Swim School se presentan, al terminar su primer tema, pidiéndonos que repitamos alarido, que el primero no ha servido. Cuentan que vienen desde Escocia y si no dicen que es la primera vez que salen de ahí, es algo parecido. Al final de su concierto, pedirán un reconocimiento para Suede, con los que parecen estar agradecidos por haberles elegido para esta gira.
Son cuatro y, aparentemente, se ordenan en grupos de dos. A la derecha del público, se sitúan la vocalista y el bajista. A su derecha, un guitarrista inquieto y el baterista encorvado, también parapetado. Estos dos necesitan más espacio. Al menos, el guitarrista parece un padre primerizo en la sala de espera de neonatos. No para quieto. Se gira tantas veces hacia la batería que su compañero le mira con desesperación. Cuando se pone frente al público, sube la pierna sobre la pantalla y nos mira como si buscara algo o a alguien entre nosotros. Solo una vez se cruza con la vocalista, quien también porta guitarra, pero el duelo de instrumentos apenas se materializa.
Ella se mueve más que su bajista aunque ambos permanecen por los alrededores de su esquina. Agita bien la guitarra, sacándole algunos tientos arrebatados. Canta como hechizada, como si buscara epifanías por el techo. Su voz es poderosa y dinámica, tanto que le sacan parecido con Dolores O'Riordan y hasta con Alanis Morrissette, aunque ella siempre menciona a otra, a Ellie Rowsell.
Wolf Alice, sí, anda por ahí. Y supongo que Foals, Paramore, Slowdive, cosas así. Mucho indie rock y hasta un poco de shoegaze, aunque la vocalista, más bien, practica el roofgaze.
Aunque reconocemos alguna otra de un repertorio corto pero intenso, los cuatro que vamos juntos nos quedamos con la misma, una que instantáneamente me lleva a susurrarle en el oído a I que huele a Nirvana. Cuando llego a casa, aunque es tarde, la busco y la encuentro y me sorprende leer como alguien lo olió también antes. No recuerdo el nombre del escritor, pero decía que esta canción era un cruce entre Nirvana y Halsey. A veces, fíjate, coincidimos, amigo, aunque no sepa quién eres. Se titula "Let Me inside Your Head" y se aleja de los medios tiempos atmosféricos y tirantes para abrazar la potencia. A mí me atrapa el sonido de la guitarra de una vocalista que disfruta de la larga intro instrumental.
Curioso: después de esta, los tres del frente cambian de instrumento al unísono. Siguen con el mismo, pero cambian de herramienta, quiero decir. No lo había visto nunca. No así. Lo hacen con tal coordinación, además, que llama la atención. Mientras, piden que felicitemos a alguien por su cumpleaños y se internan por territorios con un espesor más grueso y grave. En el techo sigue habiendo algo, pero, con la última, volvemos al suelo, porque debajo de todo ese maremágnum de vigor y hondura, hay un filamento bailable sobre el que hacemos equilibrio.
El sonido, durante todo el concierto, fue envolvente y convincente. Tuvieron fanáticos esparcidos por las primeras filas - que ya empezaban a apretarse - y a los más indecisos o equidistantes no pareció disgustarles. Excepto a alguno, claro, que de todo tiene que haber, por supuesto, si no esto sería muy aburrido.
---
No te he dicho nada antes pero seguro que ya lo sabes: pasaban los Suede por Bilbao. No era la primera vez, por cierto, aunque Brett Anderson no se acordase.
Las entradas las compra E en septiembre e I me lo recuerda el día antes, porque quién se iba a acordar ya. M dice que hay "sold-out" y E corrobora que se anunció hace unos días. Fuera, hay un ambiente que parece el típico de la zona pero con protagonismo invertido, al menos para mi mirada subjetiva y algo torcida. Me voy a explicar: siempre tengo la imagen de salir de algún bolo en esta sala para encontrarte a gente más joven que tú con el maletero abierto de un coche tuneado mientras trasegaban litros de bebidas estimulantes y escuchan eso que tú llamabas pim-pam-pum. Les tocaba a ellos cuando tú desalojabas el recinto. Ahora, se ven los mismos coches en hilera y gente que se reúne junto a sus maleteros, pero, en lugar de pim-pam-pum y el Blue Bull, suena la Cadena Ser y comparten embutido y pan de barra. Como si Suede jugara en San Mamés o el Athletic tocara en Santana 27, que es donde estamos.
