A este lado del Ballonti

Foto de Isa Karrask, y se puede observar el muro de fotógrafos que fortificaba la primera fila.



Primero, como era de esperar, aparecen en escena los John Dealer & The Coconuts

Su set es certero e intenso, de principio a final. Se presentan de manera trilingüe y con prisas, porque ya se apodera de ellos la potencia high energy que caracteriza a esta banda. Apelmazados como un bocado de hormigón, arrancan a saco y terminan igual. Repasan sin descanso un repertorio que recorre todo o casi todo lo que han publicado y que recoge una versión final, con la que cierran, que es su ya habitual revisitación del "Kick Out the Jams" de MC5. 

La gente aún no ha entrado en combustión, por mucho que ellos intentan espolearnos, poniéndose en primera fila para azuzar o recurriendo a los habituales gestos del género, incluyendo torsiones de las extremidades inferiores, arrebatos instrumentales de rodillas, cruces de instrumentos - ambos guitarristas llegan a frotar sus cuerdas a la altura de la pala - y muecas y visajes que buscan encarnar el ardor musical que impregna sus composiciones. Así, van del "City of R'n'R" que clavan en el primer tramo al "Say No" que aparece cuando ya se asoman al final. Por destacar alguna en concreto, esta vez, recurriría a una "No One Says Goodbye" que les queda cañera. Al bajista se le ve disfrutar a tope con su parte, y soliviantan al público más que con otras. Creo que ésta aparecía en su último trabajo, It's On, que grabaron el año pasado, pero tiene una historia más profunda que retrotrae a los comienzos de la banda, aunque igual me confundo. 

Pasan casi como un suspiro extasiado, porque no descansan apenas, encadenan una detrás de otra, y, aunque a veces bajen el tempo, en general, se mantienen todo el rato efervescentes y contundentes. Su pulsión es el rock and roll más enérgico, con vetas del rigor escandinavo, letras en inglés, y una absoluta segregación de sudor impulsivo, sin guardarse un ápice de brío para el próximo. Desde la compostura del sedimento rítmico - donde la batería destaca por su ornato y el bajista por su tajanza - hasta la vistosidad del brillo compartido de ambos guitarristas, John Dealer & The Coconuts son siempre una buena apuesta en directo, sobre todo, cuando quieres terminar la semana ahuyentando las expectativas abúlicas de un domingo vespertino. 


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Bryan Small, Jimmy James, Angelique Congleton y Jorge E. Disguster son ellos. En principio, solo son cuatro, pero juntos se encargan de desmantelar cualquier resistencia de un plumazo. No les hacen falta aspavientos ni arrebatos. Van poco a poco puliendo hasta que se dispara la agitación y el baile deslavazado se apodera de la platea de la sala Groove, que no lo había dicho y aprovecho ahora: todo esto que estoy contando, que es un concierto en sesión dominical, ni más ni menos, tiene lugar allí, en el polígono más musical de Portugalete. The Hangmen llevan haciendo esto mucho tiempo, pero siguen sabiendo cómo conquistar al público. Lo hacen a base de una ración indomable de distorsión que retuerce las piernas cuando el punk-rock se mezcla con las raíces de la música americana. Seguro que sabes de qué van Supersuckers y Social Distortion tanto como conoces a The Stooges o Lords of the New Church, así que no hace falta que te diga que The Hangmen llevan cuarenta años residiendo en esos lares sin que nadie haya sido capaz de evacuarles. 

Sale Bryan Small con chaqueta americana y gorra trucker y le siguen sus compañeros. Azotan las cuerdas, tiemblan los parches de Disguster, sonríe complacida Congleton y ya está todo en marcha. Jimmy James se acerca a la bajista para que adosen sus instrumentos. Congleton será la única que no se despoje de su atuendo inicial, porque los demás acabarán sin la mitad de los atavíos que sacaron al principio. El calor, connatural a una sala congestionada, se complica aún más con el ímpetu que comparte la banda y el brío de su propuesta musical. Sobran las camisas. Incluso más cuando Small insiste, ya en el bis, para que convenzamos a su batería de que se quite la suya. Y eso que luego le pide en su idioma que se la vuelva a poner. Para entonces, Disguster ya ha perdido hasta las gafas. Su exposición ha sido convincente, más aún cuando remueve la pelambrera y hace que la ejecución sea más visual. Lo dice el propio Small cuando presenta a la banda y nos anuncia que nos va a contar una historia aunque probablemente no le entendamos. En resumen, explica que practiques el género que practiques, si tienes un "shitty drummer" tienes una "shitty band", o, con el traductor automático, que si tienes un batería de mierda tu banda también lo será. Concluye diciendo, antes de presentar a Jorge E. Disguster - ya con el torso desenfundado y preparado para el ataque - que a ellos eso no les pasa. 

