Us, Ourselves and We



En Suecia, el domingo pasado, había que votar. Decían los periódicos que, fuera de ella, al resto nos preocupaba la subida de la ultraderecha. Al día siguiente, tomando café en el curro, leía que los Demócratas de Suecia, liderados por Jimmie Akesson, lograron ser el partido con mayor crecimiento, con un aumento de cinco puntos porcentuales con respecto a las anteriores elecciones. Ellos eran los que nos preocupaban, según la prensa. Definidos como un partido afín al socialconservadurismo, otros dicen que son, simplemente, la extrema derecha. En un artículo que publicó el Wall Street Journal, Akesson le hizo un guiño a Trump: "We will not rest until we make Sweden safe again", decía él, jugueteando con el lema del republicano. Traduzcámoslo así: "No descansaremos hasta conseguir una Suecia que vuelva a ser segura."

La sinagoga de Gotemburgo, supongo. Los tiroteos en Malmoe y Estocolmo. Todo queda muy arriba para nosotros, pero está ahí mismo, a la vuelta de la esquina. Algo menos de 3000 kilómetros, tomando el ferry de Rodby, si quieres venir en coche de Estocolmo a Barakaldo. 

Suecia es uno de los países europeos con mayor porcentaje de población inmigrante. La política de puertas abiertas y las cuotas de refugiados que Suecia recibía cada año la convirtieron en un ejemplo de humanidad. Esos índices han bajado, pero los números siguen siendo altos en esta Europa de las fronteras fortificadas, en estos tiempos de seres humanos desesperados que se arrojan al mar porque parece más firme que la tierra. Nada de esto es nuevo: la historia de nuestras razas y etnias, de nuestras religiones y culturas es siempre la misma. Nos parecemos tanto que hasta repetimos las diferencias. Y nunca parece que aprendemos. 

En la jornada de reflexión, los suecos de The Baboon Show, una banda de rock, trabajaron. A 3000 kilómetros de su casa, en Barakaldo. Lo hicieron en un Bar El Mendigo petado, repleto de gente feliz y entusiasmada, por lo que parecía, con solo mirar alrededor. Todos y todas representando su individualidad y, al mismo tiempo, abandonándola por un instante: un misterio al que la música le pone atmósfera. La gente quería música, no había política. Pero todo lo es, porque se trata de vivir, de vivir juntos. De bailar, de bailar juntos. Un tío, a mi lado, llevaba una camiseta con la leyenda "Refugees Welcome". Hakan Sorle, guitarrista de la banda, explicó que hacen música para divertirse, pero que no pueden evitar la preocupación por lo que ocurre a su alrededor: "We hate fascists", clamó con calma. Volvieron a tocar "Same Old Story", para terminar a palo y con el batera de pie en primera fila, golpeándose el pecho antes de alzar el puño. El resto del concierto cruzó los límites de las convenciones. Las canciones trascendían el lenguaje. La gente recibía la música como si fuera, en realidad, una fuente de estímulos emocionales. No estoy exagerando, creo, aunque verlo desde dentro, asomado a las fauces, puede que cambie mi perspectiva. Los cuatro miembros de la banda sudaron. El público, abajo, sudó. Todos salimos de allí húmedos, como si acabáramos de bajar de un bote inflable en Lampedusa o en aquella playa turca. Nuestra humedad era distinta, y, al mismo tiempo, aunque no nos diéramos cuenta, nos unía a todo aquello; simplemente, porque nos une, porque la música une, porque deberíamos estar unidos incluso cuando ella enmudece.  

Dicen que el sudor no solo se produce para refrigerar el cuerpo. También, a veces, es una respuesta física tras un estímulo. Al miedo, por ejemplo. ¿Y a la alegría? ¿A la empatía? Me pregunto si esas estimulaciones también pueden producir transpiración. Me lo pregunté en el momento: Cecilia Bostrom, allí subida, bajo los focos, parecía una muñeca de cera. Su piel lustrada, barnizada. El "Girls to the front" tatuado en su brazo reluciendo en la oscuridad. Nosotros, abajo: la gente se quedaba pegada, se adherían lxs unxs a lxs otrxs, como si aquella hidratación de la piel no fuera humedad, si no humanidad, la extraña materialidad de una conjunción caprichosa y transitoria. Por una hora, todo el mundo convertido en una ola, en una marea, en un músculo único, con movimientos acompasados. Intrépidos, por un momento. Vueltos plural, por una experiencia que no es cerebral.

La música hecha sudor y el sudor, comunión. Qué extraña ceremonia. Si alguien lo embotellara, si alguien pudiera trascender todo aquello y, con ello, construir algo nuevo. Si se pudiera llevar al parlamento, a los parlamentos. Pero ocurre ahí, en un breve momento. Y se escapa entre los dedos, resbala por la piel asperjada. Se cuela por los poros, te atraviesa la piel. Si hay suerte, se transporta por las venas y se aposenta ahí, en el órgano central de la circulación. Ojalá todo esto siguiera circulando eternamente, sin oposición, sin reparo. Sin fronteras. 

Me hubiera gustado verles allí: a Salvini, Strache, Orbán, Le Pen, Akesson... bailando todos, en medio del pogo, sudando, sonriendo, celebrando. Ha pasado una semana desde el concierto. Era imposible que yo viniera aquí y escribiera de ello como siempre lo hago, que hablara de música en concreto,  que os expusiera argumentos, os describiera la técnica, mencionara el repertorio. No sería consecuente conmigo mismo. Yo no vi eso. No fue lo que viví. No fue lo que sudé. La música hace tiempo que no cambia el mundo, dicen. Puede que, ya, ni sea capaz de cambiar tu vida. Lo dudo: la cultura lo hace. Es nuestro hambre y la que lo sacia. Aunque sea por unos minutos, aunque a veces ni lo sepamos, ocurre. Algún día, esa breve chispa volverá a encender la mecha. 


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