. Jackie Brutsche ya se había quitado las gafas para mostrar esos dos soles calcinados, esa mirada estrellada y expresiva que todos conocemos. 

Cuando esperábamos a que empezaran - y voy a ponerme en evidencia, que me gusta - me fijaba en cómo tenía colocado el aparataje, sin que nadie fuera a ocupar el centro, porque allí no había micro alguno. Haciéndome el listillo, le susurré al oído: "estos se ponen uno en cada esquina y el baterista en el medio, nadie ocupa el centro, poco se van a mover..." Ella se hundió de hombros. No sé si porque sabía lo que iba a ocurrir y prefería que yo me diera la ostia solo. 

Porque el centro se ocupó. 

Lo ocupó siempre la música, un estruendo colmado que casi se podía palpar. 

Y lo ocupó, luego, ella, con sus extremidades dilatadas y su gráfico semblante, capaz de hermanar la mímica y el rock and roll con una plasticidad muy elocuente. 

Ocupó tanto el espacio que controlaba también lo que quedaba en el borde. Logró que la gente retirara la ropa que habían ido abandonando en el extremo central del escenario. Y acto seguido lo utilizó como catapulta hacia la oscuridad. Bajó hasta la selva, se adentró y a uno casi le cercena los tobillos con el cable. Ya fuera saltando por el acantilado o bajando por el congosto del costado, se paseó entre nosotros. Acabó elevada por el respetable, después de lanzarse, sin abandonar el instrumento. La sujetaron, pero no la movieron mucho, así que hizo como si se hubiera quedado un domingo tumbada en el sofá leyendo un libro de Johanna Spyri. También retozó por el suelo del escenario, en un espectáculo a medio camino entre el pataleo de un niño, un ejercicio de pilates, el entrenamiento de la selección suiza de natación sincronizada y la angustia de un artrópodo volcado. Se detenía sobre una pierna como un flamenco asustado. También se quejó de las cámaras y de que la primera fila la ocupara gente grabando más que bailando: "You're in trouble", nos advirtió el baterista, que explicó que a su cantante no le gustaban las cámaras. Ella, en realidad, lo que quería era encender el ánimo, atraer a la gente que bailaba, que comenzara una plaga de alegría. Todo este resumen no puede terminarse sin insistir en que todo, pantomima, intensidad e interacción, todo resultó oportuno y nada efectista: el natural ímpetu de una ejecución tan arrebatada y efervescente como requiere su música. A su lado, el baterista paraba los platos para afinar los cierres y se esmeraba en los coros y el bajista permanecía simétrico, saltando perfectamente sobre sus punteras sin que perdiera la orientación ni se le movieran el cuello y la tapeta falsos que lucían tanto él como el batería. Todo hacía que el concierto fuera aún más físico y visual, más patente y epidérmico, ayudando a que sus canciones fuesen aún más rotundas y se desplomaran como una tormenta desatada, más que como una fina brisa de primavera.  

Todo ganó en conjunto, así. Las líneas de bajo cautivan y se encordelan a los riffs de la guitarra. A veces, se abrazan; otras, se repudian; se repelen, se apelan, se penetran, se anexan como dos tabiques a una pared de fuzz. Estás pendiente de la parte vocal y hay un grave rumor melódico que te obliga a caer por la pendiente del bajo, sin reparo a la caída. Mientras, ella, a la guitarra, aclara la flora a machetazos, con señuelos que hasta parecen disonantes, atrapando tu atención como púas en una trampa. Se mueven entre el garage, el punk de los 60, el rock and roll, la psicodelia y yo qué sé qué más, pero todo bruñido en fuzz, intensidad, ritmo embaucador, tanto magma como fulgor. 

Creo que arrancaron con "Keep Yourself Alive" y yo ya tarareaba el estribillo para cuando atacaron "Wasting My Time", y era la primera vez que la oía, quizás. En el desmadre controlado de "Coco Loco", yo también moví la cintura, y ella volvió a mirarme de reojo, pero ya ni me preguntó. Dos más de bis, que no se hicieron de rogar, y un final que dejó ganas de más. 

Fuera, al fresco de la noche encapotada, se lo dije sin ambages: "muy bien", pero había sido incluso mejor. Los oídos aún pitaban con la pelusa saturada y la mirada seguía embadurnada de soles negros. Como para no cambiar nunca de chaqueta. 


Posdata: Todas las fotos son obra de Isa Karrask, justo en el lugar oportuno y quien, además, he de decirlo, pasó más tiempo bailando que haciéndolas. 




Comentarios