Han llegado a un bis repleto y largo, después de un set intenso en el que se recorren toda su discografía. Los éxitos más populares atizan al público, que se retuerce con la descarga. De "Real Blues" a "Broken Heartland", de "Looking for Blood" a aquella "Downtown" del Metallic I.O.U. que arrebata a la primera fila, mientras Small, ya en camiseta, insiste en arremangarse, lo que nos permite disfrutar de su tatuaje a la altura del húmero. En un descanso, agradece el regreso al País Vasco, y nos convence de su conocimiento, haciéndonos saber que todos sus amigos de Boise, Idaho, eran vascos. Tampoco es difícil que eso ocurra. Hablamos de la ciudad donde puedes ir al Bar Gernika, y cerca está el museo y la pintura de Picasso dentro - una reproducción, por supuesto - y en la calle de fuera - si no miras la pisas - te topas con la letra del "Pintto, Pintto" en el pavimento. Luego también nos agradecerá el esfuerzo que hemos hecho para pervertir las inercias del domingo y dejarnos embriagar por el rock and roll. Termina preguntándonos si estamos listos y a uno que, al parecer le sonríe, le apunta con el dedo y dice: "You are not, man". Están arrancando "Homesick Blues". 

Hemos ido bebiendo un sonido compacto y efusivo, con la voz profunda de un Small que amasa las palabras antes de escupirlas. Entre Cash y los Minutemen, entre Jason & The Scorchers y Gun Club. Los cuatro se hacen cinco cuando el tío que cuidaba la mesa del merchan sube al escenario para tocar el cencerro. Es una pantanosa - claro - "Bayou Moon" que decora James con la armónica. Cuando terminan, Small nos indica que el músico repentino se llama Lucas y está pluriempleado. Eso sí, al parecer, solo percibe parné por una de sus tareas. Nos pide que adivinemos cuál. "Man in Black's Hand" llega después, pero la interrumpen cuando arrancan porque un educado Small - que se disculpa - tiene que afinar su instrumento: "I'm so out of tune". 

Y ya estamos otra vez de vuelta al final, por donde prácticamente empezamos esta crónica desordenada. Ya lo dije entonces: fue un bis largo, que no hicieron por aparente compromiso. Todo el final fue carismático, hacia arriba, con tirabuzón. Antes de terminar y después, ya están las llamas extendidas. Casi se confunde la coda del tramo principal con la extensión del bis, porque tardan poco en salir y no se esfuma el bochorno. Por ahí anda el "Russian Roulette" de Lords of the New Church y todo lo que nos regalan cuando vuelven, que se extienden, se explayan, se expanden y se extinguen por aclamación, en un final enérgico que vierte más gasolina sobre el incendio que ya tenían avivado. 

Fuera, luego, no hay desierto, ni una larga carretera hacia el Oeste, y, en su lugar, siguen los coches ahí en batería y, al fondo, las ovejas pastan incansables en las campas que rodean al polígono. Todo muy bucólico, también paradójico, porque, por un momento, la sala Groove parecía haberse convertido en un honky-tonk aunque sin raciones de aros de cebolla ni nachos barbacoa ni Patsy Cline en el equipo de música. 

Volverán a Gasteiz, tras pasar por Arrasate, en unos días. Fíjate que, por el medio, se van de Burgos a Finlandia y vuelven a Granada. Cuando ya estén de regreso en California, no se van a acordar de tanto nombre. Eso sí, habrán celebrado sus 40 años como banda por todo lo alto. 


Foto de Isa Karrask, con todos ellos concentrados en los trastes. 


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