Manolo y compañía

Foto obra de Isa Karrask, en primera fila para apuntar bien.


Unos minutos antes, pasa alguien con unas cuantas cajas de pizza. No me jodas, le pego con el codo a Isa, ¿ahora llega la cena? Nadie lo comenta, pero ese camerino tiene el mismo ajetreo que el de los hermanos Marx. Y nosotros solo queremos que empiece el bolo. Fuera hacía frío, pero la gente empieza a acumularse en la sala Groove y dan ganas de empezar a quitarse capas y ponerse a bailar. Yo bailo poco, lo sé, y eso que parece que estamos en casa, porque aquello podría ser la calle El Ahorro y todos estamos fuera del Basterra, pidiéndole a Nuria a través de la ventana.

Hay suerte. No esperamos mucho: suben los putakas con ganas. Olivas lleva una toalla con la que azota a Manolo y amenaza con azotarnos a todos. El escenario de la Groove está bien alto pero la distancia no amedrentará a la primera fila. Alguien manda callar a Oli, quien contesta pidiendo que no le toquen los... Se presentan. Vagamente, el cantante se disculpa de antemano: “vamos a hacer lo que podamos.” Abre el bajo con tensión, luego entra Manolo reposado, y empieza un paisaje en el que hemos crecido, que conocemos como la palma de nuestra mano. Lo llamarán oi! punk o punk de la década que quieras, pero, para nosotros, es casi un estudio antropológico de nuestro pasado, como si las pinturas rupestres que decoraban el muro del matadero tomaran vida. Al fin y al cabo, cuando más tarde presenten a la banda y Oli nos recuerde los cuarenta años que cumple Putakaska, lo resumirá muy bien gritando: “¡Sin Manolo el punk no hubiera existido!” y solo por ello vamos a dedicarle hoy el título. Por eso, y porque cada vez andamos más espesos, que no se me ocurre nunca nada. Pero bueno, es exactamente así, sin Manolo no hubiera existido, aunque te parezca una exageración. Déjame que ejerza la digresión: que si Los Saicos entonces, que si fueron The Saints en Australia, que unos dicen que primero fue el CBGB y otros que el Lesser Free Trade Hall de Mánchester... Qué sentido tiene buscarle un único punto de partida cuando todos sabemos que es más complejo que todo eso porque incluso hay más: desde el Búnker de San Vicente hasta aquel diciembre en el Poblenou; desde la Sakana hasta el local de ensayo de Los Canijos en Sevilla, desde las chicas en Olympia años más tarde hasta los del sombrero de cúpula rojo con sus teclados. Todo cojonudamente complicado.

Die Putaken son historia, por lo tanto, pero viva. Es más, como hubiera añadido mi abuela, y coleando. Empiezan fuerte - lo hacen siempre - con “Corre Johny” y “Yo me quedo aquí.” A partir de ahí, ya sabemos que va a ser todo arrollador. ¿No te lo crees? Igual crees a los números, en este mundo tan nuestro de bulos y conspiraciones: casi tres decenas de canciones. Kalbo soporta la presión al fondo y nadie rechista: se cascan un bis de seis, para que no pidamos más. Mucha mucha caña que dedican a las chicas y a More, una baja muy reciente en el barrio, al que se despide con honores. Para ganas, las que hay en el foso, donde el pogo va creciendo, y la gente se amontona a los pies de Oli. Nuri Draka, recién llegada, se lanza a cantar en “Psicotical Center” y se la escucha claramente gritar lo que precisamente no quiere hacer nadie ahí dentro: "solo quiero dormir, solo quiero dormir." No será la última vez que Oli ceda el micro, que, a veces, lo hace hasta con manoletina, poniéndolo ahí sin mirar, como un pase por la espalda a lo chocolate blanco. 
 
Siguen despiezando el repertorio y va subiendo el entusiasmo, más aún cuando prácticamente encadenan “Tu R’n’R es una mierda” con “Malito” o “Ay, qué malito estoy” - porque, con estos tíos, muchas veces, no sabes cuál es el título oficial - o “Estúpida España,” ejemplo perfecto de cómo se manejan con los coros, que trascienden el rol clásico de las voces de fondo, y aquí es Manolo, pero no en otras será Manu. El pogo se calienta, hondea la bandera gualdinegra de los Churrería, y Manolo murmura al micro: "Bien, bien". Están cómodos y Oli amenaza: "No hay límite de tiempo. Que alguien le diga a los de La Excavadora que se pidan otra pizza." Llega uno de los clímax de su bolo con “Verano ‘86” y "Barakaldo", que, por supuesto, se canta a pulmón, que para eso llevamos tanto tiempo vivos y vacilando. Ya andamos por el bis y ellos piden "más pogo y más velocidad" y será para poder viajar en el tiempo, casi nada, hasta aquella demo en cassette de 1988, donde ya estaba "Tuya la ruina" o "Tuyalaruina" - que con estos tíos, a veces, no se sabe - y el que sabe es Javi Rubio, quien anda excitado y aparece y desaparece, rebota y se hunde, y esta vez se me acerca y al oído me susurra que esta estaba en la maqueta, y así es. 
 
