Fiasco Review!!: Esna harrapa zaitzala de Barre Ikara


Imagínate que los ves un día en directo y te dices, ostias, cómo molan, y luego vas con ganas donde tu amiga, mantengámosla en el anonimato, para contarle cómo te han gustado. Ella te pregunta, ¿y qué rollo hacen? Seguro que ese es el momento en el que te quedas en blanco y solo eres capaz de encogerte de hombros. Pues doce canciones han reunido aquí, para que tengas otra oportunidad de contestar esa pregunta. Pero fíjate que apostaría a que, después de escuchar el disco entero, lo único que vas a poder hacer es volver a enterrar el cuello y subir los hombros. Con alegría, eso sí, regocijo diría. ¿Blues? ¿Punk? ¿Rockanrola? Y yo qué sé. ¿No es eso algo maravilloso? A mí me lo parece: las preguntas que no tienen una respuesta clara son siempre el anticipo de una buena promesa. 

Le han puesto a este trabajo la etiqueta de Vol. II, aunque sea su primer larga duración. Es el segundo trabajo en general, porque allá por 2016 ya sacaron cuatro temas. Los cuatro están otra vez aquí, para que no te los vuelvas a perder. Si entonces nadie podía detener a la bestia (Geldiezinezko piztia), ahora te pilla despierto (Esna harrapa zaitzala). Todavía no está en físico, que yo sepa, y el digital está disponible desde el año pasado. No les conozco, pero, desde fuera, me da la sensación de que ellos son así: mitad risa y mitad pavor, como dice su nombre, deshaciendo cielos como ocupación, que cuentan en una de sus canciones. Hablamos de Barre Ikara, sí. 
 

Antes de pasar a destrozarte el disco, quizás convenga mencionar un par de datos. Primero, recordarte que estos vienen, más o menos, de Portugalete. En su última canción, lo gritan bien alto, para que recuerdes que vienen de allí, del Matadero, que sigue produciendo. Txilo está en la batería. Igual te suena porque lo recuerdas de Desorden o de haberlo visto antes con TurboFuckers o M.C.D. De Eneko Alda, al bajo y las voces, hemos hablado hace solo unos días atrás, porque hace lo mismo en Chulería, joder! y también en Huracán Rose. De hecho, creo que alguna que otra vez ya ha tenido que hacer doblete. Por último, la guitarra es para Haritz, quien nos permite reivindicar a Kinkila, donde toca la batería. En formato trío, al que puedes añadirle el "power" si quieres, llevan desde 2015, me parece. Para grabar esto visitaron Txarraska y trabajaron con Ander Uribarri "Uri", batería en Uger. La portada que engalana, por ahora, el bandcamp es obra de Amaia Morán. Y, me imagino, a falta de soporte físico podemos decir que esto está autoeditado. 


Hay dos instrumentales, bueno, más bien, una y media. La entera lleva su nombre: “Barre Ikara.” Sin palabras, la música se basta para representarlos: el pulso por debajo como un terremoto controlado y esas guitarras curiosas, originales, nerviosas. La otra instrumental no lo es porque se cuela una frase: "zeruak desegiten, gu biziko gara." "Zeruak desegiten" parece confesar los matices que exhiben luego en el resto de las canciones. En “Barre egarri” lo expresan con palabras: "hemen da Barre Ikara." Varias voces, interludios instrumentales, ritmo sinuoso, buena rima y mejores coros. Si querías entenderlo mejor, puedes usar la siguiente como convencimiento, porque "Ume piztia" condensa todo lo que son en los primeros sesenta segundos: "eztanda egiteko prest." Pero ellos eligen cuándo explota. Ya encandilan esos riffs singulares y la tensión que los encumbra, con el bajo bien repleto por debajo y la batería utilizando bien el bronce de los platos. “Aldatu” tiene una larga y palpitante intro. Las voces conversan, las cuerdas sordas reinan y la letra es explícita: si antes usaron el calambur ahora es la anáfora para estructurar muy bien su ataque general contra la degeneración del mundo moderno. Un espíritu que también prima en "Gizartea," adaptación del "Society" de Pennywise. Abre bien el bajo y va subiendo de ritmo sin que te enteres, con las palabras claves bien marcadas al comienzo de cada verso. “Errudun bakarra” también tiene un largo prólogo aunque más sostenido, como contraste de la rabia que vendrá luego, en ese estribillo que se apostrofa. “Trena” y "Izaretan dantzan" son muy distintas, pero ambas convergen en la confesión que desprenden, cómo descubren las raíces negras que tiene esta banda, su ligazón con el blues y el soul, pero bien bastardizado, como en la segunda, que es, de nuevo, una adaptación, pero del "Break-out Town" de Tokyo Sex Destruction, quienes ya mezclaban el garage con el punk y con el soul, con esa víscera afroamericana que tan bien les sienta ahora a los Barre Ikara. Sin los teclados de la original ni el sermón que se soltaba al final el cantante, igualmente aciertan con una adaptación donde, al final, casi recuerdan a unos Led Zeppelin donde Jimi Hendrix hubiera suplantado a Robert Plant. En esta suena la armónica, y en "Trena" también. A los trenes ya les dedicó una canción Woody Guthrie y a los "hobos" o vagabundos que se montaban en marcha, John Lee Hooker, así que tiene sentido que esta sea la más bluesera del disco, en un disco donde el blues, de manera escurridiza y camuflada, se cuela por muchas grietas. Y aún quedan tres para el tirón final. La última, “Nazkatu,” con furia en la letra, pero antes llega “Azeria”, espontánea y angulosa, hurgando en la experiencia del rock and roll, y “Madarikatuen mempe,” que parece una historia específica pero luego gana en alegoría con esa frase que permanece: “Rockandrolla hiltzea ezinezkoa baita.”


Yo te diría que huelen a tradición, a la tierra húmeda de donde sale la cepa, a que aún siguen escuchando a Jimi Hendrix, los Who, Cream, Stevie Ray Vaughan o los Jam. Del blues al punk, todo entra, en realidad, bajo el palio del rock and roll. Luego se siente el rollo primitivo, se huele el hedor de la ría desde la orilla de la izquierda, se rememora ese rock and roll canalla y genuino vía Los Pirris, a los que era fácil mencionar porque estos los versionean en directo. Sin embargo, sobre todo eso, prima una originalidad que les hace singulares y distintos: mezclan tres voces, a veces haciendo conversaciones; las líneas de bajo con constancia y estampa; el uso de la cowbell por un baterista que sabe lo mismo usar la fuerza que cuidar la delicadeza; y esas guitarras que trepan con las uñas afiladas y que parecen hablar con un lenguaje particular. Cantar, cantan en euskera. Pero, de alguna manera, esto es universal. Desde su rincón, deberían llegar muy lejos. 

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