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(No)crónica Azkena 2017: Tarde y mal



Bien, ha pasado más de una semana. Ya tiene poco sentido. No me apetece ni explicaros por qué este año ha sido así, pero ha sido así. No ha habido entradas individuales para cada día del Azkena ni las va a haber. Paso.
Lo tenía. Hasta hace quince minutos lo tenía. He parado cuando aún no había terminado de contar el viernes. En ese momento, he mirado lo que había escrito ya y lo he borrado todo. Hacía como media docena de párrafos (y el texto tenía como media docena de párrafos en total) que iba escribiendo a trompicones, como por obligación. Y no.
Para eso, ya cotizo a la seguridad social.
Permitidme que lo diga así: a tomar por culo. 

El Azkena para mí y para los que me acompañan es algo más que un festival y, por eso, vamos a seguir yendo. Pero no nos equivoquemos: es un festival. Nada más. Lo que echamos de menos cuando volvemos a Bilbao es otra cosa. Es un festival como todos los demás: con precios desorbitados, gente mal pagada, publicidad a espuertas, recreo (en este caso) para rockeros, bocadillos gourmet y los últimos avances en trueque y desembolso. Tiene lo mismo que otros muchos festivales: escenarios grandilocuentes, algunos problemas con el sonido, ese olor a producto desodorizante que nace en los sanitarios portátiles y se te queda pegado a la doble cadena de nucleótidos. También podría decirte por qué es distinto a otros festivales, pero ya. No voy a seguir porque este tipo de entrada tampoco me apetece escribirla.
Lo voy a repetir así: a tomar por culo.

El ARF 2017 para mí se resumiría en John Fogerty y Chris Isaak. Pero hacer resúmenes nunca ha sido lo mío, lo sabéis. Vi más, a muchos más. De algunos, no voy a decir nada: desde Loquillo hasta King X’s pasando por Michael Kiwanuka… No me veo capaz de decir nada de esos conciertos y casi que tampoco de los demás. Sin embargo, si no escribo algo, se me va a quedar como un quiste que escuece. Eso sí, lo voy a hacer a biel, como dice Joaquín Reyes que andan los jilgueros por la ciudad: haciendo diagonales, que es lo que iba haciendo yo el viernes por las campas de Mendizabala.
Y será así: a tomar por culo.

John Fogerty, se podría decir, lo tenía fácil: a ver quién la caga con esas canciones. Pero otros lo han hecho antes. Y él no lo hizo. Entre todas las que cantó, nosotros nos quedamos con “Proud Mary”, pero fue uno de esos conciertos que te cincelan la memoria sentimental. Lo mismo podríamos decir de Chris Isaak. Ya fuera con su repertorio o con las versiones, se mostró impecable y lucido. Parecía rutilar, que le perseguía un aura gaseosa. Cheap Trick, sin embargo, y esta, como todas las demás, es una opinión muy personal, no cumplieron con las expectativas (mías, por supuesto). “Surrender”, sí, pero para entonces ya me había rendido. Y habíamos ido y vuelto del concierto de Dr. Maha’s Miracle Tonic, quienes, allí, en la penumbra de los árboles, ribeteados por las bombillas en banderola, parecía que estaban tocando en un rincón de Treme. Me pareció ver hasta a Steve Earle, pero era una ilusión óptica. Óptima, la sesión vespertina de Pat Capocci, uno de los triunfadores del festival con su rockabilly de escuela pero con un toque personal, más contemporáneo. Justo antes, en el otro escenario, con los mismos tres instrumentos, SCR, que significa Sota, Caballo, Rey, habían dado un concierto completamente distinto al de Capocci pero al mismo nivel. Mostraron, además, humildad y agradecimiento, lo que siempre se aprecia. Se movieron entre lo que se puede esperar del género que practican y algo más singular y propio. Volviendo hacia atrás, al principio de la tarde, The Shelters fueron de menos a más. Todos cantaban en una banda que muestra influencias de ambos lados del océano. Yo, sin embargo, me quedo con las canciones que cantaba el guitarrista de la Gretsch Billy-Bo. The Cult, por una u otra razón, pasaron desapercibidos para mi modesto y caprichoso gusto personal. Me sonaban como lejos, como si les estuviera escuchando por un estetocopio. Cosa mía, me pongo el debe. Sin embargo, algún fanático que andaba por allí acabó satisfecho. Union Carbide Production estuvieron más planos y regulares de lo que me esperaba. Era la banda a la que más ganas le tenía, porque alguna de sus canciones, en su momento, ayudaron a que soltara toda esa rabia infantil que te dura hasta la época adulta. Fueron como un muro, eso sí, pero no fui capaz de escalarlo para ver más allá de la tapia. Graveyard y The Hellacopters también triunfaron en esta edición del festival. Los primeros hicieron un concierto rotundo y macizo, como las canciones que tocan que, si fueran punzantes, a alguno le podían haber sacado un ojo. Y de The Hellacopters queda poco que decir. Te pueden gustar más o menos, pero lo que hacen lo hacen con un nivel de compromiso y actitud que no deja grietas en su propuesta. Aprovecharon la ocasión para repasar alguna de sus mejores canciones y, tras el concierto, el cuerpo se te quedaba como expuesto; los instintos más primitivos, al aire.

Si esto no te parece un resumen, es que no me conoces. Y voy a publicarlo ya, que no se me siga enquistando. Y, sobre todo, que no me ponga a leerlo y, como me ha pasado ya dos veces, me dé por borrarlo y resumirlo... así: a tomar por culo.

Esta es una impresión muy muy personal, pero es curioso que el año en el que, a mi parecer, más se ha promocionado el sentido de identificación con el festival, a mí me ha entrado la crisis de identidad. En lo que nos interesa, sin embargo, que son las canciones y las bandas que las tocan, yo pondría un aprobado alto, tirando a notable. Pero las notas, mejor musicales, que estas otras, la verdad, no sirven para nada.



Por cierto, voy a ilustrar esta entrada con una fotografía de google en la que aparece el público de un concierto cualquiera. Es una fotografía etiquetada para reutilización, y buscarla, me ha llevado a hacerme una reflexión. Me he acostumbrado a que todas mis entradas las acompañe una fotografía, como si eso fuera algo accesorio y decorativo. Sin embargo, detrás de una fotografía, hay un fotógrafo, que, a menudo, con su enfoque descubre una forma distinta de mirar y una forma especial de contar. El Azkena, como ocurre con los conciertos en tugurios, salas de más aforo, fiestas patronales y/o guateques privados, no sería lo mismo sin todos esos fotógrafos que nos permiten a) recordar lo que ni tan siquiera vimos b) ver de manera distinta lo que vimos. Magia. Mi aplauso más sentido para el currante Dena Flows, porque le conozco personalmente y charlar con él durante el Azkena forma parte de las razones por las que este festival es algo más que eso, y para todos los que van cargando con la mochila y no les conozco porque, aparezcan en los libros o no, no son accesorios ni decorativos, si no, justamente todo lo contrario, sea eso lo que sea. Pero es importante. Muy importante. 

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