No te creas que han terminado. Hay más, entre ellas, por ejemplo, "Kuelga tu chapa" y "Kema la Tv" y pasamos a imitarles con las k para despedirnos porke ellos se despiden por todo lo alto kon una "Por lo menos" ke hasta mete el demonio en el koko del bajista, al k le da un arrebato, atakado se despide golpeando su bajo kontra el mikro mientras Oli se pega kachetadas kontra el pecho porke ya sabemos todos kuánto lo kieren.

Putakaska, vamos.




Foto obra también de Isa Karrask, a la que Pela parece acusar con el dedo.



A pesar de la tunda, aún no duelen los huesos. Aunque ellos anuncien su final, todavía nos queda resistencia, al menos, para aguantar un concierto de La Excavadora, que se presentan con el batería en buzo tuneado al fondo y el resto en hilera, como saltando desde una casamata. “¿Quién manda aquí?” es la primera, que también es relativamente nueva, y nuevo es, nos damos cuenta a la primera, el bajista a la izquierda del Pela. Un Pela que, con su coña habitual y su poética perspicacia, se da cuenta del pedigrí de la primera fila en cuanto lanza una mirada: "Qué pasa Barakaldo", saluda antes de anunciar que llega la guerra mundial, que es lo mismo que decir que van a tocar “Mi novia y yo odiamos a la humanidad.”
 
Van luego a por el boxeo, sin descanso ni demora: “La fábrica de gas” y “Canción sin nombre.” Así estarán durante todo el bolo, moviéndose entre sus dos discos, mientras esperamos que salga el tercero, que ya deben andar grabándolo. Pela se pone de perfil, se asoma al vacío, abre las piernas, mira directamente a los ojos del respetable. Txiki afina el riff y los demás mantienen un ritmo alto que retumba en toda la sala, en parte, por el buen sonido que se maneja en el recinto. Ahora ya, Pela se sitúa, que sabe de sobra dónde estamos: "Cuidado Portu con la química que la carga la Guardia Civil" y la elegida, podíamos esperarlo, es “Kímika.” Química tienen entre ellos, porque fíjate que ya llevan casi media docena y acaban de darse cuenta de que nadie ha sacado la hoja del repertorio. Se miran entre ellos y Pela se confiesa, mientras el colega que les hace el merchan, y a quien descubriremos más tarde, les pasa las hojas arrugadas que encuentra por allí. El guitarrista rítmico se percata: "Esta es antigua". Pero Pela quiere seguir: "Da igual, venga, vamos." Y fuera o no la que tocaba, la siguiente que cantan es la que más recientemente ha sacado del horno: “Los once del Bulldozer.”
 
Si no han corrido ya suficiente, empiezan con “Mi carrera delictiva” y, para la siguiente, Pela retrasa el pie de micro y baila sobre un pie mientras canta “Perder el vicio,” que empiezan a la segunda porque el batería había elegido otra. Otra coña para prologar un medio tiempo. Antes de atacar "Contra el suelo," recuerdan que hoy es el día de "las mujeres alavesas, las más trabajadoras" - algún reproche desde el público - y contextualizan el cambio de tono: "Hemos venido a la zona más dura de la orilla del Nervión a cantar canciones de amor" y tras dibujar un par de círculos por el escenario, sigue: "Aquí estáis enfadados toda la vida y en Álava estamos enamorados". Después de cantar "Animales", Pela anunciará un poco más de romanticismo al grito de "más amor, más amor" y entonces crece en la imperfección de "Ceniza". Isa se gira, que ahí anda bailando en dúo con Itxaso, y me mira a los ojos para repetir lo de la saliva en el cuello del jersey. Y, como ella, muchos otros y muchas otras.

Después de un breve paréntesis para explicarnos su penúltima aventura en el peaje de Altube, dedican "Grasa en el taller" a todos los que no tienen por qué madrugar por la mañana y ya va todo medido y atusado cuando arranca Txiki con otro riff engatusado para que nos atrape la melodía de "Mala música." Es momento de tararear a pulmón, que saben pasar del punk al rock and roll y acercarse hasta otros territorios - algún día, joder, lo dejo aquí escrito por si acaso, igual les da por recuperar "La reina de la fiesta se hace esperar" que es un buen ejemplo para ver cómo pueden hacer lo que les de la gana con los géneros. Nos rescatan de un esguince de cuello con "Quiero ver cómo sufren," para la que es mejor atacar con los puños en alto. Momento de impacto, cuando Dinamita aparece por el frontis del escenario con dos vinilos en los brazos en alto, como aquellas azafatas del boxeo con el número del round. Pela, por cierto, anuncia una oferta única para el día de hoy, antes de cantar "La Excavadora:" oferta especial para autógrafos en las ingles. 

Ya estamos llegando al final, aunque nadie quiere huir, haya o no haya dónde huir: “Aún queda un sitio a donde huir” enciende aún más el revuelo de la primera fila, que ya hasta se maravilla cuando arrancan con su habitual versión del “Esclavos del siglo XXI” de Gatillazo. "Y si vienen los de Sestao, nos liamos a ostias. Y si vienen los de Algorta, nos liamos a ostias. Y si vienen los del otro lado del puente..." a corriente de "Habrá pelea," que alumbra el camino para un final rotundo con "Futuro," donde aprovechan el puente final para despedirse. 

No hay bis, pero, si quieres saber mi opinión, después de casi cincuenta canciones, una detrás de otra, era hasta hora de parar.



Foto desde un ángulo distinto, el que tomó Mikel Fer, su autor, desde una esquina



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