Innombrable e imborrable


Pues era jueves y, ahí, en Alicante, donde me encontraba por casualidad, digámoslo así. Por la mañana, me tocó madrugar. Hacía un poco de gracia la cosa, lo que son las cosas: me mandaban mensajes desde casa quejándose del tiempo y de la lluvia y yo caminaba por la avenida Alfonso el Sabio con una ligera chamarra vaquera, asombrándome de que los locales ya hubieran echado mano del plumas y los fulares. Tenía veinte minutos de paseo, rodeando la colina donde se alza el castillo de Santa Bárbara, hasta llegar al curro, en un edificio a la vera de otro con forma de pirámide que, si te soy sincero, daban ganas de echar abajo con la mirada de haber tenido la visión laser de Supermán. Por el camino, con la cabeza gacha y escuchando música por evitar el ruido del tráfico, decidí, y eso que aún no habían pasado las nuevo horas de trabajo que me quedaban por delante, que fuera como fuera, yo me iba a ir luego a la Sala Stereo a ver a HeWhoCannotBeNamed en directo. Así que, nueve horas más tarde, habiendo hecho el camino de vuelta por la misma avenida de Alfonso el Sabio, ya estaba sentado con dos compañeras en un bar gourmet, apartando las gulas para ver si podía ver por algún sitio la merluza que me prometió el menú, y entonces me dio el tabardillo. Me acordé de lo que me había prometido por la mañana. Así que las dije: "Yo me piro." Y dejé veinte euros sobre la mesa, como en las películas americanas. Ya de pie, insistí: "Me voy al bolo." Y le di el último trago a mi cerveza, como en las películas americanas. Mientras recogía la chamarra del respaldo, me despedí: "Ya nos vemos luego, o mañana, lo que sea", y las guiñé un ojo, como en las películas, sí, americanas. Dejémonos de patrañas, uno es así: o lo hace a la tremenda y sin mirar para atrás o me quedo dudando y deambulando por los arrabales del genio hasta que desisto y pierdo la oportunidad. Así que volví al hotel con prisa, me acicalé, dejé la mochila y volví a la vida fuera para ponerme a callejear sin rumbo hasta que, cuando miraba el google maps por décima vez, me di la vuelta y me asusté de alegría: vi la esquina negra de la sala Stereo y murmuré, ¡por fin! Me acerqué a taquillas y había tan poco movimiento por allí que hasta pregunté con miedo: "Es el concierto ahora, ¿verdad?" La chica de la cabina, muy maja, me dijo que empezaba en media hora con una sonrisa que cuando estás solo y desorientado, se agradece. Por allí anduve, fumando y caminando, mirando lonjas cerradas y balcones iluminados, hasta que entré dentro, me pedí una cerveza, y esperé haciendo un uso ridículo y vacuo de mi conexión a internet. 

No había mucho más que ver allí dentro: el paisaje humano era despoblado y casual. Creo que había dos tíos en la puerta, uno me pidió la entrada y el otro solo estaba. En la barra, dos camareras. Y junto a los baños, la mesa del merchan, donde sí que había grupo y conversación: dos chicas con gorros mexicanos y algunos miembros de la banda, aunque eso lo supe luego. El técnico de sonido en su esquina, parapetado tras la mesa. Y ya está. Por un momento, pensé que me iba a marcar un Berri Txarrak en Francia. Después, y hasta suspiré, apareció más gente: un grupo de tres, otro par de amigos, una pareja. Algo así. Cuando empezó el bolo, nos pusimos todos como en formación de paredón, dejando hueco con el escenario. Estábamos, que nos conté, como diez personas. Once si contamos a una de las que llevaban gorro mexicano, que se agachó en cuclillas para grabar un par de temas. Doce si contamos al fotógrafo, afanado en sacarlas con una mano, moviéndose de esquina a esquina. Trece si contamos al técnico, que se acercó un momento hasta la primera fila (y única) para darse cuenta de que había cosas que debía subir. Y catorce, por si se me cuela alguno, que igual no conté bien. Nadie más. Como yo tuve que pasar el tiempo fijándome en cosas así hasta que empezó el concierto, he decidido hacer lo mismo en la crónica y que también los que lo lean vayan circunvalando hasta llegar al propósito principal, que no era otro que ver en directo a un HeWhoCannotBeNamed que se las arregló para seguir manteniendo ese anonimato legendario que le ha servido incluso para entrar con honores en la mitología legendaria del rock and roll universal: si no, lee por ahí, lo de su presunta muerte cuando era miembro de los Dwarves y lo que hizo luego Sub Pop.

