No sé si Oporto tiene una
leyenda oscura, como la de Jack el Destripador. Seguro que hay alguna historia
macabra, parte del folclore local: un despiadado pescador que enloqueció de
amor y vaga eternamente por los malecones buscando una revancha caprichosa o
una falsa cantante de fado con una enfermedad mental que la eterniza por los
parques más lúgubres de la ciudad. No lo sé, pero si la tienen, ayer por la
noche, Oporto parecía ofrecerles un escenario perfecto para que despertaran de
su letargo y agrandaran sus ficciones.
Cayó la luz temprano y, en
su lugar, la ciudad se cubrió de una celosía de rocío. La niebla envenenaba la
visión. Las esquinas se vaporizaban; las plazas se velaban. Con cada farola,
nacía un milagro iluminado, un rincón cinematográfico: el detective que espera,
la heroína que desespera, el cuerpo del delito sobre el suelo frío. Sus sombras
o mi imaginación: algo así.
Aún y con todo, me animé,
porque una habitación de hotel, con el televisor repleto de fútbol
internacional, acaba por amargar el alma. Salí de allí con el mapa memorizado y
me puse a caminar por las calles cercanas a la universidad, siguiendo, de
lejos, el rumor del tráfico. Apenas había gente por la calle. Caminé con prisa
por las más anchas, mirando de reojo los portales amplios, iluminados. Parecía
un paisaje apocalíptico, un downtown evacuado
y precintado. Solo bajé el ritmo cuando, entre la bruma, apareció, bruta y hundida,
la torre de los Clérigos. Ya en la parte vieja, había bares abiertos, y gente
en la puerta. Me costó encontrar la plaza Carlos Alberto, aunque había estado
antes. La encontré y al tiempo encontré la Embaixada
do Porto. La vida había vuelto. En la terraza, recogida bajo un soportal,
la gente tenía conversaciones, fumaba a turnos, bebía vino y cerveza artesana.
En las ventanas del primer piso, veía una luz turbia, siluetas, se oían risas,
hasta el repiqueteo de una bola de futbolín. Me quedé allí, fumando,
observando, esperando para averiguar cómo funcionaba todo y subir al piso de
arriba.
Cuando supe que iba a venir
a Oporto, busqué algún sitio donde aprovechar el tiempo y ver música en
directo. Tenía una primera opción, pero se agotaron las entradas, así que opté
por la segunda. No sabía a dónde iba, pero sabía por qué. Quería ver en directo
a Oliveira Trio y hacerlo en su casa,
como si nadie me hubiera invitado. No era una mala opción para volver a mi tierra
con un recuerdo para guardar luego, en un pliego.
Así que subí la escalera de
caracol y, en el primer piso, me encontré con una planta de techos bajos, con paredes
enmaderadas; a veces, espejadas, otras veces, pintadas de rosa oscuro. La gente
esperaba sentada en mesas. La luz era escasa. Había un aire a reducto
intelectual, a guateque de poetas que beben pastis. Delante de mí, una pareja
lo que bebía era vino tinto templado y, junto a la copa, sobre la mesa, tenían un
libro de Michael Kimmelman, el crítico de arquitectura del The New York Times. Ése era el ambiente. También había gente
corriente, pero pasaba desapercibida. El hombre que leía a Kimmelman cruzaba
las piernas. Frente a él, el rincón donde esperaba abandonada una batería
arrinconada detrás de un órgano en primer plano. El bar estaba repleto, la
barra era pequeña. Junto al grifo de la cerveza, había un cartel con la clave
del wifi. Allí me quedé. Me las arreglé para pedir una caña. Me conecté a
internet. Había llegado media hora tarde al concierto y aún me tocaría esperar
otra media. Mientras tanto, la música ayudaba a evadirse, a fijarse en los
detalles: la gente hablaba en inglés, francés, español y portugués. Si hubiera
podido vivirlo en blanco y negro, habría pensado que estábamos en Casablanca,
esperando un salvoconducto.
Apareció alguien, con gafas
de pasta y una sonrisa, y cogió un bajo como el de Paul McCartney. Se puso a
afinar. Se silbó por el fondo. La gente seguía subiendo por la escalera de
caracol y yo siempre parecía estar en el medio. En una esquina, continuaba la
partida de futbolín. Me puse lo más cerca que pude y esperé a que empezara. Empezó,
poco después, cuando llegó el batería fumando y se sentó, y delante de él se
sentó el organista, principal protagonista de este trío. Hicieron un pase de
cuatro, cinco canciones; ahora mismo, no lo recuerdo bien. Cuando terminaron la
última, dijeron algo en portugués, genuflexionaron su agradecimiento, cogieron
sus copas de vino y se sentaron por allí. No sé si iban a seguir (o ya estaban
siguiendo y yo llegué muy tarde), pero me fui. Me quedaba todo el paseo de
vuelta, desbrozando la fosca, arriesgándome la orientación, calándome el
tuétano. Ya tenía alguna melodía para ir tarareando por el camino y me
conformaba con aquello.
Oliveira Trio, sí, son de
Oporto. Leí en algún sitio que, en su día, sonaron en Radio 3. En El Sótano de Diego RJ, como no podía ser
de otra manera. Son un trío instrumental en el que el órgano Eko Tiger,
manejado con soltura y un pedal, es el auténtico héroe de la aventura retro.
Marco Oliveira lo domina como si estuviera rindiendo a un caballo salvaje.
Alarga las notas, las difumina, las hincha, las lamina y funde, eterniza las
armonías hasta conseguir un efecto abrumador, sin roña, sin pesadez, sin
liturgia. Las canciones son cortas, directas, del tamaño adecuado. Oliveira
puede encararse con una nota como si fuera un punteo a la guitarra hasta que alguien
por el público lo incita con la garganta. Pisa el pedal con la suela de su
All-Star y la distorsión cincela aún más el sonido de un instrumento al que
saca del rol de acompañamiento para devolverle toda su grandeza. Batería y bajo
ayudan a asentarlo, realzarlo. No son dos cualquieras. Nuno Riviera, el
batería, y Manuel Oliveira, el bajista, coinciden los dos en la formación de
otra banda aclamada en la península, los TT Syndicate. En la parte vocal,
apenas aparecieron un par de “uh” y “ah”s, pero no se echó de menos el poder
del estribillo, por supuesto. Temía que sonara cansado, repetitivo, pero no fue
así. Apenas pasaron de la media hora, también es cierto, pero después de una
canción, la siguiente entraba sin penitencia.
Han sacado un segundo ep con
el sello Discos Dinamite! Antes de ir al concierto, hice los deberes, me repasé
todo lo que pude encontrar por la red. En el concierto, creo que reconocí su
canción “Caso de uma noite só”. No voy a hablar de las raíces, de la música
surf ni de las propiedades del órgano Eko Tiger, porque no tengo ni puta idea y
si me preguntas qué es una farfisa, dudo entre un plato en oferta del Kebab de debajo de
casa y el nombre de la mutua de mi empresa. Mejor lo dejamos así y no me explayo más.
Me perdí. No podía ser de
otra manera. Bajaba y subía por la calle Julio Dinis y la niebla parecía comerse
los edificios. Cuando dejé de reconocerlos, me di la vuelta. Me metí por un
callejón. Una sombra iba por la otra acera pero no debía seguirme a mí. Quizás
era la falsa cantante de fado o el pescador del corazón roto, pero el caso es
que me dejaron tranquilo y, al poco tiempo, vi un tramo que reconocía y al
torcer la esquina, la torre acristalada de mi hotel. Aún seguía tarareando la
musiquilla, eso sí.
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