Ahora que lo pienso y me pongo cenizo, puede que esto también sea, simplemente, un indicio manifiesto: estamos ahí, en el medio del huracán, un vendaval al que llamaremos tiempo, que pasa y arrasa con todo sin mirar. Los 90 ya ni los ves por el retrovisor. La media de edad del bolo consigue que hasta nos veamos jóvenes, aunque es solo un espejismo, porque te duele todo, lo físico y lo espiritual, hasta que aparece Brett Anderson y alguien tiene que sacar el móvil para googlearlo y la cifra es 58 y un rayo de esperanza parece iluminar tristemente nuestra oscura obstinación. Aún podemos ser jóvenes, tan jóvenes, o, al menos, creérnoslo por un instante. Gracias Brett. Ya quisiera yo girar los brazos así sin que se me salga el hombro, agacharme como si no existieran los riñones, quedarme sobre una sola pierna tan grácil como tú, que parece que vas a hacer el salto de la grulla pero de espaldas. Aquel daba cera y luego la pulía, Anderson la reparte a partes iguales entre unos fans que confirman su adoración - y con razón - y los que nos mantenemos un poco más expectantes y que podemos llegar a pensar que, en ocasiones, todo es un poco digamos que demasiado, superados por tanto "gimme a hand" y esos dislocamientos arrodillados con las articulaciones bien protegidas. Eso sí, por mucho que notes cierta ironía y hasta una posible crítica solapada en lo que acabo de escribir, tendré que decirte que yo también caí derrumbado a sus pies. Su presencia en el escenario absorbe toda la atención, y lo hace con una elegancia sudada y con una voz poderosa que sobrevive al esfuerzo. Acierta al introducir algunas canciones y veo por lo que voy escribiendo que he perdido el hilo y me he puesto a contar cosas sin orden ni concierto, así que paro y retomo.
El concierto, vayamos al grano, de sobresaliente, y no es una nota, es una sensación. Por supuesto, hubo quien echó de menos no hincarle el diente a alguno de los muchos temas que tienen para elegir. Entre las descartadas, probablemente la que más se lloró fue "New Generation". Metieron como dos docenas, pero es que tienen material como para seguir tocando otras dos.
El primer momento climático llegó pronto, justo después de las dos primeras, cuando arrancan con "Trash" a la que siguen "Animal Nitrate", "We Are the Pigs" y "Personality Disorder". Creo que ya lo he dejado caer: no he sido nunca un fanático de Suede. A mí el Britpop me llegó en la universidad, cuando eras un gilipollas que leía las veinte primeras páginas del Ulises de Joyce para aparentar que lo tenía leído cuando lo único interesante que había hecho en el día es pira a Pragmática cuando más sol hacía. Me gustaba más Pulp y entre Oasis y Blur no elegía. Decía que me gustaba Radiohead porque había que hacerlo, pero me costó terminar el famoso vídeo de The Verve. En la intimidad, yo escuchaba a Fugazi y Fetish Kafé. A ella, sin embargo, Suede se le instaló en el hipocampo desde los quince años. Cuando compartes la vida con alguien, algunas querencias fluctúan, otras se repelen, y muchas conviven. En la música, los dos juntos hemos ido regalándonos, a veces, sin quererlo. Así que cuando empieza "Trash" también a mí se me remueve algo dentro, pero, sobre todo, me impresiona verlo desde fuera: las primeras notas caen como fósforo sobre la gente. Todo se enardece de golpe y una felicidad exultante y maravillosamente pasajera electrifica a la gente que tengo alrededor. Entiendo que esto, simplemente, es la magia de la música.
Habrá un nuevo subidón cuando llegan "Filmstar" y "Can't Get Enough" seguidas. El tono es distinto en "June Rain"y "She Still Leads Me On", pero la energía no se diluye. I me cuenta la historia detrás de la segunda. La intensidad alcanza niveles de alarma con el "The Asphalt World" que se marca a capela si no fuera porque toca Neil Codling el piano. El momento se encumbra cuando Anderson retira el micrófono y canta a pulmón, apoderándose del aire resonante de la Santana 27.
Si pensábamos que estos dos clímax iban a ser suficiente, nos equivocábamos, porque el gran delirio llega en un tramo final donde encadenan "Everything Will Flow", "So Young", "Metal Mickey" y una "Beautiful Ones" recibida como un himno y terminada con Brett Anderson admitiéndonos al grupo de los bellos. Habrá bis, con "Dancing with the Europeans" y, como europeos todos - o casi todos - eso es lo que hacemos, bailar. En todo este proceso, Anderson se muestra, como ya he dicho, efectivo y embaucador. Y su banda, convincente y esmerada. Juntos consiguen algo que no me llama la atención hasta un día más tarde, cuando la rutina invita a mirar hacia atrás y recordar lo que pasó el lunes: no tuve la sensación de haber viajado en el tiempo, de que aquello fuera una transición hacia el entonces y allí. A pesar del tiempo y de las edades y de todos los peajes que se hayan pagado, la música en directo sonó a algo que pasaba claramente ahora y aquí.
Y ya me gustaría a mí escribir igual.
Comentarios