HeWhoCannotBeNamed fue (es) uno de los fundadores de The Dwarves, banda de punk garaje que empezó en la música allá por los 80, primero en Chicago y luego en San Francisco. HeWho, como creo que le llaman los que le conocen, era el guitarrista y uno de los compositores. Hace tiempo que se dedica a hacer algo parecido a lo que hacía con The Dwarves pero en solitario, sin quitarse la máscara que le hizo un enigmático personaje del punk pero añadiendo a su estética la ausencia de ropa. Ahora, sale al escenario con muñequeras y taparrabos tachuelados y ya está. Debajo de la máscara, eso sí, se dejan ver unas gafas de montura ligera. Cuando se daba la vuelta, se le veía un diminuto corazón, atravesado por una flecha, tatuado en la parte superior de su nalga derecha. No sé si lo hacía a propósito o simplemente porque se la trae al pairo, pero cuando se agachaba a coger algo, todos, y éramos pocos, gritábamos en silencio o en voz baja, ¡no, por favor!

A la tercera, ya soltaron uno de sus grandes éxitos, "Machine Boy". Y poco después, la pegadiza "Die Die Die". Sonaban más hard, más contundentes, menos melódicos y efervescentes que en el disco. HeWhoCannotBeNamed se mostraba más parco y ausente, y la parte más apelativa y locuaz la llevaba el bajista, quien también tomó el mando de las partes vocales en algunos instantes, haciendo de la labor de coro algo más que eso. El matiz de la música también cambiaba con su forma de tocar el bajo, macerada aún más por un baterista de pegada dura y rápida que también aportaba coros y comentarios joviales. HeWhoCannotBeNamed se dedicó más a la parte rítmica de la guitarra, con su forma personal de tocarla, que rasca la caja hasta que sale el mago con cara de mala ostia. Los punteos y el ornato los trajo el otro guitarrista, escorado en la izquierda, la derecha para él, quien intentó, además, entablar conversación con el escaso público aunque la barrera idiomática se hiciera más palpable que nunca. No pareció, al principio, importarles que estuviéramos pocos. El bajista lo dijo claro: "Small party, good party" y se dedicaron con esmero a lanzar el repertorio, donde destacó la sección más garajera, de punk más accesible y contagioso, al rebufo de los Ramones, con auténticos pildorazos, que diría Diego RJ, como "Better Than You", "Superhero" y "Duck Tape Love". Tras ese arreón, anunciaron que tocaban nuevas canciones, y a la primera la llamaron "Word" o "Bad Words", ni el bajista lo tenía claro y parecía importarle poco y, de seguido, fue el guitarrista principal el que anunció otra etapa del bolo diciendo: "Let's get brutal", lo que indicaba que iban a centrarse en el disco The Good, The Bad and The Brutal, tocando, seguidas, "A Good Problem" y "The Good Gestapo". Y una tercera que llamó la atención, "Good Guys of the Wild West", con el yippeekayay como estribillo, que más que recordar a John McCaine recuerda al origen, a la canción de Bing Crosby. Con una de las últimas, "Good Fuck" se confirmó los problemas lingüísticos, ya que ellos creían que no habíamos pillado el chiste y, la verdad, alguno no lo pilló. Añadieron otro éxito de la banda, "Happy Suicide" y se fueron y volvieron de la misma para tocar un bis (solo una, insistieron en un par de ocasiones) en el que versionearon a Ramones, en concreto, tocaron "Commando", llevando la voz cantante el bajista y pasando HeWhoCannotBeNamed a un segundo plano que, la verdad, se le notaba ya hasta cansado y con poco entusiasmo. O así me pareció verlo a mí, vamos. Lo que creí oír fue un buen concierto, no el mejor que habrán dado, probablemente, donde quedó patente que tienen buenas canciones, directas y aceradas, de esas que alargan el legado del género.

Todo el mundo, banda y escaso público, camareras y demás empleados de la sala, se quedaron allá dentro. El único que salió fuera fue un servidor, que de la misma acertó con el camino de vuelta y se echó un cigarrillo a la brisa nocturna del tráfico alicantino antes de subir al hotel y dormir la longitud del día que el siguiente se prometía igual de largo o más. Lo que pasó allí después, ni lo sé ni me lo han contado. Casi que prefiero que se mantega el misterio, que la máscara siga ocultando el rostro y, sobre todo, que el taparrabos haga bien su función. Al día siguiente, tras otras nueve horas de curro, me puse a buscar como un idiota una tienda de Movistar donde se suponía que tocaba Francisco Nixon. Sin ton ni xon: no la encontré. Me quedé allí sentado en una plaza, viendo a la gente mantener intactas y activas sus vidas mientras la mía se aburría y se disipaba, se iba quedando al ralentí. Así que me puse en pie, deambulé un poco más, y acabé en la librería Pynchon, viendo a las señoras pedir sillas plegables porque, luego me enteré, Mabel Lozano, en un rincón al fondo, presentaba su documental y había expectación en la ciudad. Yo, allí estaba, ajeno. Por más que miraba la portada del libro que había cogido, del que no recuerdo el título ni el autor, solo veía el recuerdo imborrable del innombrable agachándose a recoger algo. Me dieron ganas de robar una silla y sentarme a ver el documental, pero, en su lugar, salí a la calle sin comprar nada y me fui directo a olvidar, que había un bar cerca de allí.

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