| Foto de Isa Karrask: más o menos la mitad de la banda en primera plano. |
Te digo que, por un momento, le cambiaron el nombre a la ciudad. Exagero, pero la revolución de Muck & The Mires caló hondo en un domingo soleado, donde aficionados del Villarreal moteaban de dorado la terraza, la gente paseaba colorida por la explanada del Guggenheim y, frente al Crazy Horse, triunfaba la ropa deportiva de la gente que atiende la misa saneada del ejercicio físico matutino.
Los cuatro componentes de la banda salieron puntuales un cuarto de hora más tarde de lo programado, que es lo que se estila en estas sesiones. Lo hicieron subiéndose al escenario enrejado por el costado abierto de la derecha, con aparentes ganas de empezar y atuendo compartido: negro elegante con detalles en blanco. Parecido, pero no como los Hives ni tan siquiera como los Beatles en el show de Ed Sullivan. Pedro Mire, guitarrista solista, se colocó en la esquina contraria, que haría suya, asomándose a la baranda como un energético mascarón de proa. En el centro, Evan Shore, o simplemente Muck, vocalista y guitarrista rítmico, presentando su Rickenbacker al aire como prueba irrefutable de lo que iban a hacer luego. En la esquina por la que entraron, se situó el bajista, un John Quincy Mire bien atento al respetable, pero hierático e imperturbable, que se lució en las líneas de bajo y acabó fundido. Finalmente, al fondo, la baterista, Jessie Best, con zapatillas a juego con la envoltura de su batería. Además de darle fuerte y fino al instrumento, Best aportó coros significativos. Ellos cuatro, juntos y conjuntados, ejercieron de adalides de esa revolución que propugna la mezcla electrizante de garaje de los 60, el legado de los Beatles, algo de powerpop y mucho punk del que se hacía en New York, con especial querencia por los Ramones.
El repertorio fue largo e incluso lo extendieron con dos bises, a falta de uno. En el último y definitivo, alteraron aún más al público con una acertada versión del "Commando" de The Ramones, que levantó puños, incluido el del propio Muck, quien había abandonado su Rickenbacker. Antes, un buen puñado de canciones, incluyendo algunas versiones, tanto bostonianas como liverpulianas, ya que destacó su adaptación del "It's Gonna Be Alright" de Gerry and the Pacemakers. De esto último hacen mucho, ya lo he dicho: el skiffle que llevó a la primera British Invasion - que luego dicen que hubo otra en los 90 - lo envenenan ellos con otros matices y les queda frenético y embaucador. El resto fueron temas propios, recorriéndose una discografía que comienza a principios del siglo actual y que termina hace un año, cuando sacaron su último disco, del que recuperaron varias, destacando, en el tramo final, esa "Beat Revolution" que permite el coro y que sirve casi como himno del país en el que gobiernan. Mientras, nos hablaron de asuntos sentimentales con "She Blocked My Number", "I Never Got over You" o explícitamente con nombres propios como "Doreen" y "Julia (I Want to Kill Your Boyfriend". Esta última, por cierto, la cantó, con ganas y eficiencia, el guitarrista solista. No fue la única. Por ejemplo, también repitió al final, dándole pie su vocalista, con una invitación a decirnos adiós, a lo que él contesto gritando el nombre de la ciudad a todo pulmón. Sonó, y no porque lo pronunciara mal, si no por lo que vino luego y lo que ya había venido antes, como lo he escrito en el título.
Cerrar, cerraron con "I'm Your Man", antes del doble bis. Antes, por decir algo más y que quede claro que estuve y presté atención, te pudieron obnubilar con su homenaje al que fuera líder de los 13th Floor Elevators en "The Ghost of Roky Erickson"; o recordarte, aunque fuera de pasada, a gente como Redd Kross o Fountains of Wayne; u obligarte a murmurar Sonics; o bailar al son del desparrame que sucede cuando rebosa el cóctel que mezcla a los Ramones con los Beatles: "Good Enough" y "Tripping Out on Love" y "Hamburg Time", por ejemplo. Hubo gente - pocos, pero hubo - en la primera fila que se ahorró la sesión del lunes en el gimnasio.
Las canciones salían encadenadas. Fueron pocos los descansos. Apenas bebieron agua, y le daba justo a Muck para secarse el sudor con una toalla. Así, el bolo, prácticamente, se esfumó. Beatbao se quedó en un rumor. Volvimos a la rutina. Antes de volver a nuestra margen, no se nos ocurrió nada mejor que almorzar por Iparragirre, donde turistas y seguidores del equipo rival barrían con los expositores, llevándose los pinchos igual que tú arrasabas con el surtido si la abuela abría una de aquellas caja azules con galletas suizas: probar de todas menos de las que llevaban guinda encima. La guinda, en este caso, fue llegar a casa y que no hubiera servido con la ración de mediodía: el beat revolucionario obligó a pasar la tarde con los cascos puestos, escuchando más música y menos el ruido de fuera. Hasta se me ocurrió, mientras lo hacía, un chiste peor que el del título: si se escribiera así, beatcoin, estos tíos ya se hubieran hecho multimillonarios. Perdón, me voy.
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